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Palabras de Poeta

Guillermo De MIguel Amieva

ISLAS A LA DERIVA

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A veces pensamos que podemos dominar el curso de los acontecimientos, pero eso no es verdad. Dependemos de tantos factores que lo mejor que podemos hacer es dejarnos llevar. Me viene a la cabeza el título del relato de E. Hemingway titulado “Islas a la deriva”. He de confesar que nunca lo he leído. El título me fascinó tanto que ya no tuve necesidad de leer el libro. Quizás pensé que su contenido nunca podría superar la plenitud que me producía imaginar todo un archipiélago dejándose arrastrar por el océano. La imagen resulta poderosa y tiene un impacto literario enorme. Saramago, por su parte, se imaginó toda la península ibérica a merced de las mareas. La desgajó de los Pirineos y luego la puso rumbo a ninguna parte. Llega un momento de nuestra vida en que nos vamos a la deriva, y entonces no hay que sentir miedo. Sé que es fácil decirlo, pero es así. “Islands on the stream” –ése era el título original de Islas a la deriva en inglés–. No somos otra cosa que pequeñas islas mecidas por el mar de la vida.


La deriva no genera la dependencia de mantener un rumbo fijo, pero pone a prueba nuestra capacidad de dominar. Esta vez no se trata tanto de dominar lo externo, sino lo interno, pues el destino de una deriva siempre somos nosotros mismos. El mundo circundante deja de importar desde el mismo momento en que no puede ser controlado y estamos a su merced. Toda nuestra vida es una preparación para afrontar la crudeza de las derivas. Las hay de tantas clases como vacíos pueden engendrarse en nuestro interior.  El otro día, un buen marinero me decía que la naturaleza humana siente miedo al vacío, pero que también hemos de ser capaces de rellenar los vacíos a los que nos enfrentan las corrientes que nos arrastran. No hay deriva sin corrientes. La corriente del desamor, de la enfermedad con pronóstico incierto, del desempleo, de la soledad, de la viudedad, de la pérdida de seres queridos. A cada deriva podemos asociarle una corriente.


Hemingway vuelve a mi vida en la manera de la evocación. Le leí de joven y luego le perdí. Otros autores me resultaron más interesantes. En el americano, al final, creí ver un qué se yo de autoafirmación inmadura en cosas tan banales como el alcohol, las mujeres, la caza y la destrucción. “El viejo y el mar”, no es un libro rotundo. Le falta algo, pero enternece. Al final de su vida, mi abuelo también salió a pescar él solo. Un tiburón maldito le comió el pez espada. Le regalé el libro precisamente por eso. Él me regaló Siddhartha, de Herman Hesse, un escritor profundo, y me dijo que yo siempre sería escritor. Quizás el alemán no se involucraba tanto en la vida, pero la observaba espiritualmente. Fue un golpe de timón que me introdujo en otra deriva. Las personas que escribimos vamos a merced de nuestras lecturas, también a merced de las circunstancias. Nada hay más hermoso que vivir en los otros, leyendo. Llevo una deriva literaria leyendo y otra vida escribiendo con rumbo cierto. El escritor occidental escribe para sobrevivir a la muerte. Todo proviene de un deseo de permanencia. Una manera de egocentrismo que puede diluirse en un personaje que devore al autor. El Quijote a Cervantes. Llega un momento en que la deriva y el rumbo son la misma cosa. Como el inicio y el fin. Toda deriva tiene un final, luego un destino desconocido. Y a veces no se llega al rumbo previsto y todo deviene en una deriva. Hoy empiezo a escribir esta columna. Es una deriva que no sé a dónde me lleva. Casualmente, hoy comienzo otra deriva que quizás se transforme en un nuevo rumbo. Gracias a Eolo.
 

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