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La anomalía

Antonio Moreno
Lo que no podemos permitir

Transparencia y navidad

Desde el viernes de la semana pasada luce en la Plaza Mayor de Salamanca un belén. Parece que sido la primera decisión personal del actual alcalde de Salamanca o, por lo menos, la primera que nos hace saber que ha tenido esa naturaleza. Con lo acostumbrados que estábamos antes a este tipo de decisiones personalísimas y lo que las sufríamos de su predecesor en el cargo y ahora flamante jubilado, perdón, senador. Según ha declarado: Ha decidido sustituir el árbol que adornaba en otras ocasiones la Plaza, porque él es más de belén, que es más nuestro y más tradicional.
Así que, ahora tenemos un belén transparente y luminoso en la Plaza Mayor. Todo un símbolo que merece alguna reflexión no navideña, sino intemporal o intempestiva, que diría Nietzsche.

Primero, la transparencia. Este año 2011 no habrá informe anual sobre el Índice de Transparencia de los Ayuntamientos (ITA, en lo sucesivo), porque la celebración tan próxima de dos convocatorias electorales no lo recomendaba, así que sólo disponemos de los datos de 2010. En ese año, el Ayuntamiento de Salamanca obtuvo una puntuación total de 28,8 sobre 100, lo que la situaba en el penúltimo lugar de entre los 110 grandes municipios sobre los que se hizo el informe (Ver). Las puntuaciones eran bajas y no se lograba el aprobado en ninguna de las cinco áreas generales de transparencia que evalúa el ITA (Ver), a saber: Información general sobre la corporación municipal, relaciones con los ciudadanos y la sociedad, transparencia económica y financiera, transparencia en las contrataciones y servicios y, por último, transparencia en materias de urbanismo y obras públicas.

Naturalmente, en cualquier democracia esto tendría que haber sido motivo de escándalo público, de una sucesión ininterrumpida de explicaciones por parte de los responsables hasta conseguir aplacar a la opinión pública y, una vez conseguido esto, la declaración y compromiso explícito de propósito de la enmienda. Pero nada de esto ha sucedido en Salamanca.

Bien es cierto, que Transparency International España (TI) aclaraba, al explicar la metodología utilizada, que entre los 4 de los 110 Ayuntamientos que no devolvieron un cuestionario valorando los 80 indicadores de transparencia estaba Salamanca y que, por tanto, los datos de estos municipios eran sólo fruto de una evaluación externa, que no habían querido corregir o no se habían molestado en rectificar. Y esto es lo que han dicho siempre los responsables municipales, que el informe no es válido, que los datos no son fiables, porque no colaboraron en la elaboración del cuestionario y que, por tanto, no es verdad que Salamanca esté tan mal en cuanto transparencia se refiere.

Claro, que lo que los responsables municipales no han explicado nunca es por qué no colaboraron (porque no oculta nada quien no tiene necesidad de ocultar), ni tampoco por qué no consideraron ni consideran a día de hoy la transparencia y el ITA como un objetivo prioritario e inexcusable de cualquier administración democrática. O a lo mejor ya sí, y en el ITA del 2012 están dispuestos a colaborar para que sepamos definitivamente el lugar que nos corresponde, y a lo mejor el belén transparente no es solo un símbolo, sino una verdadera declaración de intenciones.

Segundo, el belén. También el presidente de la Diputación de Salamanca se ha declarado partidario de los belenes y ha ido más allá al manifestar que esa expresión de la Navidad, tan tradicional y tan nuestra, debemos no limitarla solo a la esfera privada sino extenderla a los espacios públicos. Por eso, ha recuperado el belén tradicional también en la Diputación.

Pero el belén no es simplemente una tradición es una tradición religiosa, de ahí, lo de nuestra, que no quiere decir salmantina ni castellano y leonesa ni española ni occidental, sino cristiana y católica, que no es lo mismo que universal. Así que, esa reivindicación de una tradición tan nuestra es una reivindicación frente a otras tradiciones y frente a otros que nos son de los nuestros, o de los suyos. Por eso, decía el otro día que, aun aceptando la interpretación weberiana del desencantamiento de la sociedad occidental, es necesario reivindicar una resacralización de las tradiciones religiosas para devolverles su carácter puramente religioso. De esta forma, revestidas de su carácter religioso, poniéndolas en valor como tales, que se dice ahora, se hará también transparente la voluntad totalitaria de dominio simbólico de lo religioso sobre lo cívico. Porque no se trata de una mera tradición nuestra, sino de una religión suya que quieren imponer a todos.

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