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Palabras de Poeta

Guillermo De MIguel Amieva

EL OASIS

~~Algunas palabras tienen un efecto balsámico sobre el alma. Algunos hombres nos liberan de nuestros dolores. La humanidad está más allá de nuestras fronteras. Dios está en todas partes porque los ojos de seis mil millones de personas le reportan el documental instantáneo de la historia. A mí me dan de beber en el desierto algunos seres especiales a los que defiendo. Loado sea Dios y también Alá.

~~Esta mañana me ha llamado el bueno de Said, un cliente del turno de oficio. Andaba yo merodeando por mis interioridades desérticas, esos páramos por donde transitamos sin mayor orientación que lo que intuimos, cuando Said ha telefoneado, se ha interesado por su asunto, y luego me ha dejado en un oasis del que no me apetece salir. Respiro mejor, me encuentro bien, tranquilo, sin prisa, disfrutando de este día de primavera. El oasis que habito, en el que me he quedado solo tras colgar el teléfono, carece de palmeras y dátiles, no se ve más agua que la mineral que consumo, dispuesta para ser bebida sobre mi mesa de palisandro. Pero Said –ésta es la circunstancia– se ha despedido de mí deseándome algo bello: ¡Qué Dios te bendiga! –me ha espetado, sinceramente–. Yo le he deseado lo mismo. ¡Qué Alá te bendiga a ti, Said!


Parece mentira el bienestar que experimento tras esta frase. Hay frases mágicas que te transportan fuera de la realidad. La de Said ha sido como un trampolín a un lugar de bienestar espiritual, un oasis. Cuando alguien se considera tan agradecido como para pedir que Dios te bendiga, se abre una puerta. Quizás algunas frases te trasladan a dimensiones desconocidas donde nunca habías estado antes. Tal me pasa ahora, tras el efecto balsámico que ha dejado en mi alma este cliente marroquí de cuyo caso, como diría el clásico, no quiero acordarme porque no viene a cuento.


Nuestra bonanza económica de las pasadas décadas trajo a muchos inmigrantes extranjeros a nuestro país. Les he defendido muchas veces, y aunque me pirro por el corazón enorme de los senegaleses –esos gigantes con alma de niño a los que juzgamos por vender trapos falsos de marca en la calle, cosa tan nimia y que, al parecer, perjudica notablemente el negocio de las marcas–, no desdeño tampoco a los del Magreb, ni mucho menos a los respetuosísimos iberoamericanos. El tercer mundo aún preserva valores que nosotros hemos dejado a un lado. El respeto a los padres, la educación y el respeto hacia los demás, el cariño por la familia, son algunos de esos valores que veo en ellos. También disfrutan de lo mínimo. Del sol, de las cosas normales, y sufren mucho porque tienen escrúpulos. Sambo, un senegalés con veinticuatro hijos y cuatro esposas que alimentar, se pasó un mes sin dormir por una acusación de venta de trapos. Me da hasta vergüenza que el ordenamiento jurídico de mi país sea tan severo con esta gente. De verdad. Ni siquiera comercian con droga. Dejan su país y a su familia para venir aquí, se aclimatan a nuestra frialdad, procuran sacar cuatro perras para mandar a casa vendiendo polos falsos de Ralph Lauren cuya falsedad se distingue desde Pekín, y les condenamos por ello teniendo que soportar el cinismo, además, de que las compañías de ropa se personen en las causas solicitando responsabilidad económica derivada del delito cuando en algunas ocasiones, tienen sus plantas en países pobres explotando a la gente.


A Said le he defendido por otra cosa, pero da igual. Pocos clientes se marchan dando las gracias. Mis compatriotas consideran que pagar una minuta exime la gratitud, tal es nuestra soberbia. Said, además de darme las gracias, ha deseado que Dios me bendiga. Algo tenemos que aprender.
 

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