Antonio moreno original

La anomalía

Antonio Moreno
Lo que no podemos permitir

Paz, justicia y democracia

Como la actualidad no tiene memoria, es más, como la actualidad amplificada y multiplicada por los nuevos medios de comunicación devora y desintegra incluso la más flagrante contradicción encontrada en las hemerotecas, no me imagino a Fernando Rodríguez, ni a ningún político al uso, pidiendo disculpas por desmentidos. El éxito de la dominación mediática actual no se ha logrado, como imaginó Georges Orwell en 1984, con una sofisticada red de rectificación de las noticias y la historia, sino, como sabemos, con la omnipresencia de lo actual.

Por eso, decía, no me imaginaba que Fernando Rodríguez, portavoz del grupo de gobierno del PP en el Ayuntamiento de Salamanca, tuviese que justificarse o rectificar, tras la acalorada defensa que hizo en el pleno del viernes 30 de diciembre de la inversión de 2,5 millones de euros en la rehabilitación de la catedral, justificándola en el programa con el que concurrieron a la elecciones, el compromiso con los electores y la responsabilidad del partido en la acción de gobierno. Porque tendría motivos para rectificar al escuchar el mismo día a sus compañeros de partido explicar las primeras medidas del Consejo de Ministros.

Porque estas medidas de ajuste de Rajoy contradicen por la vía de los hechos todo lo proclamado en campaña. No sólo no van a hacer lo que decían (aunque la verdad es que decían más bien poco), sino que van a hacer lo que prometieron y se hartaron de prometer que no harían en ningún caso.

ÂżEn qué lugar quedan a Fernando Rodriguez en su defensa de que, pese a la crisis, pese a la difícil situación económica que atraviesa el Ayuntamiento de Salamanca, hay que anteponer la sagrada obligación programática contraída con los electores de dedicar 2,5 millones de euros (5 veces más de lo que se destina a programas de ayuda de emergencia, que es a lo que querrían, como es lógico, dedicar ese dinero)? Pues, en eso, en defensa ideológica e interesada de una inversión difícilmente justificable.

Como lo ha sido, la defensa de las medidas de urgencia adoptadas en el último Consejo de Ministros, algunas tan injustas como la congelación de la tasa de reposición de empleados públicos, la eliminación de la bonificación del gasóleo profesional, el aplazamiento por un año de la aplicación de la ley de Dependencia o la congelación del salario mínimo interprofesional (SMI). Medidas todas ellas que se han justificado como €œimprevistas y extraordinarias€ para hacer frente a una situación imprevista y extraordinaria, pero que, en ningún caso, estaban en el programa electoral del PP, sino en sus antípodas. O por lo menos, del programa explícito. Así que: determinadas medidas pueden adoptarse, aunque no estuvieran en el programa y contra otras que sí lo estaban, para hacer frente a determinadas situaciones, o no se puede salir de lo comprometido en el programa, o las dos cosas al mismo tiempo y por las mismas razones y el mismo día como hace el PP, tratando de emular a Marx, pero Groucho, cuando dijo aquello de €œestos son mis principios, pero, si no le gustan, tengo otros€.

El problema es que las medidas adoptadas producirán más sufrimiento y afectarán más a las rentas más bajas, no van dirigidas a luchar activamente contra el fraude y, sobre todo, no van a dirigidas a impulsar laeconomía que permita la creación de empleo, sino en aras de los más altos principios económicos: asegurar a los inversores-especuladores el cobro de la deuda y reducir a precio de más desempleo el déficit público. Y seguirán siendo provisionales, no por el compromiso programático con las elecciones andaluzas, sino para evitar decir algo que pudiera comprometer la tan ansiada victoria.

Así, el programa ya no es un contrato-compromiso con los electores: Fernando Rodríguez eso está ya superado. El programa es un documento propagandístico en el que se debe ocultar las propuestas que pudieran desembocar en una derrota, un documento que legitime ante el electorado lo mismo y lo contrario de lo que las élites dirigentes tengan a bien hacer con el consentimiento de los mercados y los poderes económicos.

Kant soñaba que la verdadera paz, la paz perpetua, que no solo un deseo navideño, solo sería posible en democracia y que ésta o la €œconstitución republicana€ como le gustaba llamarla, no supone un estado de ángeles, sino que su establecimiento tendría que ser posible €œincluso para un pueblo de demonios (siempre que tengan entendimiento)€. Así que, ante esta situación, no cabe otra cosa que pedirla, pero no como un deseo a los Reyes, sino reclamarla y exigirla incesantemente, reivindicando su valía frente a falsificaciones y falsificadores, proclamándola a voz en grito: €œDE-MO-CRA-CIA€.

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