Silueta original

Otoños y otras luces

Jesús Quintero

La punta del iceberg

Este fin de semana me pasé por el teatro Liceo para ver la representación de La punta del Iceberg, una obra sobre las relaciones humanas en un entorno laboral competitivo y hostil,  cargado de presión y donde la prioridad absoluta son los resultados de la empresa por encima de las personas.

Descubrir qué motivos llevan a tres empleados de una compañía a suicidarse sirve al autor, Antonio Tabares, para hacer una reflexión acerca de hasta qué punto las relaciones humanas en el ámbito laboral puede condicionar nuestra manera de afrontar la existencia.  Cada vez más, también como consecuencia de la crisis, hay que dedicarle más tiempo y dedicación a las empresas donde trabajamos, descuidando más atención a nuestras propias familias y a nosotros mismos. Hasta se han reducido las bajas laborales por temor a perder el puesto de trabajo, aunque seguro que también se han corregido algunos abusos. De todo esto sólo tenemos que rascar un poco en nuestro entorno para ver la punta del iceberg.

 

Sobre cómo hacer frente al suicidio la Organización Mundial de la Salud ha dedicado un estudio que ha hecho público hace unos días y que alerta sobre esas cifras escalofriantes  que hablan de 800.000 personas al año que deciden voluntariamente quitarse la vida, siendo la segunda causa de muerte en los jóvenes entre 15 y 29 años de edad. El informe de la OMS no sólo contiene información, también de carácter sociológico, sino que apunta propuestas preventivas concretas que pasan fundamentalmente porque los gobiernos han de liderar estrategias multisectoriales en todos los ámbitos.  Quizá un solo suicidio como los que ocurren entre los jóvenes que sufren acoso escolar sea la punta del iceberg de esa parte oculta que intuimos bajo la superficie.

 

Esta semana se seguirá hablando de la retirada del anteproyecto de reforma de la ley del aborto que ha provocado, además de la dimisión, verbo demasiado poco conjugado, de Ruiz- Gallardón, un alboroto considerable en el batallón de los perplejos votantes, aunque muchos quieran simplificar la cosa en el cálculo electoral que se basa en la teoría infalible:  ”las gallinas que entran por las que salen”.  Veremos.

 

Quizá para otros la cosa sea mucho más seria, y como ocurre con los suicidios estemos hablando de que el derecho a la vida es el derecho básico fundamental, puesto que sin él no existiría ningún otro derecho. Por esta razón, el derecho a la vida suele sobrepasar cualquier otro derecho al que se oponga, como el de la autonomía para el suicidio, por eso el Estado tiene el obligación de proteger la vida como bien humano básico desincentivando aquellas conductas –incluso las propias- que atenten contra ella. Quizá el aborto de una madre que se ve sola sea la punta del iceberg de una sociedad que hace tiempo dejó de apostar por la vida.

 

El señor Artur Mas también ha colocado la punta del iceberg en el día 9 de noviembre para hacer una consulta para preguntar a los catalanes si quieren o no que Cataluña sea un estado y si quieren o no que ese estado catalán sea independiente.  El volumen de toda esta cuestión que intuimos bajo la superficie de este mar es, aunque la consulta no llegara a celebrarse, el camino de un nacionalismo al que no se supo o no se quiso poner freno cuando todavía se estaba a tiempo y que ahora causará un naufragio de consecuencias ciertamente impredecibles.

 

Yo, la punta del iceberg final de esta semana la coloco en el misionero y médico leonés Manuel García Viejo que como a Miguel Pajares el ébola acabó con sus vidas, a la espera de un “suero milagroso”, ejemplos de esa parte oculta de misioneros y monjas que viven y mueren  por los demás en cualquier último rincón del mundo. Ellos sí apostaron por la vida, incluso arriesgando la suya propia.

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