Antonio moreno original

La anomalía

Antonio Moreno
Lo que no podemos permitir

De la buena vida

En esta sociedad del espectáculo, que tanto nos degrada y nos denigra, es justo rendir tributo y homenaje a quienes han llevado una vida buena y han alcanzado también una buena muerte. Y si es verdad, como decía Ovidio, que “nadie puede considerarse feliz antes de su muerte”, con las suyas, tanto uno como otro, no cabe duda que han alcanzado la felicidad, es decir, no solo han logrado una “vida buena”, sino una “buena vida”.

Me impresionó primero profundamente la vida y la decisión de Emiel Pauwels, un atleta belga de 95 años. Merece que lo veamos corriendo como él seguro querría que lo recordáramos, así que no me resisto a incluir su foto.

 

 

Cuando conoció que un cáncer iba a acabar con su vida y su pasión por el atletismo, decidió solicitar la eutanasia, algo que, afortunadamente, está regulado en Bélgica y, tras una fiesta con sus amigos y familiares, se despidió dignamente con estas palabras: “No lloréis por mí. Estas lágrimas me ponen triste. Sed felices como yo. Toda la gente que quiero está hoy aquí. Por eso, puedo ser feliz.”

 

Mención aparte merece José Luis Sagüés, profesor de filología alemana en la Universidad Complutense que, ante la imposibilidad legal de solicitar la eutanasia en España, pudo conseguir morir dignamente gracias a la sedación terminal. “Quiero morir porque amo a la vida”, mantenía este madrileño de 63 años que murió en su casa de El Álamo en Madrid este 27 de enero.

 

Amar la vida, no una vida cualquiera, sino la propia, la apropiada y dotada de valor, la única que merece, no solo respeto, sino admiración, la vida moralmente valiosa y digna, eso es lo que transmiten inapelablemente estos dos testimonios.

 

Si los cito, si me merecen un recuerdo emocionado, es que porque amaban la vida, porque eran unos vividores, porque constituyen un alegato irrefutable en favor de la vida. ¡Qué diferentes de las proclamas mecánicas y repetitivas de esas organizaciones pro-vida! No me merecerían siquiera un comentario si no me indignase tanto que hayan usurpado y pretendan tener el monopolio de la defensa de la vida. Incluso de la moral. Han invadido la red y las redes sociales con sus consignas, con sus argumentos repetidos y machacones hasta la asfixia. No dejan vivir. Señalan, persiguen y expulsan a quienes no piensan como ellos ni comparten sus proclamas. Incluso pretenden ser los únicos depositarios y valedores de la defensa de la vida y de la moralidad. Pero no nos engañemos, su fanatismo y su intolerancia los condena a la heteronomía permanente y a la falta de autenticidad que solo se alimenta, como acertó a ver tan bien Nietzsche, con la culpa y el miedo al  abismo que no sea cumplir a rajatabla sus mandamientos.

 

Frente a esa rígida defensa de la vida, de las vidas ajenas, no las propias, a quienes se les pretende imponer “su” verdad, hay que reconocer que estos dos simples ejemplos poseen una grandeza moral que los desarma. Por eso, hay que recordarlos porque son una brecha abierta en sus “buenas conciencias”, la única posibilidad de que la duda, la simple y sana duda, no esa duda metódica de Descartes, pueda horadar su dogmatismo.

 

Porque en estos dos ejemplos la defensa y amor a la vida son tan manifiestos y tan vividos e interiorizados, que me hacen recordar a esos médicos aristotélicos de los que se burla Galileo que, ante la evidencia experimental comprobada ante un cadáver de que los nervios salían del cerebro y no del corazón, llegaron a la siguiente conclusión: “Lo habéis mostrado todo con tanta claridad y evidencia, que si no se opusiera a ello el texto de Aristóteles [que aquí habría que sustituir por la Iglesia], no habría más remedio que daros la razón”. Porque solo en esos términos o parecidos se puede deslegitimar la insobornable defensa de la vida y de la felicidad que muestran con su vida y con su muerte Emiel Pauwels y José Luis Sagüés.

 

A nosotros, mientras tanto, hasta que vaya abriéndose paso la regulación de la eutanasia en España, nos cabe recordarlos y defenderlos, pero también denunciar las ambigüedades y los malentendidos, no sé si intencionados o conscientes. Por eso, me indignó el titular de El País del 12 de febrero “Bélgica aprueba la eutanasia infantil”, como si se tratase o se pudiera llegar a pensar que se tratase de “eutanasia involuntaria” (tal es la intoxicación mediática de los grupos próvida) y no una ampliación a los menores de edad, con muchos más requisitos y garantías, evidentemente, del derecho a morir dignamente que ya se reconoce a los mayores. Eso, y utilizar los recursos que hasta ahora disponemos en comunidades como en Castilla y León que es el Testamento vital. Sed felices.

lanomalia.blog@gmail.com

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