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La anomalía

Antonio Moreno
Lo que no podemos permitir

No se quieren enterar...

Tras el intenso fin de semana pasado, la resaca del 22M y las honras fúnebres a Suárez han llenado toda la semana. Ambos acontecimientos permanecerán vinculados por el torpe intento mediático de tapar el primero con el segundo.

No obstante, respecto a Suárez, la reflexión más sugerente la he encontrado en Ha muerto un papa de Juan José Millás que empezaba así: “No sé si estos días han servido para aprender quién fue Adolfo Suárez, pero han resultado imprescindibles para averiguar quiénes somos nosotros. Al ensalzar al difunto, nos ha salido un retrato colectivo al que da pánico asomarse”. Podemos discrepar en matices o insistir en otros aspectos de ese retrato colectivo, pero la autofoto o selfie logrado es ciertamente para asustarse.

 

Respecto al 22M, también resulta revelador leer Paz y movimientos sociales de Josep Ramoneda en el que, lejos de imputar la violencia a los movimientos sociales, les atribuye justamente la importante tarea de visualizar y dar voz a situaciones de injusticia e indignación, impidiendo así el temido estallido social que sería esperable cuando se analizan las estadísticas.

 

Y, en este sentido, también nos debería haber sorprendido su enorme capacidad movilizadora al margen de los cauces de participación establecidos que Ramoneda explica así: “La fuerza creciente de estos movimientos ha puesto en evidencia la causa de sus éxitos: la crisis del sistema de representación.

 

La empatía ciudadana con estas movilizaciones, como reflejan las encuestas, viene precisamente de constatar que el oligopolio político que controla las instituciones ni sabe leer sus preocupaciones ni quiere representar sus intereses. De modo que los movimientos sociales están dando la apertura necesaria a la democracia, que desde las instituciones se niega.”

 

Los sindicatos y los partidos políticos sin excepción, por unas u otras razones, han pasado de largo,  no se han querido enterar y no han querido afrontar la enorme crisis de representación que sufre la democracia española, crisis que no solo afecta a las instituciones, sino a las propias organizaciones sociales y políticas.

 

Y esta crisis de representación, en la medida que incide en la médula de las democracias parlamentarias, constituye una crisis profunda de la propia democracia. La consigna mil veces coreada de “No nos representan” no puede rebatirse explicando o defendiendo sin opción a réplica el “impecable funcionamiento democrático” de las democracias representativas, porque eso justamente es lo que está en entredicho.

 

Los partidos políticos se han atrincherado en esas posiciones y lo fían todo a que “no les queda otra” y que “tendrán que volver al redil” porque “todo está atado y bien atado”, porque no hay otro cauce posible de participación; o, lo que es más sintomático, en la previsión de resultados que les auguran las empresas de marketing electoral, la única voz experta que están dispuestos a escuchar.

 

Así, los procesos de primarias diseñados por algunos partidos como alternativa democratizadora están ya amortizados o han revelado otra vez sus limitaciones o las resistencias internas para hacerlos efectivos.

 

Pero la fractura entre representantes y representados es profunda y se observa cada vez más a la clase política como una casta diferente, que no representa ni defiende los intereses de la mayoría, que no solo les falta empatía para ponerse en lugar de los más desfavorecidos, porque ellos han campeado la crisis sin inmutarse o mejorando su situación, sino que abiertamente sirven a otros intereses.

 

No es solo la oscuridad y las sospechas de corrupción en la financiación de los partidos, el hermetismo en los procesos de contratación de obra pública, la “puerta giratoria”, la dilación hasta lograr la prescripción de todos los mecanismos de control de cuentas, etc. lo que ha valido la denominación de este sistema como “capitalismo de amiguetes o concesionario”, es la constatación permanente de una doble vara de medir que permite arruinar a los “preferentistas”, desahuciar a quienes no pueden hacer frente a una hipoteca-trampa, o dejar en el limbo hasta la futura “recuperación” a los parados, mientras se juega con cartas marcadas y garantías plenas de recuperar la inversión con bancos, empresas concesionarias de autopistas de peaje, etc. que solo han conseguido “elevar” ilegítimamente la deuda pública como mecanismo perverso para justificar que se desproteja porque no hay recursos suficientes para quienes más lo necesitan.

 

En este contexto, reconozco sentirme tan perplejo y necesitado de rescate como ese inmigrante que se pasó cuatro horas encaramado a una farola, sabiendo que no podía permanecer allí mucho tiempo, que ni podía ni quería volver atrás y que lo que le esperaba abajo le hurtaba el futuro por el que tanto había luchado. Pero también convencido de que, aunque no se quieren enterar, merece la pena volver a intentarlo.

 

lanomalia.blog@gmail.com  

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