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Palabras de Poeta

Guillermo De MIguel Amieva

LA CAMPAÑA ELECTORAL: RITUAL Y TEATRO.

~~Las palabras se las lleva el viento, los políticos actúan sobre el escenario. Aun así, hay algo telúrico en la campaña electoral que abre ese sublime tiempo ritual situado por encima del teatro.

~~Criticamos la parafernalia de las elecciones porque nos viene pareciendo innecesaria y un gasto que no nos podemos permitir. Habría que añadir que la campaña electoral comporta un consumo de papel que atenta contra los recursos naturales, los cuales nos es obligado preservar. Sólo en Madrid se imprimirán cuarenta millones de papeletas. Todo esto es verdad. Además, cabría añadir que el efecto que una campaña tiene sobre el voto de los ciudadanos es nulo. Ni siquiera los ciudadanos indecisos deciden en función de los panfletos (ahora los llaman flyers, anglicismo que prefiero obviar). Nosotros vemos la historia en presente. Cada día, en el telediario, nos ponen lo que sucede. Ninguna otra generación ha tenido el privilegio de vivir la sobremesa conviviendo con el sucederse instantáneo de la historia. Es por eso que la campaña electoral influye poco en nosotros.


 Yo la analizo desde varias perspectivas. Una es ritual y necesaria, pero la otra se me antoja teatral y por tanto escénica. Desde un punto de vista ritual, he de reconocer que la campaña me gusta. Sobre todo la noche de pegada de carteles. No sé a quién se le ocurrió poner la medianoche como inicio del periodo electoral, pero la hora resulta telúrica por imbuida de la nocturnidad. La ritualidad ceremonial de estos actos iniciales en los que los candidatos y los partidos estallan en ilusión pertenece al modo de entender el mundo que hemos concebido. Nos hacen rememorar la eclosión de la soberanía popular. Creo que aunque la campaña se redujera a esta sola noche iniciática, bastaría por sí misma. Los actos humanos precisan del rito solemne, sobre todo cuando trascienden a nuestra vida colectiva. Necesitamos reafirmar que nuestra sociedad se basa en la libertad y que los políticos son meros mandatarios nuestros sometidos a los designios de nuestra libertad colectiva. Aunque estamos lejos de que nuestra sociedad controle verdaderamente al poder político y aunque estamos lejos de haber instaurado una democracia formal, para cuyo concurso habría que hacer estallar un nuevo periodo constituyente, no podemos prescindir de aquellos momentos en los que lo ritual subraya algo tan trascendente y extraordinario en nuestras vidas como la apertura de la campaña.


 Sin embargo, a salvo de excepciones honrosas, la parte escénica de ésta, lo teatral, pertenece a los dominios del cinismo humano. Desde la máscara griega sabemos que podemos adoptar roles y entonces nos resulta relativamente fácil no ser quienes realmente somos. La política nunca se hubiera dado sin el escenario y sin los actores. La Grecia clásica se construyó políticamente sobre los cimientos de una sociedad que había descubierto el teatro, esto es, la máscara, y, por tanto, la posibilidad de interponer la mentira entre la persona y su sociedad. Los políticos adoptan máscaras, pero no ha de olvidarse que suelen ser las que nosotros queremos ver. Vamos al teatro porque deseamos una obra en concreto. Hace mucho tiempo que hemos querido escuchar cantos de sirena. Los políticos profesionales lo saben. Son actores sobre el escenario, y cantan para nosotros, nos alegran el oído y se olvidan de nosotros cuando les damos el voto. No obstante, éste voto no es representativo de la sociedad civil, sino que solo termina por representar a los partidos políticos sin que el incumplimiento de nuestro mandato tenga consecuencias. Es por esto que la democracia solo se respira ahora, en campaña. Luego, la atmósfera deviene asfixiante. Así que, con voluntad romántica permitan que entre lo ritual y lo escénico opte por lo primero.

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