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La cuarentena

Inda Jaus
Blog de Inda Jaus

Romanticismo 2.0 (I)

Hubo un tiempo en el que tener una aventura, un flirteo o enamorarte en la red era una cosa como de película. Sofisticado y arriesgado a partes iguales. Y los implicados lo sabían. Y todo era especial. Mi amiga C. lo vivió y yo lo viví con ella, pero hace poco, en un momento íntimo entre amantes, intentando relatarle esta historia a A. me di cuenta de que me costaba recordar los detalles. Así que le pedí que me relatara aquella aventura ahora, desde la distancia, a ver si sonaba tan intensa como yo la recordaba. Me ha enviado este e-mail y, como nosotras, esta historia ha mejorado con los años:

Inda, ¿de verdad no recuerdas aquella historia con pelos y señales? Pero si te tuvo aterrorizada y a punto estuvo de costarnos la amistad… Yo estaba todavía casada, pero en ese punto en el que ya sabes a ciencia cierta que te vas a separar, que estás sólo a la espera de la señal definitiva. Mi nick en irc-hispano por aquel entonces era Lolita (ya sé que no es muy original, pero ahora habría tortas por ese nick a palo seco). Ni por Nabokov, ni por Kubrick... por aquel bareto de Lyon en el que tú y yo pasamos un par de inviernos.

Un día me abrió un privado un tal Macon: "Somos de pelis distintas". Caí en la cuenta del personaje de William Hurt en "El turista accidental". Me hizo gracia.

Aquella fue la primera conversación con un tipo chispeante, lector empedernido, cinéfilo y divertido. La primera de cientos. Estuvimos hablando dos o tres meses antes de plantearnos un encuentro.

Yo le había enviado algunas fotos por email, pero no había visto fotos suyas. No me importaba mucho: a esas alturas ya había configurado mentalmente cada uno de sus rasgos, me lo había imaginado a mi antojo, me había regalado a mí misma a mi perfecto galán. Desde que empezamos a organizarlo me sentí devorada por las hormigas. Esto dio mucho de sí. No eran mariposas en el estómago, no. Eran hormigas. Con un punto venenoso y "atontante". Estuve varias semanas sin apenas comer, nerviosa, ausente, obsesionada... No sabía si decírselo a alguien o no. Al final te conté toda la historia a ti, Inda. Toda la historia... hasta donde pude, porque se ocupó él de diseñar la cita a la medida de su fantasía, y yo sólo sabía a qué ciudad tenía que ir. Nada más. Recuerdo la charla que me diste. Pero me daba igual. Estaba decidida.


Llegué a Burgos en autobús. En la estación había un tipo bastante mayor con un cartel que llevaba el logo de un hotel en el que estaba escrito mi nombre. Pensé que quizá era él gastándome una broma, y me tragué el chicle sin querer. Era un señor mayor al que me apetecía tratar de usted... imposible meterle mano. Me acerqué, me presenté y su voz al saludarme me dejó tranquila. No era él.
El hombre cogió mi maleta y le seguí hasta el coche. Comencé a inquietarme cuando vi que abandonábamos la ciudad.

-¿Está muy lejos el hotel?

-Naaaa... 32 kilómetros.

¡32 kilómetros! Yo llevaba móvil, pero tú no tenías. Tenía que advertirte de que no estaba en Burgos. Le pregunté al hombre el nombre del pueblo, te llamé y te dejé un mensaje en el contestador. Se me salía el corazón del pecho. Sudaba. Miraba sin ver a través de la ventanilla los campos de girasoles. Debería bajarme del coche. No quería...

Llegamos al pueblo. Callejeamos un poco y paramos a la puerta de la posada. Una casa solariega impresionante en una calle empinada. Mis pies iban en modo automático. Fue toda una experiencia descubrir que el cerebro puede tener al resto del cuerpo en contra. Y aun así, seguimos respirando.

En recepción me dijeron que "mi marido estaba ya en la habitación". Otra vez el cerebro dando órdenes que nadie obedecía. Sonreí amablemente y me dirigí a las escaleras.

Llamé a la puerta de la habitación, como una pava. Dentro se oyó una risilla, pero no contestó nadie. Abrí con una llave antigua y entré en una habitación enorme, de arquitectura antigua y muebles de diseño, luminosa, dominada por una chimenea de piedra. Sentado frente a ella estaba él. Estoy segura de que se oían los latidos de mi corazón. Le veía casi de espaldas, sentado en un sillón... sólo veía que tenía pelo y piernas. Parecía delgado, no muy musculoso. Disimulaba, pero también estaba nervioso. Dejé la maleta en el suelo y dio un respingo. Me preguntó si estaba todo bien y le dije que sí. Me pidió que me acercase a la cama. Había un pañuelo allí. Me pidió que me vendase los ojos si quería. No podía dejar de pensar en ti mientras lo hacía. Cuando le dije que ya estaba se acercó a mí, me desnudó muy despacio y me ayudó a acostarme. Después le oí cerrando las cortinas y haciendo ruido en el baño. Estaba tan acojonada como excitada, pero en ningún momento me planteé que no quisiera estar exactamente allí y así. Se acercó con algo en las manos que hacía un ruido plástico.

Imagino que sonreía cuando me decía que estuviera tranquila. Se sentó en algún lugar a mi lado y comenzó su performance. Me daba pequeños besos aleatorios e impredecibles y, a veces, sentía unos pinchacitos ligeros. Subían por una pierna hasta mi vientre, seguían por mi cintura... mis pechos... por todo mi cuerpo. Sólo se oía sordamente "Inertia creeps" de Massive Attack, que sonaba en los cascos que me había dejado encendidos sobre la mesa. En un momento dado, besó ligeramente mis labios.

Tenía la boca seca y me dio un poco de agua. Me preguntó si quería quitarme la venda. Le dije que sí y me dijo que habría consecuencias. Ahora que lo pienso, sus palabras eran solemnes, pero su voz sonaba divertida. Aun así, me lo pensé un segundo, pero le dije que sí otra vez. Me quitó el pañuelo de los ojos. Estaba todo a oscuras. Apenas distinguía su silueta junto a mí. Lo único que se veía eran las decenas de pequeñas hormigas de plástico fosforescente que había colocado por todo mi cuerpo. Me dio una risita nerviosa, un poco aliviada. Me pidió que subiera los brazos por encima de la cabeza. Y me ató las muñecas haciendo un nudo flojo con el pañuelo. Obviamente podía moverme, incluso soltarme, pero no lo hice. Se colocó sobre mí, clavándome las diminutas patas de las hormigas en la piel. Apenas distinguía su perfil... tampoco lo observaba. Lo olía. Lo sentía. Me hizo el amor. Y no lo vi por primera vez hasta mucho rato después.

Hubo otros encuentros y ha habido otros hombres. Pero esas son otras historias. Tendrás que ganártelas, amiga mía, que no te dejas ver…

inda.jaus.tribu@gmail.com

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