Antonio moreno original

La anomalía

Antonio Moreno
Lo que no podemos permitir

¿Por qué nos odian los ricos?

Sin salir de mi asombro por el contenido y el título del artículo de Jesús Andreu en El País “¿Por qué odiamos a los ricos?”, y por el propio hecho de que un periódico otrora calificado de “serio” como El País pueda llegar a publicar artículos semejantes (cada vez son más quienes me aconsejan por estrictos motivos de salud que tenga cuidado con lo que leo), decido, por puro afán pedagógico, ofrecer alguna respuesta a la pregunta que se formula Jesús Andreu, más allá de los tópicos en los que se mueve, de forma que logre enfocar hacía ¿por qué nos odian los ricos?, que es la que ofrezco como título, la diana hacia la que apuntar sus perplejidades.

En primer lugar, nadie odia a los ricos. No sé si por suerte o por desgracia, en la sociedad en la que vivimos, nada causa más admiración que los ricos: sus coches, sus mansiones, su estilo de vida. Da igual, si se “ha hecho a sí mismo” como si “le viene de familia”. No veo que haya lugar para el odio, ni para la envidia, ni prejuicios religiosos. Todo resulta fascinación, embeleso y afán de emulación.

 

Sin embargo, esta admiración por los ricos no es en modo alguna correspondida por ellos, que solo devuelven desdén, actitud que me preocuparía la verdad bien poco, si no fuese acompañada por un comportamiento muy poco ejemplarizante que no respeta ni patrias, ni fronteras para obtener beneficios y rendimientos vedados a quienes no disfrutan de su situación. Para quienes no utilizan estas prácticas todo son agradecimientos (un plus que no merecen si solo cumplen con su deber), pero el resto, que deberían ser objeto de rechazo explícito, de investigación policial y fiscal y, si fuera el caso, de sanción, muchas veces ni siquiera lo son. Lo que prueba que no se odia en modo alguno la riqueza, sino la burla y el incumplimiento de la ley: se odia el delito para el que estos “ciudadanos” parecen estar inmunes o blindados.

 

Y esta situación se ha agudizado con la crisis. Y especialmente en España, donde la desigualdad está aumentando y aumentan también el número y fortuna de los ricos, mientras que más de un cuarto de la población se hunde en la pobreza.  Así, en 2012, mientras las rentas del capital crecieron un 3,6% sobre el PIB, las rentas del trabajo bajaron un 5,2%. Una cuestión que explica muy bien Vicenç Navarro en El crecimiento de las desigualdades de rentas: causas y consecuencias, que resulta de obligada lectura. Pero, desde hace más tiempo, las personas físicas que obtienen grandes ingresos, no han dudado en registrarlos a nombre de sociedades lo que, no sólo impide la confiscación de bienes en caso de delito, sino acogerse a un tipo fiscal más bajo. Por no citar a quienes no han dudado en cambiar su residencia al extranjero (el caso de Depardieu es solo una anécdota), no solo para no pagar impuestos en su país, sino para acogerse a los enormes beneficios fiscales que le ofrece el país vecino, ya sea Bélgica, Holanda, Gran Bretaña o la propia España, sin necesidad de que sean paraísos fiscales, porque así está la “armonización” fiscal en la UE. Porque si entramos en cuantificar las pérdidas que registran los estados por las operaciones que realizan las grandes empresas desde otros países en donde sitúan las ventas on line (Inditex por citar alguna, cuyo máximo accionista es alabado como benefactor) o facturan, sin que estas operaciones sean perseguidas, la “evasión legal” se dispara. O, las más graves y frecuentes, la utilización de paraísos fiscales para la importación o exportación (algo perfectamente legal o legalizable), que constituye una sangría fiscal para los estados todavía mñas difícil de cuantificar.

 

Y todo esto, por lo legal, que si entramos en lo criminal, el asunto es todavía más sucio: La evasión de capitales y el blanqueo de dinero en esta época de la globalización del capital es más fácil, frecuente y  numerosa que nunca. El último programa de Salvados de Jordi Évole sobre paraísos fiscales y blanqueo de dinero solo permite ver la punta del iceberg de unas prácticas más generalizadas de lo que creemos. Parece existir sistema bien engrasado que permite a los ricos, a los bancos y entidades financieras burlar la ley, escapar de la justicia y aumentar hasta el máximo sus beneficios a costa del resto de los ciudadanos. Y esto no solo puede explicarlo una codicia sin límites, sino, sobre todo, un desprecio absoluto por los demás, cuando no un odio irracional, que sí que merecería una explicación. Y parece ocurrir así desde siempre, porque ya Aristóteles comentaba en su Política, IV, 11, que los ricos “ni quieren ni saben ser gobernados”.

 

Para colmo, este domingo ha sido derrotada en Suiza una iniciativa popular que pretendía limitar en 12 veces el salario mínimo el salario máximo de los ejecutivos. Si hubiera ganado, ya se habían ideado fórmulas para burlarla, otra vez  El País dixit.. No ha salido adelante, pero resulta refrescante y esperanzador que al menos en Suiza se lo hayan planteado.

lanomalia.blog@gmail.com

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