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"Punto y coma"

Saúl N. Amado
Artículos relacionados con el mundo de la política, la crítica a determinados temas, experiencias vividas por el autor y actualidad en general.

UN ESPABILADO SOBRE RUEDAS

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Últimamente me ocurren anécdotas en los autobuses urbanos de Valladolid que son dignas de contar. 

Últimamente tenemos un tiempo bastante revuelto, igual te sobra la cazadora como que te hace falta una buena manta palentina. Cierto es que a principios de esta semana, le dio por llover sobre Valladolid. Me encontraba en la Plaza Mayor, mi destino estaba lejos y mi paraguas en casa. Decidí que la mejor manera de solventar el problema –o parte de este– sería coger un autobús urbano.

 

Frecuentemente me ocurren grandes anécdotas en los autobuses urbanos, pues no es la primera vez que protagonizan algún artículo. Para variar, la línea iba a rebosar, con su correspondiente pasajero del que se desprendía un olor que amargaba –y alertaba– a los demás.

 

A eso de la tercera parada, subió una señora muy colocada, con abrigo de visón, permanente bien fijada y bastón reluciente en mano. En viendo a la señora desde mi posición al final del vehículo, le hice un pequeño gesto, a la vez que me levantaba del sitio, indicándole que se sentara allí. Ella me correspondió desde la otra punta con una sonrisa y un leve movimiento de afirmación con la cabeza.

 

Con todo su santo valor, un varón de unos cuarenta años con cara de espabilado, se sentó en mi lugar quedando a la pobre mujer ‹‹a verlas venir››.

–                    Disculpe, pero me he levantado para dejar sitio a la señora…

–                    Lo siento, pero he llegado primero.

Y con toda su valentonada, nos giró la cabeza a la señora y a mí. Y, por supuesto, no se levantó.

 

Me decía Marisa, de Burgos, que aquí, en Valladolid, somos muy respetuosos con los sitios en los autobuses. ‹‹Siempre cedéis el lugar a los que lo necesitan››. Espero que después de esto, Marisa siga pensando lo mismo.

 

Por favor, como vallisoletano, la gente así me irrita. Hace que se creen falsos prejuicios de esta tierra que están a kilómetros de la realidad. Lo triste es que por desgracia he podido ver a más individuos que realizan situaciones similares.

 

Querido amigo –sobre todo, de la señora–, si por casualidad lees esto, me gustaría pedirte un favor: tú y los que son como tú, haríais mucho mejor en usar las bicicletas públicas. Te aseguro que ahí vas a tener el sitio garantizado para sentarte durante todo el trayecto. Eso sí, comprueba que lleve el sillín, no sea que te produzca la misma sensación que nos diste a la señora y a mí en aquel autobús.

 

Por lo demás, parece que ha dejado de llover.

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