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Retratos de mujeres

Ester Bueno

Indumentarias, velos y prejuicios

Hoy he leído en el diario El País que “cuatro diputadas turcas han acudido al parlamento con velo”. El subconsciente me ha jugado una mala pasada porque he necesitado un par de minutos y profundizar en el texto para darme cuenta que la noticia era todo lo contrario de lo que en occidente esperaríamos como novedoso o merecedor de un titular como éste.

 

Las funcionarias turcas, hasta este momento, tenían prohibido trabajar llevando el velo islámico, pero la formación liderada por Erdogán, el Partido para la Justicia y el Desarrollo, ha levantado la proscripción y las diputadas de esa ideología se han acogido a la nueva norma para hacer lo que según dicen estaban deseando desde siempre, acudir a la Cámara ataviadas con el símbolo que en este caso será una prueba de libertad individual y que sin embargo en otros lugares o situaciones es la marca de la discriminación.

 

¿Dónde está la virtud? Creo que en la libertad. La libertad personal, la apertura ideológica y mental que permita a cada uno vestirse como quiera, acorde con sus propias convicciones o sin ellas y actuar en su vida del mismo modo. Con todas las garantías de que el resultado de esa toma de decisiones individual no deje como secuela ningún efecto negativo, bien sea discriminación, falta de respeto, represalias o afrentas.

 

También dentro de esa libertad individual se encuentra el no dejarse utilizar por el grupo como ejemplo o guía de nada, permitiendo que cada uno vaya escogiendo en su camino, que no ha de ser lineal ni estricto, aquello con lo que se identifique y le haga estar a gusto con él y con los que le rodean.

 

Me cansa, sin embargo, el rasero con que medimos en occidente asuntos como el de la cultura islámica respecto a las mujeres, sin pararnos a pensar en lo que nos queda por hacer a nosotros como sociedad o como colectivo.

 

Elijamos España. No hay más que darse una vuelta por los programas de televisión, por las revistas, por las secciones de opinión de los diarios o por los tallajes de las tiendas de ropa, para ver el encorsetamiento brutal al que, sin ninguna prohibición explícita y sin ninguna norma escrita, estamos sometidas.

 

Vivimos en una cultura donde cumplir años con naturalidad es poco menos que un sacrilegio, donde el aspecto físico saludable no es lo que prima, sino la delgadez a cualquier precio, donde nos han inculcado, a golpe de anuncio, que la autoestima personal se basa en no tener grasa en el abdomen y donde las arrugas han de combatirse con denuedo.

 

Pero no sólo en el aspecto físico se ponen (nos ponemos) cortapisas invisibles pero reales. También en el tema de las relaciones de pareja se sigue juzgando a las mujeres de manera muy diferente con la que se juzga a los hombres. La elección de no vivir del modo convencional, el tener varias relaciones o el no tener ninguna, el tener hijos sóla, el no tenerlos, etc, siguen siendo objeto de crítica de forma habitual, especialmente en núcleos pequeños, pero también en otros.

 

Abogo en todo caso por ser nosotras mismas. Que llevemos velo, si queremos. Que estemos delgadas, si nos hace felices. Que tengamos hijos, si es nuestra decisión. Que nos quedemos a trabajar en casa, si es nuestra opción. Que tengamos relaciones varias, si así lo deseamos.

 

En resumen, que cada una seamos una, tú, sin que nadie nos marque el camino, sino nosotras.

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