Antonio moreno original

La anomalía

Antonio Moreno
Lo que no podemos permitir

Mientras el mundo se derrumba

Mientras Standard and Poor´s rebajaba la nota de la deuda española y la situaba apenas un peldaño por encima del bono basura, mientras la prima de riesgo española se disparaba por encima de los 430 puntos básicos y se temía una jornada bursátil complicada, mientras conocíamos los datos de la EPA del primer trimestre, los primeros después de la urgente y necesaria reforma laboral de Rajoy (5.639.500 desempleados, el 24,4% de la población activa y un 52,01% de desempleo juvenil), unos datos escalofriantes y difíciles de maquillar, mientras el Ministro de Educación anunciaba una importante subida de las tasas universitarias y una mayor exigencia académica para la concesión de becas, mientras descubríamos que el derecho a una sanidad universal se reducía a una sanidad solo para asegurados, dejando fuera del sistema público y sin atención a inmigrantes y jóvenes, una vergonzosa decisión de una bajeza moral y una xenófoba injustificable (muy recomendable la lectura de la columna de Ramoneda del domingo), mientras el gobierno nos enredaba con las palabras en un sindiós incompresible (la columna de Millás del viernes es de lectura obligada), mientras todo esto ocurría, los estudiantes de las Facultades de Geografía, Historia, Filología y Ciencias Ambientales celebraban un macrobotellón en la calles de Salamanca.

Las asociaciones de estudiantes apenas lograron convocar a unos cientos para protestar por la subida de las tasas, pero las últimas fiestas universitarias congregaron a miles que, a pesar de estar prohibido el consumo de alcohol en la calle, fueron escoltados y protegidos por la policía municipal para evitar que fuesen atropellados. Todo se cerró sin ningún incidente.

Para quienes han terminado aceptando este comportamiento entre los universitarios como normal, incluso lo fomentan, canalizan e impulsan desde sus respectivos negocios, para quienes las protestas ciudadanas son algaradas intolerables y las fiestas por cualquier motivo y en cualquier ocasión son expresión de respeto a las tradiciones más sagradas y venerables y muestras de un sano espíritu de diversión y juventud, para quienes cualquier €œpero€ a este tipo de fiestas es inmediatamente tildado de rancio y propio de un espíritu aburrido€Ś solo para estos lo ocurrido no reviste gravedad y no es signo de preocupación. Otro día prometo hablar de la diferencia entre la alegría y la diversión.

Pero estamos hablando de la Universidad de Salamanca, de una universidad que se presume como una de las que mejor conserva el sentido y el valor de la universidad y estamos hablando también de Salamanca, una ciudad perdida y abandonada en el oeste de Castilla y León. Así que, el asunto debe tener alguna importancia. Y no podemos contemplar el asunto desde una perspectiva individual o coyuntural, propia de las modas, sino social, estructural y de calado. Ninguno de esos jóvenes sabe lo que es la responsabilidad social del universitario, porque nunca ha oído hablar de ella en la propia Universidad, porque la universidad ha perdido su ambición de ser universal por el conocimiento, ha desistido de su sentido, para convertirse en fábrica de trabajadores cualificados con conocimientos y habilidades especializados y una comprensión de la realidad particular y limitada. Y, por tanto, lo que se espera de un universitario no es que sea capaz de transcender por el conocimiento sus intereses y puntos de vista particulares, que posea un sentido crítico y un compromiso social. Lo que se espera de él es que estudie con anteojeras, que le impidan distraerse con problemas sociales generales, que se dedique a €œlo suyo€ y no se ocupe de nada más. Así que, frente al profesional formado y comprometido, estamos instruyendo (que no educando) a individuos egoístas y posesivos con capacitación profesional. Y no es lo mismo.

Por eso también, la función social de la universidad se concibe hoy solamente como una adecuación a las demandas empresariales, de forma que muchas facultades verían satisfechas todas sus aspiraciones educativas si se adscribiesen a departamentos de formación de alguna empresa, y las que no, deberían, lógicamente, cerrarse.

Así que, en Salamanca nadie se sorprende ya porque las fiestas universitarias no tengan nada ni de fiestas ni de universitarias, sino que sean meros botellones de individuos complacidos y bebidos mientras el mundo se derrumba, y nadie haya echado de menos la Universidad en Salamanca durante años, porque bastaba con que sirviese para salvar el mercado de alquileres y hacer una buena recaudación en los bares.

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