Antonio moreno original

La anomalía

Antonio Moreno
Lo que no podemos permitir

El factor humano

En una sociedad tan mediatizada por la información y por un estado de opinión tan completo y una “verdad” tan interpretada y esclarecida que deja tan poco espacio a la reflexión y a la crítica como en la que vivimos, resulta excepcional encontrarse con piezas sueltas que permitan construir un puzle con una figura distinta.
Uno. En el reciente informe sobre el accidente nuclear de Fukushima se afirma que no puede descartarse, como se ha afirmado insistentemente, que la crisis fuera provocada por el terremoto y no sólo por el tsunami que le siguió. De ser así, habría que revisar todo el parque nuclear y el diseño de todas las centrales y no solo reforzar las defensas contra eventuales tsunamis.

La arrogancia y el “mito de la seguridad” habrían llevado a construir centrales nucleares en zonas de alta actividad sísmica. Pero no han sido ni la arrogancia ni la minusvaloración de los riesgos los verdaderos responsables de la catástrofe. En este sentido, el informe es concluyente: “El accidente de la central nuclear de Fukushima fue resultado de la connivencia entre el Gobierno, los reguladores y Tepco [Tokyo Electric Power, empresa propietaria de la planta], y la falta de gobernabilidad de dichas partes […] Traicionaron de hecho el derecho de la nación a estar a salvo de accidentes atómicos. Por tanto, concluimos que fue causado claramente por el ser humano”.

Es importante resaltar este aspecto: Hay un elemento natural que es innegable (un terremoto de magnitud 9 y un riesgo por el emplazamiento de las centrales), pero lo verdaderamente peligroso, como destacamos entre líneas del informe, es la connivencia entre el gobierno, la empresa y los organismos reguladores de la seguridad nuclear. Porque hemos dejado la seguridad nuclear, como muchas otras cosas, en manos de instituciones u organismos que actúan de parte, vendiendo como objetividad y rigor lo que no es tal. La objetividad resulta difícil si no imposible con tantos y tan poderosos intereses costeándola. Pero, sobre todo, porque nos descubre que, detrás de lo que se presenta como una catástrofe natural y, por tanto, como algo que escapa a la responsabilidad humana, hay seres humanos con nombres y apellidos.

Dos. Escucho a Alfonso Alonso, portavoz del grupo parlamentario del PP, explicar el rechazo de su grupo a que comparezcan los responsables económicos de Bankia o se abra alguna comisión de investigación en el Congreso, diciendo que lo importante ahora es conocer las causas que han llevado a Bankia a su situación actual para evitar que puedan volver a producirse.

Analicemos la expresión: Es necesario conocer las causas de la catástrofe de Bankia, como si lo sucedido en Bankia fuese un acontecimiento natural ocurrido sin la intervención del hombre. De ahí, que se hable de “causas” y no de “motivos” que nos inducirían a buscar un agente humano y, por tanto, a buscar un responsable, imputado o imputados, presuntos culpables y culpables condenados y, por último, móviles, que no causas, del crimen. Otra vez como en Fukushima, intentan darnos el cambiazo y presentar como natural lo que es humano, demasiado humano.

Pero ahora que están imputados judicialmente todos los consejeros de Bankia, nos preocupa no solo la recuperación para la vida activa de un jubilado millonario como es Goirigolzarri, sino la legitimidad de su nombramiento para ocupar el cargo que todavía ocupa y la misión para la que fue designado. Algo apuntaba Ramoneda en su columna El círculo de la impunidad este domingo “El caso Bankia es en este sentido canónico. Se ha desvelado un ejemplo insuperable de promiscuidad entre política y dinero. El Gobierno se vio obligado a entrar a saco en la entidad antes de que el desastre se lo llevara por delante [...] Para ello se puso al frente a un profesional de reconocido prestigio en el sector, con el encargo explícito de hacer limpieza sin exigir responsabilidades a sus antecesores”.

Lo mejor para la sentar definitivamente la impunidad es no hallar responsables. Así, contrasta profundamente el rigor con el que se persiguen y condenan algunos delitos, el estado de opinión que exige el agravamiento de las penas y su cumplimiento íntegro, frente a la impunidad de los poderosos. No es un simple problema de la justicia, es que estamos cada vez avanzando más hacia la declaración de caducidad de la igualdad de los ciudadanos ante la ley, para volver al establecimiento de dos modelos de justicia o de dos varas de medir distintas. Si es así, no bastará con un rescate moral, sino que tendremos que exigir primero el restablecimiento inmediato del imperio de la ley.

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