Silueta guisande original

Pues vale...

Manuel Guisande
Blog personal de Manuel Guisande, periodista gallego con amplia experiencia en medios tradicionales y desde hace unos años también a través de bitácoras personales y colaboraciones con medios digitales españoles.

Las nochebuenas las carga el diablo

¿Estáis seguros que esto de la Nochebuena es una cena para celebrar lo del niño Dios, el del pesebre? porque yo no tengo muy claro si el niño ese está ya hartito de tanta celebración o que el diablo aprovecha que estamos en casa todos juntos para hacer de las suyas, porque tío, no es normal, no-es-nor-mal, que una cena termine con 3 heridos. Uno porque se cortó al abrir una lata de aceitunas, otro porque también se pegó un cacho tajo al coger una copa que se cayó al suelo, y yo al cortar un pequeño tomatito… y le llaman Nochebuena... tela.


Y es que en Nochebuena siempre pasa igual. Lo celebráis 4,28, 188 o 4.788… y todo dios en la cocina menos el niño Dios, que aún no ha nacido, que si no… pues también él, la mula, el buey… ¡¡¡Mira que no hay casa!!!, ¡¡¡mira que no hay casa… !!! pues no, todos en la cocina, sin tener ni idea y diciendo lo mismo: ¿Ayudo en algo?


Yo eso de «ayudo en algo» lo dije por decir, lo dije… pues por eso, por lo que es, por tradición; y al principio estuve por decir que me encargaba de abrir las botellas de champaña, pero como vi que ya se me había adelantado uno, el «ayudo en algo» fue tan bajito que realmente fue un susurro, pero por lo visto mi familia tiene un oído de carallo e incluso algunas dotes telepáticas, ya que fue decir «ayu… » y ya me encasquetaron un tomate para cortarlo en rodajas.


Un tomate en rodajas...


Así que lo primero que hice fue averiguar dónde estaba el betadine; luego (sin que nadie se diera cuenta) comprobé si tenía el móvil cargado por si había que llamar a urgencias y, después, flipante, miré mi mano y tenía ¡¡¡¡un cuchillo!!!!


Ni que fuera magia; si saber cómo tenía en mi mano el instrumento segador, cortador, aniquilador, descuartizador, y empecé, pero no a cortar, sino a pensar: «¿Qué hago con el cuchillo en la mano izquierda si no soy zurdo?», por lo que lo cambié de mano y me dije: «vamos bien».


Y oye, parecerá una tontería, pero eso me animó que no veas, y cavilé: «¿cómo se corta un tomate?, y lo más importante ¿y en rodajas?, ¿tiene que ser en rodajas o lo de rodajas lo han dicho así en plan orientación?, ¿pregunto o me cayo?, ¿y en rodajas por qué lado del tomate?, ¿el tomate tiene lados? ¿hay un lado izquierdo y otro derecho?, ¿hay parte de adelante y parte de atrás?


Mira si estaba concentrado con lo del tomate que alguien dijo: «¿una copita?», y contesté que no, pero por suerte aún no estaba totalmente absorto y cuando en la lejanía ya escuchaba «coooopiiittaaaaaa, coooopppiiitpitaaaaaa», reaccioné y grité: «sísísísííííi, sísísííííí...». ¡¡¡Dios que susto!!!


El tomate, en mi mano


Y tras el sobresalto, volví al tema del tomate porque no era fácil. Yo lo miraba, lo remiraba, pensaba por donde atacarle, me senté, incluso encendí un cigarrillo, crucé las piernas, una bocanada, otra y umm ummm no le veía yo por donde entrarle, no le veía. Entonces, mentalmente, me acordé de los cocineros esos de la tele, que ponen la mano sobre él y, luego, sassss, sasss, sasss, rodaja y rodaja, que como es la tele, no sé si sola corta una y las demás son repeticiones, que las montan en posproducción y él comenta la jugada en playback porque son tan, tan, tan, iguales la rodajitas….


Así que cogí el tomate y no duró ni un minuto, estaba tan por la labor que lo aprisioné de tal forma para que no se escapara que los deshice, pero cuando digo deshacerlo es deshacerlo, exprimido igualito que un limón. Y pensé: «pena que no lo pidieran triturado, porque está que ni bordado», pero como lo quería en rodajas…


Así que pedí otro, a la vez que una voz decía: «¿¡¡¡ya está cortado uno!!!?». «¡¡¡Estoy en elloooo!!!», contesté, mientras giré el cuello y los miré por si me había equivocado de familia, o es que no saben que soy un inútil, iba a yo a cortar ahora un tomate a ritmo de cocinero…
A ello con el tomate


Con el segundo tomate ya todo fue mejor, pero mucho mejor; pero no para cortar, sino para cogerlo, porque lo hice con una suavidad, con una tranquilidad… colocándolo perfectamente sobre una superficie de madera que le llaman tabla; pero claro, como no tenía un láser que me indicara por dónde había que cortar… pues no sé que hice que se me desvió, como así hacia la derecha ¿sabes?, y en vez de una rodaja me salió un cacho trozo tipo queso triangular… por lo que pedí un tercer tomate, a ver si a la tercera…


Y a la tercera no fallé. Me corté. Todos que si me duele, que si fue mucho, que si poco... y yo no sé si es que nunca se habían cortado, que no sabían que decir o me quieren mucho, pero más de una hora bien a gusto hablaron de mi dedo. Yo no decía nada, de vez en cuando miraba mi dedo, vendado como si fuera un helado de nata, y callaba.


Un parto en casa


Y a las doce, por lo visto, nació el niño del pesebre… yo sinceramente lo vi igual que a las once, pero allí todos dijeron que nació y por no contrariar… El caso es que lo miré así, de reojo, como retándolo, en plan «y por ti, así mi dedo, por tiiiiiiii… ».


El chaval, oye, ni se inmutó, una frialdad… y pensar que toda la fiesta era porque había nacido y que por esa fiestecita de las narices estaba yo así, con el dedo… pues me acerqué a él, le pegué una patada al buey y a la mula, fijé mi mirada en sus ojos y le dije. «Mira niñito, el próximo año, si tengo que venir, vengo; pero vengo después del parto ¿sabes?, que me duele el dedo a horrores». Oye, ni mu; joé con el chaval.
 

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