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Pues vale...

Manuel Guisande
Blog personal de Manuel Guisande, periodista gallego con amplia experiencia en medios tradicionales y desde hace unos años también a través de bitácoras personales y colaboraciones con medios digitales españoles.

Dubai (y III): ¡Vaya hotelazos!

En esta miniserie de artículos sobre los Emiratos Árabes, recordando lo que me impresionó cuando se va a cumplir un año de mi estancia en Dubai con motivo de la exposición En tu línea, he hablado de los rascacielos, obviamente de las costumbres de los emiratíes; de los caballos, a los que le tenía pavor; de un campo de golf en medio de la nada que hasta pensé que estaba en Irlanda y hoy escribiré de otra cosa que me sorprendió: los hoteles.

 

Aquí en Galicia o en España, un hotel de cinco estrellas comparado a los de Dubai, pues son como el cuarto de estar de mi casa, poco más, porque en los de Emiratos para llegar a tu habitación necesitas un GPS, en plan «gire a la izquierda, verá la habitación cuatro millones. Siga y gire a la derecha en el pasillo 3.500 y atraviese 1.500 salones. Coja el ascensor 1.400, ha llegado al punto de destino».

 

A mí lo que más me sorprende de los hoteles de EUA es que uno llegue a su habitación, y hasta pienso si cuando pagas la factura una parte corresponde a lo que has gastado de moqueta andando por los pasillos hasta encontrar tu estancia, y otra lo que es en sí la cama. Es más, no me extrañaría que si estás dos días, solo te cobren uno, el que has dormido, porque el que has empleado en encontrar la habitación, como se suele decir, va por cuenta de la casa.

 

Además, a diferencia de lo que mucha gente cree no son prohibitivos. En uno de ellos, en el impresionante Ajmán Saray Resort, un día, haciendo gala de gasto público, me senté en un sillón en el que entraba todo Teruel y parte de Chipiona con la intención de tomar algo.

 

De repente se acercó un joven que era camarero, no podía ser otra cosa porque los camareros, como que lo llevan en la frente, aunque debido a mi innata perspicacia deduje que era porque no solo portaba una bandeja y un preciso paño blanco en el brazo (que ya fue un indicio), sino porque me dijo «¿Drink?» y claro, como lo normal es que me pregunten por la estación de autobuses, la del tren o si por tal o cual parada pasa el A-26… tenía que ser camarero. Además, lo que fue definitivo es que llevaba una chapita en la que ponía «barman», y esto ya… qué quieres que te diga, si pusiera «batman»… pero «barman», unido a mi agudeza…

 

La verdad es que cuando me dijo «¿drink?» en vez de pedirle algo estuve por preguntarle si lo que veía era real; si los salones, las piscinas, la playa privada y las impresionantes lámparas eran de verdad o estaña sufriendo una ensoñación, y pronto descubrí, al menos en mi caso, que no hay como no saber idiomas, te evitas una cantidad de preguntas bobas…

 

Total, que le pedí tarta de queso, y al poco rato llegó con la bandeja, un plato decorado con el dulce, un vaso de agua, una servilleta de tela, y tras girar, como si fuera un torero, se fue. Lo que me costó fueron 5 euros y entonces me acordé de Pepe, el de la pastelería de aquí al lado que cuando pides una ensaimada casi te la lanza por el aire en plan bumerán y te da un servilletita transparente de papel que se te llenan los dedos de azúcar y que no hay quien la despegue. Y haciendo cálculos, y comparado a lo que cobra la tintorería por culpa de Pepe, pues caro caro no es.

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