Antonio moreno original

La anomalía

Antonio Moreno
Lo que no podemos permitir

Nuestro tiempo

Como la teoría de los lugares naturales de Aristóteles, la viñeta de El Roto de este sábado expresaba una ley económica básica más visible ahora en estos tiempos de crisis: “enriquecer a los ricos, empobrecer a los pobres, a cada uno lo suyo”.
Se explica así el funcionamiento natural de la economía. Al igual que los cuerpos compuestos mayoritariamente de aire o fuego tienen a subir y los compuestos de tierra, decía Aristóteles, tienden naturalmente a caer buscando su lugar natural, los ricos tienden naturalmente a hacerse más ricos y los pobres, a hacerse más pobres: Ley de vida, como la que nos repetían nuestros mayores al decir que “siempre ha habido ricos y pobres”.

Por suerte para nosotros, a Aristóteles le llegó su Galileo para desmontarlo, pero todavía no le ha llegado su San Martín a este naturalismo economicista que nos aplasta.

Frecuentemente, me gusta recordar frente a este supuesto naturalismo inapelable de la economía, la falta de fundamento natural de la democracia. Hablo de democracia, no de esta oligarquía disfrazada en la que vivimos. Porque, en efecto, la democracia rompe el fundamento natural del poder al negar su derecho a ejercerlo a quienes lo poseen por naturaleza (o por la gracia de Dios, que viene a ser lo mismo): Nadie tiene por naturaleza derecho a ejercer el poder (ni los más poderosos ni los más capacitados ni los más ricos), el poder en democracia carece de fundamento natural, para convertirse simplemente en autoridad reconocida por la voluntad general expresada en las urnas. En democracia, es justo la ausencia radical de fundamento del poder lo que le proporciona la máxima legitimidad. En democracia, hemos invertido (o por lo menos lo hemos intentado) el orden natural para establecer un orden artificial, antinatural, incluso.

Con razón recelan de la democracia quienes, creyéndose poseedores por naturaleza del derecho a gobernar, las urnas les privan ocasionalmente de ejercerlo. Porque, históricamente, no nos engañemos, la democracia no ha sido más que una excepción a la norma, una anomalía, podríamos decir.

Por eso, para quienes defienden y se amparan en este orden natural del mundo (y ya sabemos por Tomás de Aquino que la ley natural no más que el reflejo de la ley divina), toda artificialidad humana que lo niegue para abrir espacios de libertad y justicia es pervertida y antinatural: la homosexualidad, el derecho a decidir sobre la maternidad, sin conformarse con lo que “Dios nos mande”, la eutanasia, que implica la posesión radical de tu vida y la hora de tu muerte, frente a lo que “Dios quiera y tenga dispuesto” y un largo etc. Por eso, también resulta tan infrecuente y anómala la solidaridad (y con ella todos los valores humanos de reflexión) frente al egoísmo posesivo, que sale tan natural y tan espontáneo.

Por eso también, quienes tienen por naturaleza el poder son capaces de “ganar” tiempo, de gestionar su tiempo e imponer sus tiempos a los demás, que es la forma más sutil y descarnada de dominio: “No es el momento para huelgas”, repetía como la voz de su amo este domingo Javier Galán, subdelegado de gobierno en Salamanca, en una entrevista. Para el poder, nunca es tiempo de huelgas ni de protestas. Y recordaba al leerlo como Primo Levi contaba que en los campos de concentración, a pesar de las distintas y sesudas teorías que advertían de que el mendrugo de pan que entregaban con la sopa de mediodía alimentaba más por la tarde, todos se precipitaban a mojarlo inmediatamente con la sopa, incomprensiblemente y contra toda teoría probada y natural, porque el hambre no entiende de tiempos.

Y escuchaba también este fin de semana a un representante de CSIF, explicando por qué no apoyaban la huelga. Habían hecho un cálculo riguroso y científico del coste-beneficio y no creían que pudieran exigirles a sus afiliados el sacrificio de otro descuento por huelga: Ocúpate de tus cosas, dedícate a lo tuyo y no te preocupes por los demás. Esa es la norma.

Pero frente a ese tiempo natural impuesto, ese tiempo de los dioses que desde la eternidad, con todo su poder, contemplan la injusticia indiferentes, que establecen cuál es el “momento oportuno” que nunca llega, frente a ese sano espíritu egoísta que no arriesga nada sin someterlo a un cálculo económico estricto, frente a esta ley económica natural que sólo beneficia los de siempre, es el tiempo de negarse a la catástrofe y a la injusticia, de rebelarse contra esa desigualdad y esa codicia natural impuestas; frente a ese tiempo natural de los dioses, está este nuevo tiempo artificial de la democracia y de los seres humanos, que es nuestro tiempo.

Comentarios

Deja tu comentario

Si lo deseas puedes dejar un comentario: