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‘Entre hojas y huellas’

Javier Álvarez Fariña

Los verdugos del mundo natural

Parece que a raíz de la noticia de la muerte de Cecil el león a manos del adinerado dentista estadounidense Walter Palmer, la opinión global -a través de las redes sociales y unos medios de comunicación que esta vez no han tenido más remedio que difundir el escándalo- por fin se ha irritado y parece empuñar el hacha de guerra contra estas injusticias que, esto sí, ponen en un gravísimo riesgo la conservación de muchas especies amenazadas, únicas y emblemáticas como el tigre o el león.

Cuando la temperatura decrece, en mitad de la sabana o en plena jungla o entre los bosque de coníferas, más allá de las orillas de los ríos, un cadáver es puesto a merced de cuantas criaturas hambrientas sean capaces de oler su inevitable decadencia. Y no son pocas. Entre la escasez, en esa refriega diaria por la supervivencia de carnívoros y carroñeros, tales ofrendas de la naturaleza nunca se desaprovechan. Solo que esta vez la criatura no ha muerto por causas naturales y si lo ha hecho no ha ido a morir a ese remanso de paz; son los hombres viles quienes, con pretensiones violentas y cobardes, han dispuesto tal escena para perpetrar un asesinato –o ejecución si así prefieren llamarlo- atrayendo a la verdadera e indefensa víctima a una trampa mortal en la que el animal nunca verá a su verdugo. Este, satisfecho y oculto a pocos pasos, tranquilamente sentado, asesorado y seguro, no cabe en sí, ebrio de vanidad.

 

Y ya está. Es esta la forma que tienen los “cazadores” de eliminar en Botswana, España, Sudáfrica o Canadá a los carnívoros terrestres. No hay otra. Olvídense de intrépidos y atléticos hombres avezados en el rastreo de huellas y persecución de cualquier ser vivo, o de amazonas capaces de hablar infinitas lenguas y soportar los rigores del frío y el calor, o de osados y audaces individuos aptos para aventurarse entre la maleza y luchar con la fiera de igual a igual, cara a cara y en territorio hostil. La realidad es esta y no otra. Así de sencillo, así de indigno. Un negocio exclusivo, un turismo miserable. De hecho, volviendo a nuestro protagonista, imaginen mas bien a un ser humano perfumado, posiblemente rechoncho, sofocado por las continuas picaduras de mosquito, molesto con el entorno y sumamente impaciente. Este hombre o mujer puede que incluso vaya acompañado de su retoño, en un intento por ilustrar a su heredero sobre las durísimas condiciones a soportar cuando estas podrido de dinero y deseas cazar a un gran depredador o seguramente ávido de instruirle en la educativa experiencia del gratuito derramamiento de sangre ¿Ya lo tienen? Pues ahí esta su celebridad. No me lo invento, ellos mismos se retratan y la galería es extensa.

 

Y así parece que a raíz de la noticia de la muerte de Cecil el león a manos del adinerado dentista estadounidense Walter Palmer, la opinión global -a través de las redes sociales y unos medios de comunicación que esta vez no han tenido más remedio que difundir el escándalo- por fin se ha irritado y parece empuñar el hacha de guerra contra estas injusticias que, esto sí, ponen en un gravísimo riesgo la conservación de muchas especies amenazadas, únicas y emblemáticas como el tigre o el león. Y es que no es lo mismo oír que ver, y la revelación de una ingente cantidad de imágenes similares en Internet sobre ejecuciones que cazadores adinerados cometen día tras día, como ocioso hábito, por todo el mundo sobre este tipo de animales en peligro de extinción, ha terminado por indignar a la opinión pública. A la gente no le importa que estos verdugos se acojan a resquicios legales de Dios sabe qué lugar, la gente con su conciencia sabe que son actos infames y es a los que se oponen.  

 

Menos mal, pienso yo, porque lo cierto es que estas ejecuciones son verdaderamente sanguinarias (rara vez la puntería o los métodos del ejecutor son mortales y certeros, y la criatura termina por agonizar durante horas e incluso días), son mucho más frecuentes de lo que creemos y poseen un patrón común -ajeno a todo significado posible con la imagen del cazador verdadero, ancestral- que se repite desde Alaska a Castilla y León pasando por Sudáfrica, y el cual deja a las autoridades públicas pertinentes como cómplices de semejantes atropellos contra la vida silvestre. Pues bien, en la mayoría de los casos nuestro cazador desmitificado, extraño en tierra desconocida, siempre se paga su viaje, apoquina por disparar sin margen de error y se pone en manos de un guía, que es quien estafa verdaderamente al depredador y retrata estas prácticas, ya que en nuestro país (al igual que sucede en Estados Unidos o Canadá) estos guías suelen ser empleados públicos, celadores, que paradójicamente son los encargados de mantener el hábitat y la seguridad de dichos animales ¿No es irónico?

 

En cualquier caso, sea llevado a cabo por un gestor público o un trabajador privado, el método no suele diferir y es en sí un engaño: el guía utiliza el cebo que representa una presa muerta –generalmente un ungulado- para atraer a la zona de tiro (distancias que no superan de los 5 a 15 metros desde el lugar de disparo) al lobo, león o leopardo escogido. El animal es fusilado y después llegan las fotos. Eso sí, bendita petulancia y soberbia de los pusilánimes que en su afán vital por satisfacer su arrogancia, nos conceden esas perversas instantáneas que, pese a su condición desgarradora y sádica, son la prueba de la ignominia y de la esencia terriblemente perturbada, fanática y cruel que caracteriza a sus protagonistas.  

 

 

Para todo este negocio y sobre todo para aquellos que paguen por él, el primer presidente de la República Federal de AlemaniaTheodor Heuss, tenía una frase perfecta: “Caza es un eufemismo cobarde que se asigna al asesinar de modo especialmente cobarde a criaturas indefensas. La caza es una especie de enfermedad mental”. Desde luego lo es en este tipo de cacerías. Y es que en un mundo fragmentado económicamente, tratando de reinventarse continuamente, repleto de carencias ideológicas, cansado de estigmas, y ética y moralmente marchitado, la mera existencia de individuos capaces de imponer su ley a golpe de talonario y cartuchera como única justicia existente por encima incluso de la razón, supone un insulto a la integridad y la inteligencia de los humanos cuerdos y cabales. El asesinato de Cecil -finalmente creo que es la palabra que mejor se ajusta al suceso llevado a cabo por Palmer- es uno más entre todos los cometidos a diario contra la fauna por estos agentes enfermos que actúan en nuestro mundo pero que se creen con legitimidad para estar por encima de él.

 

 

@GatoManchado1

#EntreHojasYHuellas

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