Antonio moreno original

La anomalía

Antonio Moreno
Lo que no podemos permitir

El honor y las servidumbres del poder

Todavía recordamos cómo en los inicios de esta crisis económica que nos asola se decía que era sólo una crisis financiera y existía un consenso generalizado en culpar de todo a la codicia y a la falta de regulación de los mercados financieros. También recordamos cómo entonces se nos dijo que en España contábamos con un sistema bancario solvente y que no íbamos a sufrir tanto los efectos. Después empezamos a culpar a la burbuja del ladrillo: El enorme peso del sector de la construcción en España era el principal responsable de la crisis y de la desproporcionada tasa de desempleo que nos hundía. Más tarde las operaciones de rescate bancario y las medidas de incentivación dispararon la deuda soberana, sembraron la desconfianza en los mercados, la rebaja en la calificación de la deuda, la subida de tipos respecto al bono alemán, las exigidas o impuestas políticas de ajuste duro y recorte social que nos lastran más en la caída y todas las miserias que nos son de sobra conocidas.
Lo que no nos han dicho, pero que salta a la vista es la pésima gestión de los recursos públicos que han realizado algunos políticos y con la que se han beneficiado, y la baja catadura moral de alguno de ellos. Ahora se habla de despilfarro, pero no encontramos a nadie que pueda tirar impunemente la primera piedra. Por toda la geografía española podríamos encontrar ejemplos para ilustrar esta desmesura. Y pensaba, por citar alguno, en el Museo del Comercio de Salamanca, una ciudad donde, si no lo remediamos, el pequeño comercio será pronto asunto de museo.

Porque no sólo es mala gestión, porque esa mala gestión era buena al servicio de intereses ajenos a los ciudadanos. Porque la mala gestión se asienta sobre la corrupción o la presunta corrupción que aflora ahora por los bordes de una alfombra donde se había pretendido ocultar demasiado: Carlos Fabra, Camps, Ricardo Costa, los ERES de Andalucía y las subvenciones gastadas en parrandas y golfería. Y los partidos políticos tampoco han estado a la altura de lo que venden: o se han presentado como doncellas escandalizadas o han confirmado y apoyado contra toda evidencia a los suyos.

Esta semana se cierra el juicio circunscrito interesadamente sólo a los trajes de Camps y Costa y no sé si tendrán condena legal o no, pero su moralidad y su honor han quedado por los suelos.

Tampoco sé si tras el juicio de esta semana ni tras los que se le avecinan al Juez Garzón, que ha sido y es símbolo de legalidad, compromiso y lucha inquebrantable e incansable por la justicia en tantas causas, será condenado o no. Todo parece indicar que es una encerrona-venganza que lo dejará bastante malherido y que no volverá a ser como antes, ni el de antes. Pero mantendrá intacto su honor y contará con el respaldo y el apoyo incondicional, como no puede ser de otra manera, de mucha gente honrada.

Hay semanas terribles como ésta, cuando vemos sentado al juez como acusado y obligado a despojarse de la toga, y a los imputados ejerciendo la acusación, que cobra actualidad aquel dicho castizo “que paren el mundo que me bajo”, porque parece que no vamos a poder soportar tanta degradación e iniquidad.

Porque resulta claro que el derecho a la defensa de los imputados en el caso Gürtel no solo no ha quedado limitado, sino que ha encontrado la única forma de defensa. ¡Y eso por no hablar de los sujetos que ejercen la acusación particular en el caso de las víctimas del franquismo! Sería necesario que la fiscalía, que es la encargada de defender la legalidad y que no encuentra causa, se decidiese a ejercer la “defensa pública” y defender a Garzón por todos para que volviésemos a reconciliarnos con la realidad.

Como hemos esperado esta semana, como se esperaba vanamente también cuando éramos sancionados colectiva e injustamente en la escuela a que el culpable diese la cara, que el obispado de Almería en el caso de Resurrección Galera, con valentía, por dignidad y responsabilidad, también dijese “he sido yo” y asumiese el pago de los salarios de 11 años de esta trabajadora despedida injustamente. Pero, nada.

Y, para colmo, nos enteramos ahora por Rita Barberá no sólo que es habitual verse en la obligación de aceptar regalos, como trajes, bolsos y demás, sin que eso signifique nada. Debe resultar muy duro verse en esa tesitura. Deben ser, sin duda, las servidumbres del poder.

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