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Frente al muro

Óscar Sánchez Alonso (UPyD)
Blog de Óscar Sánchez Alonso. UPyd Salamanca

Obviam(i)ente

Quizá la RAE, algún día, acepte nuevos adverbios. Serán aquellos con la forma verbal ya incorporada. Para el lenguaje político, la novedad supondría un gran ahorro lingüístico. Por ejemplo, ante el penúltimo fraude, podríamos decir: “Rajoy obviam(i)ente sobre la revalorización de las pensiones”; al igual que en 2008 cabría haber señalado: “Zapatero evidentem(i)ente en torno a la situación de la economía”. Contemplando las legislaturas de unos y otros (es decir, de los mismos) tendríamos un surtido catálogo de la falsificación.

La mentira permite testar la higiene democrática que caracteriza a una u otra sociedad. O para ser más precisos: las tragaderas hacia el engaño posibilitan calibrar la salud de una democracia. Cuatro apreciaciones, cuando menos, se desprenden del matiz:

 

1. no siempre estamos ante una mentira (en el sentido literal de la palabra); ahora bien, puede que nos encontremos ante un burdo engaño, propiciado por engañifas varias: desde el bullshit o la charlatanería, hasta la ocultación y el enredo, pasando por el eufemismo, la tergiversación, el humo… y su cortina; 

 

2. que haya políticos que recurren a la mentira es nocivo y despreciable; ahora bien, que el aparato institucional apenas depure responsabilidades (fruto de un deficiente funcionamiento en los mecanismos de control y contrapeso), retroalimenta la gravedad;

 

3. que haya políticos que recurren a la mentira es nocivo y despreciable; ahora bien, que buena parte de la ciudadanía se haga cómplice de la farsa (y evidencie su sectarismo cuando únicamente se inquieta ante las falsedades del adversario, mientras ratifica con su voto al falsificador de sus amores), retroalimenta la gravedad;

 

4. que haya políticos que recurren a la mentira es nocivo y despreciable; ahora bien, que ciertos medios informativos desprecien la veracidad de los hechos, renuncien a su faceta como contrapoder, y se configuren en servil felpudo de unos u otros intereses (aguardando la contraprestación por los favores prestados), retroalimenta la gravedad.

 

Cuando el simulacro ha echado raíces de tal envergadura, pintan bastos. Y cuando ese enmascaramiento (causa y también consecuencia) llega entrelazado a una tenaz crisis política, económica, ética… el paisaje se vuelve turbio.

 

La regeneración democrática requiere de bastantes cosas. De muchas. Pero por lo pronto, requisito sine qua non, la regeneración democrática pasa por ahí: por “desterrar esos hábitos perniciosos” de la simulación y el embuste, tal y como explicaba el diputado Martínez Gorriarán en este artículo.

 

Pues eso, acabo. La metástasis de la superchería amenaza la viabilidad de la democracia. Obviam(i)ente.

twitter: @o_sanchezalonso

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