Antonio moreno original

La anomalía

Antonio Moreno
Lo que no podemos permitir

El peligro de volver al sentido común

En este afán de simplificar los mensajes políticos hasta vaciarlos de contenido o llevarlos a la tautología, como “haremos lo que tenemos que hacer” o cosas semejantes, este empeño de Rajoy de volver al sentido común me ha llenado de preocupación, sobre todo, si ahora resulta que gobernar no es otra cosa que aplicar el sentido común.

Por deformación profesional y por convicción me preocupa esta tendencia a recurrir al sentido común como norma de actuación. No porque el sentido común sea el menos común de los sentidos, sino porque el sentido común es terrible y, en la mayoría de los casos, representa lejos del ideal de prudencia y sabiduría que a veces se le supone, una defensa de la mediocridad, las tradiciones y costumbres más arraigadas y el dogmatismo más intolerante y brutal. Así que, francamente tengo miedo y el horizonte es para echarse a temblar.

La cultura occidental contiene valores civilizatorios que no podemos despreciar alegremente. Uno de ellos es el conocimiento científico, la racionalidad basada en la observación cuidadosa, el estudio y la experimentación, pero también la contrastación y la libre discusión racional. Y, la verdad, comparado con este modelo de conocimiento racional, riguroso y sistemático que es la ciencia, la defensa del sentido común, que es un saber precientífico, vulgar, cotidiano me parece un retroceso. El sentido común es infinitamente limitado frente al rigor, el ingenio, la capacidad de imaginación, el control y la comprobación sistemática de la ciencia. Si los científicos se hubiesen guiado por el sentido común, todavía seguiríamos defendiendo modelos geocéntricos, por ejemplo.

Pero es que el sentido común es también refractario a la novedad y, por tanto, rechazará cualquier descubrimiento que cuestione lo dado. Y es aquí cuando el sentido común se vuelve peligroso, al sentirse amenazado. No fue la ciencia, sino el sentido común el que condenó a Galileo.

Y parece ser que ha sido también el sentido común quien ha llevado a Ignacio Bosque, miembro de la Real Academia Española, a redactar un informe sobre Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer, que ha sido suscrito por la práctica totalidad de los académicos. Tras estudiar distintas guías de lenguaje no sexista, considera que las recomendaciones que presentan no son seguidas ni siquiera por los promotores, ni por mujeres comprometidas con la visibilidad de la mujer, que ellas mismas lo consideran signo de sexismo y que, seguidas al pie de la letra, llevarían a impedir el uso del lenguaje y la posibilidad de comprensión. Incluso, haciéndose eco de José A. Martínez, caracterizan de “despotismo ético” la pretensión de imponer el uso de estas recomendaciones.

Nada sin embargo dicen los académicos de ese lenguaje marcadamente tergiversador con que son modificados diariamente los conceptos para generar confusión, se somete a una violencia sin precedentes a los significados para ocultar los matices, se simplifica el lenguaje en consignas que impiden la reflexión y el pensamiento e imponer una visión del mundo.

Así, se llama “cambio” a seguir igual, se llama “Mercados” en un genérico que oculta a especuladores de la peor calaña, “flexibilizar el mercado de trabajo” a perder derechos, se tildan de “privilegios” a conquistas sociales, se usurpa el concepto de “dación en pago” para medidas contrarias a las que solicitan quienes la defienden, se llama “favorecer el cobro de las facturas” a lo que es un chantaje, se llama “programa de éxito escolar” a un programa para evitar el fracaso, los ciudadanos pasan a ser consumidores, los jueces “operadores judiciales”, se llama “progresista” a recortar derechos, España se convierte en “marca España” y el patriotismo en mercancía, se llama “educar en libertad” a la exigencia de que la educación religiosa sea costeada por todos, se evita lo controvertido para favorecer el pensamiento único, y un largo etcétera.

Y a los ciudadanos nos gustaría que los académicos, que cuidan y pulen el lenguaje, saliesen también a denunciar este terrorismo semántico y no tuvieran ojos solo para un proyecto ético contra la discriminación de la mujer y su visibilización en el lenguaje, una recomendación que es solo eso y que sirve a valores profundamente democráticos y que no puede llamarse en modo alguno despotismo.

Pero la manipulación semántica tiene un límite al enfrentarse con la realidad, que es muy tozuda, y los “liberales” de ahora llaman “parecerse a Grecia” a ejercer la libertad en la calle, aunque también eso es libertad y con mayúscula, aunque a ellos eso no les guste de puro liberales.

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