Antonio moreno original

La anomalía

Antonio Moreno
Lo que no podemos permitir

Ya no queremos rey

Pese a que haya sido el propio rey Juan Carlos quien ha puesto el asunto en la agenda al anunciar su abdicación el pasado lunes 2 de junio, la “cuestión monárquica”, se nos insiste, “no toca”. Hay asuntos más urgentes que resolver (siempre va a haberlos), incluso, que el dilema no es tanto monarquía o república, sino más democracia. No solo ese era el título-proclama de un artículo de Cebrián, sino también la disyuntiva demagógica a la que nos enfrentaba Javier Cercas “prefiero mil veces vivir en una monarquía como la sueca que en una república como la siria” (es cita textual, pero he oído y se han oído cosas peores).

Esta es la defensa de la monarquía que hacen quienes se confiesan (sin que nadie se lo haya preguntado, ni le interese a nadie) “no monárquicos”. Incluso Cebrián viene a insinuar que la fortuna de la monarquía en España radica justamente en eso: en que no cuenta con el apoyo de los monárquicos. Lo que en buena lógica le valdría la recomendación de que se lo “hagan ver”, si no fuera porque pretenden encubrir el “supremo sentido de estado del que solo ellos disponen” de “renunciar a los principios” por “mor de la responsabilidad política”. Menos mal que la semántica, que es más “campechana” y  menos dada a florituras, es en esto inapelable: si alguien defiende la monarquía es monárquico (aunque diga lo contrario) y si alguien renuncia a sus principios es que tenía otros, como nos enseñó meridianamente Marx, en este caso Groucho.

 

Y es que ser abiertamente monárquico en democracia es difícilmente sostenible. Porque la monarquía constituye una excepción, una “irracionalidad democrática” que solo puede defenderse por motivos “prácticos”. La república, en cambio, constituye la “normalidad democrática”. Pero, se nos dice constantemente, como se decía de la democracia en las postrimerías del franquismo, que es “algo para lo que los españoles no estamos preparados”. Así que, a falta de una monarquía legítima (lo que constituye un contrasentido), los “no-monárquicos” se empeñan en legitimar la monarquía exigiendo al rey comportamientos heroicos (que le superan y para los que no tiene competencias constitucionales) que le otorguen el favor popular. Como Juan Carlos tuvo su 23F, en el que “paró el golpe” y “salvó la democracia” (para quienes mantengan otra versión distinta de ésta, Cercas reserva el elogioso calificativo de “memos solemnes” al futuro rey ya le espera resolver la “cuestión catalana”.

 

La verdad es que no sé si estas opiniones serán monárquicas o no (como ellos pretenden), pero, si se hacen desde la buena fe, son de una ingenuidad y de un infantilismo preocupante, y una simplificación de la historia y de los agentes históricos semejante a la de quien confunde la historia con la relación de los reyes godos.

 

Pero lo cierto es que el establishment político, económico y mediático quiere minimizar los cambios para que todo siga igual. Y no es casual que se escondan tras el borbón. Porque si algo han sabido hacer los borbones a lo largo de la historia ha sido “borbonear”, es decir, hacer todo lo posible para mantenerse en el poder: apoyar una dictadura o pasarse después a una dictablanda, “parar un golpe de estado” (y es verdad que no existen manuales para hacerlo, pero no creo que quienes duden del papel del rey en el 23F, con la de sombras que hay, tengan que ser unos “memos”) o abdicar.

 

Por eso, es verdad que quienes piden un referéndum no solo piden un referéndum, están y estamos pidiendo la apertura de un proceso constituyente (no de una simple reforma constitucional), una regeneración democrática (y la palabra regeneración no termina de gustarme), que acabe con este “apaño” que fue la transición (nuevamente, las palabras son de Cercas, la minúscula, mía), con la corrupción instalada en buena parte de las instituciones del estado (también y especialmente en la monarquía), con un bipartidismo que ahoga las posibilidades de participación política y democratización de los partidos y las instituciones, con la soberanía cedida vergonzosamente a los acreedores, con una clase política que se ha deslegitimado para exigir sacrificios actuando siempre de parte de la minoría, etc. Y vuelven a decirnos que eso es querer “abrir el melón”, que es muy peligroso, que “esa ignorancia del presente puede devolvernos lo peor de nuestro pasado”, Cercas dixit, que hay que “evitar el suicidio colectivo”, en versión de Cebrián. Pero el melón no es suyo, no queremos ya esta “democracia tutelada” y eso implica empezar por cuestionar uno de sus símbolos, que es la monarquía.

 

Lo que resulta paradójico es que el establishment político se resista haciendo valer conceptos de una ortodoxia dialéctica más que discutible: No existen las “condiciones materiales” para que se produzca ese cambio de modelo de estado. Es verdad y por eso hay que hacerlo ahora, porque, cuando hayan madurado las condiciones materiales, la “racionalidad democrática” tendrá que asumir nuevas “irracionalidades” por razones “pragmáticas”.

lanomalia.blog@gmail.com  

Comentarios

Hugo 10/06/2014 11:04 #1
Genial artículo, Antonio.

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