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La anomalía

Antonio Moreno
Lo que no podemos permitir

Menos dogmatismo neoliberal y más flexibilidad de pensamiento I

Desde el inicio oficial de esta última crisis la destrucción de empleo en España no cesa. En repetidas ocasiones, los distintos portavoces del Gobierno han anunciado tras el conocimiento de unos malos datos que ya habíamos alcanzado el suelo y a partir de entonces se iniciaría un lento pero firme proceso de creación de empleo. Y, nuevamente, los malos resultados echaban al traste la conjetura y en este impasse llevamos los últimos años.

Ahora, los datos de la EPA del tercer trimestre de 2011, datos que todos los analistas esperaban que fuesen positivos, han disparado todas las alarmas. Y no es para menos. La tasa de paro sube hasta el 21,5% y nos situamos al borde de los 5 millones de parados y el número de hogares con todos los miembros activos en paro llega a 1,4 millones. Y en Salamanca tampoco es mejor. Aunque la diferencia trimestral arroje un saldo positivo de 900 empleos más y 100 hogares menos con todos sus miembros en paro, el saldo anual refleja la cifra negativa de que entre septiembre de 2010 y 2011 hay 1800 desempleados más. Esto sin contar con la contrapartida ya negra del descenso de población (9 jóvenes de media al día han abandonado Salamanca en el último año).

Ante este desolador panorama, lo sorprendente es la insistencia en aplicar las mismas recetas una y otra vez. Aquí no hay ninguna diferencia entre el PSOE y el PP en el paquete de medidas que es necesario adoptar y, pese a que no ofrezcan ningún resultado positivo, persisten en ellas con una tozudez digna de estudio. Aunque el PP lo apueste todo a que un cambio de gobierno haga mágicamente aflorar la confianza de los mercados.

Decía Karl R. Popper que el carácter científico de una teoría residía en la falsabilidad. Conviene recordarlo. Para Popper, una hipótesis es científica si es falsable, es decir, si podemos establecer a priori, antes de que ocurra, qué condiciones empíricas obligarían a cambiarla. La falsabilidad se convirtió así en un criterio de racionalidad crítica y no dogmática y en una garantía de cientificidad. Pero también en un criterio científico que exigía la necesaria adopción de una nueva hipótesis distinta, si se comprobaba empíricamente que era falsa y no obtenía los resultados que pretendía o prometía obtener.

Nada de esto ocurre con este nuevo credo dogmático y casi teológico en que se ha convertido la teoría económica neoliberal. Pase lo que pase siempre tienen razón. Su verdad es la verdad incontestable y, aunque €œlas cosas no ocurran como ellos dicen€, no dudarían en parafrasear a Hegel diciendo que €œpeor para las cosas€. El problema aquí es que las cosas somos nosotros: los trabajadores en activo o en paro, los pensionistas, los jóvenes, las mujeres, los inmigrantes, los excluidos, etc. los que estamos pagando su dogmatismo.

Ocurrió recientemente con esta reforma constitucional que, a modo de estocada trapera, nos asestaron el PP y el PSOE con su rodillo bipartidista. Nos prometieron que era un sacrificio necesario para calmar a los mercados, que, si figuraba en nuestra Carta Magna que siempre serían ellos los primeros a quienes socorreríamos en caso de necesidad (no porque fuesen los más necesitados), se aplacarían. No ha sido así y nadie se ha dignado en darnos una explicación. La reforma no es suficiente, hay que hacer nuevos sacrificios. Pero no es porque no tengan razón.

Y está ocurriendo dramáticamente con el trabajo. Para el credo neoliberal, como el trabajo es una mercancía más, la forma de crear empleo pasaría por la moderación salarial y la flexibilización del mercado laboral, curiosamente, las mismas medidas que tanto el PSOE como el PP y la CEOE propugnan para salir de la crisis. Por eso, según ellos, si los costes laborales no son muy altos, los empresarios tendrán menos reparos para contratar, es decir, para los neoliberales el paro es siempre voluntario, porque desaparecería si los trabajadores aceptasen trabajar por salarios más bajos. Y, en segundo lugar, si los empresarios pudiesen contratar (y, por tanto, también despedir) en cualquier sitio y los trabajadores acudir allí donde haya un empresario demandando empleo, si el mercado laboral fuese más flexible en definitiva (y a eso reducen siempre lo que ellos llaman €œreforma laboral€) podríamos llegar al pleno empleo. Claro, que para eso habría que acabar también con todas las rigideces innecesarias como los sindicatos o los derechos laborales, y, en ello están ahora.

Los reiterados malos datos de la EPA son contundentes y refutan estas propuestas. Es necesario y urgente cambiar de modelo, adoptar otras propuestas y apostar el 20N por opciones políticas verdaderamente alternativas.

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