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Perspectiva de familia

José Javier Rodríguez
Blog de José Javier Rodríguez Santos

Matrimonio, ¿algo más que la unión de un hombre y una mujer? (Parte III)

La semana pasada dejé en el aire una pregunta ¿es suficiente la intención pública de amor para que el matrimonio sea un bien humano y social? Indudablemente la respuesta es no. Todos lo sabemos, ya que somos conscientes de que el matrimonio supera al hecho formal del rito o la celebración. Entonces, ¿qué es el matrimonio? ¿Qué tiene de específico? ¿Por qué no es un simple contrato o acuerdo?
La intención de casarse se realiza pública, ritual y formalmente mediante el consentimiento mutuo de los cónyuges. Esta “intención” y este “consentimiento” no son elementos externos a la persona, son actos de la voluntad informada por la inteligencia que conoce y acepta el compromiso. Pero antes de este proceso volitivo e intelectivo, están los sentimientos. El surgimiento del amor nace de la afectividad: la atracción inicial, según diría Freud “pulsión del deseo”. Este sentimiento interno a la persona, emerge necesariamente de un estímulo externo y pasa a la inteligencia que dará razones de continuidad. Finalmente, la voluntad común se expresa públicamente en la declaración del “sí quiero”. El amor, no es sólo un sentimiento, una atracción o un deseo, es un acto de la persona humana que implica además, inteligencia y voluntad. De ahí, que el afecto, el consentimiento y la voluntad han de ser incondicionalmente recíprocos.

El matrimonio es más que un papel

Por ello, el contrato matrimonial es algo más que el escrito que lo reconoce. Posee mayor transcendencia, pues lo que se pone en juego es la dignidad de un hombre y una mujer que se entregan recíprocamente con exclusividad. El matrimonio no es sólo intención, no es solo afecto, no es solo razón y conocimiento. Son dos personas que se hacen donación de sí públicamente, mediante un rito social, público y legal. El objeto del contrato matrimonial es la persona humana, el ser humano, el hombre en cuanto que es varón o mujer.

Si bien, eso no es todo, el matrimonio va aún más lejos. La entrega sólo será posible mediante la donación recíproca del cuerpo en su totalidad. Es en la entrega verdadera y plena como se concretará, se contextualizará, se materializará y se definirá la realidad del matrimonio. Es mediante el cuerpo como la persona habla, se manifiesta, se dona. No puede ser de otra manera. No sólo somos espíritu, también somos carne; pero formando una unidad indivisible. El cuerpo no es nada sin la voluntad, los afectos y el conocimiento, como, a su vez, el espíritu no se puede concretar sin un cuerpo que lo materialice.

La dinámica del don

Todo aquel que se ha dado en plenitud vive la experiencia de que al mismo tiempo que se da, se recibe. El matrimonio entre un hombre y una mujer es la mayor expresión de donación. ¿Qué es, pues, darse? Veamos un ejemplo. Cuando una alguien regala un presente, el acto no queda completo hasta que el destinatario lo recibe y lo acepta. Dar implica al mismo tiempo acoger. Así, en la unión marital, el cuerpo es el que se da a un “tú” corporal, al mismo tiempo que ese “tu” recibe dándose al otro en plenitud. De ahí nace un “nosotros” que se proyectará en los hijos recibidos como don del amor mutuo.

El matrimonio como vínculo y alianza

El título matrimonial constituye una manifestación externa y pública de la donación personal entre un hombre y una mujer. Por ello, no puede asemejarse al resto de contratos civiles establecidos por el derecho que pueden romperse de forma unilateral o dependiendo de las circunstancias. El matrimonio supera al derecho civil, es anterior a éste. El derecho es un medio que nos hemos dado los hombres para relacionarnos con “sentido común”. Pero por encima del derecho están las personas que lo han creado. Así, la primera relación interpersonal completa que se dio en la humanidad es la unión conyugal, de cuya unidad plena surten efectos humanos, sociales y llenos de vida: los hijos. Esta “experiencia originaria” de todo ser humano supera con creces a lo reconocido por la ley. El matrimonio, de esta forma, no podrá ser definido sólo por unos artículos del Derecho Civil como un contrato.

Así, la unión y donación conyugal será más que un escrito registrado en una notaría o administración pública. Será un vínculo, una alianza permanente, que admite el error, la omisión y aceptará siempre el perdón y la reconciliación. Esto es así, como ya he explicado, porque nace del “amor original” prendido en el corazón de todo hombre, varón y mujer.

Conclusión

Los estudios académicos terminan con un título del que se derivan una serie de derechos; el trabajo empieza y acaba con un escrito contractual que determina las condiciones del servicio; el acta notarial de la compra de una vivienda o un vehículo implica su posesión y da derecho a su uso y usufructo… En cambio, el vínculo matrimonial, en el que dos personas se dan su palabra de alianza, toca de lleno al ser personal de cada contrayente en su dignidad y subjetividad.

Como siempre me he extendido demasiado, ¡hasta la semana que viene!

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