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La cuarentena

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Blog de Inda Jaus

Gente de Pasión

Son estos días de ajetreo y bullicio en las calles de la ciudad. De carreras para escapar de la lluvia o para ver la procesión desde €œese€ lugar especial. De pipas y de esperas. De tradiciones y de reencuentros. La ciudad rebosa vida y hace honor al calificativo de esta €œSemana de Pasión€. Tal vez por eso llevo unos días pensando en algunas personas que se han cruzado en mi camino y que rebosan Pasión, Entrega y Humanidad. Sí, con mayúsculas. Y lo hacen discretamente, sin alardes, convencidos de que forma parte de su trabajo. Ya veis. En estos tiempos que corren, gente así.

Tras la puerta de la UCI del Hospital Virgen de la Vega, habitan unos seres extraordinarios. La mayoría de los salmantinos no lo sabemos porque, por fortuna, la mayoría no tiene que pasar por allí. Yo sí. Pasé unos días en esa sala de espera rosa y azul. Y en la otra, en la verde y gris. Conté baldosas, aprendí a distinguir cada ascensor por sus ruidos particulares, descubrí que las puertas de los despachos están inventariadas€Ś Me hice amiga del gran reloj blanco en el que iban pasando las horas sin noticias. Y contenta, porque desde el principio sabía que las noticias, cuando llegasen, serían malas.

Pero volvamos a esos seres que allí habitan y que casi nadie ve. La UCI es el Sancta Sanctorum de los cuidados hospitalarios. Higiene extrema, vigilancia constante, aparatos futuristas€Ś y gente buena. Celadores, auxiliares, enfermeras y médicos que andan a lo suyo, funcionando como una colmena en la que todo el mundo tiene su labor que es vital para la supervivencia de alguien, pendientes de sus enfermos gravísimos y, a la vez, atentos y exquisitos con los familiares que andamos por allí atravesados, lloriqueando, preguntando, esperando respuestas que nos agraden sí o sí, y que, evidentemente, no siempre son posibles.

Y claro, era imposible no pensar que a estos habitantes de ese mundo tan complejo, seguramente también les han reducido en los últimos tiempos plantilla, medios, presupuesto y salarios. He tratado de imaginarme en su lugar, yo, que soy una tipa cojonuda por dentro y por fuera, ya lo sabéis. He tratado de imaginar que mi trabajo consistiese en estar atenta durante toda mi jornada laboral al estado de algún desconocido sin plantearme si será buen marido, o buena madre, o un imbécil estirado, o envenenadora de gatos, o€Ś En fin, trataba de imaginarme si sería yo capaz de dedicarme a dejarme la piel cada día por otros humanos, a secas, sin más, sin prejuicios. Y la respuesta ha sido un no rotundo.

En esos días de mi particular Pasión he visto cómo unas personas lavaban con todo mimo y cuidado los cuerpos cerúleos de otras personas que ya ni sentían ni padecían. He visto a médicos que te llevaban a hablar de determinadas cosas lejos de ese paciente daba tumbos por la fina línea que separa la vida de la muerte. Por respeto, decían. He visto a profesionales que hacían un análisis instantáneo de la persona a la que iban a informar, y le daban el peor de los pronósticos con tal delicadeza y sencillez que el informado salía mucho más sereno y tranquilo que cuando albergaba esperanza. He recordado aquella campaña viral, €œse reparten besos y abrazos€. Pues allí te dan los que necesites. Y más. He visto esas y otras cosas que nos hacen grandes como especie.

El último día, cuando todo se puso feo de verdad, una de las doctoras me sugirió que saliera a dar un paseo. Se me ocurrió que, seguramente, ya no iba a volver a ver a esas personas que me habían dado tanto apoyo y tanto cariño, así que compré unos bombones. Cuando se los entregué a la enfermera se quedó muy sorprendida: €œNo hay por qué. Es nuestro trabajo€, me dijo. Pero se equivocaba. Estos seres están tan acostumbrados a su idiosincrasia, que no se dan cuenta de que lo que les hace magníficos no es el hecho de que hagan su trabajo correctamente, si no cómo lo hacen. El cariño, la paciencia y la entrega no van en las nóminas. Y no se recortan con los recortes. Eso es de seres humanos premium. O de elegidos, no lo sé. Sí, salmantinos: no se les suele ver, pero ahí están. Y hasta en la más dramática de las circunstancias, ha sido un placer conocerles.

Y dentro de ese fantástico equipo, me siento especialmente honrada por haber conocido a tres intensivistas que lloraron conmigo, la pesada del pasillo, una desconocida más. Olga Díaz, Álvaro García y Ana Diego; sabed que de todos los pedazos de este corazón que llevo puesto, uno es vuestro. Ni en el mejor de mis sueños habría imaginado que existieran médicos como vosotros.

Y esta tranquilidad que da saber que, no sólo estaremos en buenas manos, si no que serán manos cariñosas.

Gracias.

inda.jaus.tribu@gmail.com

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