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‘Entre hojas y huellas’

Javier Álvarez Fariña

La mayor infamia contra el mejor amigo

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Desde que descubrí Yulin, el nombre de esta ciudad del sur de China -región de Zhuang de Guangxi- me produce escalofríos. Mucho más en el solsticio de verano, que es cuando se convierte en la ciudad de la muerte. Ni siquiera necesito ver ya las imágenes (abun­dantes y tremendamente duras) de El Festival de la Carne de Perro, para que se me revuelva el estómago y crezca en mí un efervescente arrebato de ira y frustración...

Desde hace miles de años, mucho antes incluso de que cualquier civilización existiera, el hombre combatió la ingratitud humana apoyándose en la inquebrantable lealtad del perro, y éste, al abrigo de su fuego, juró fidelidad absoluta al uno. Desde entonces fuera cual fuese la falta que el hombre tuviera que cargar, la cargarían juntos. Fue una vinculación primigenia y un nexo primario que el perro nunca ha roto. El hombre no puede decir lo mismo. Unos cuantos de los nuestros se han aprovechado -y aún lo hacen- de la devoción incondicional profesada por el cánido para apalearle, utilizarle o masacrarle. Y al amparo de la crueldad humana ha surgido el peor de los comportamientos; desde la normalidad de los maltratos y ejecuciones en occidente, al más atroz de los festivales en oriente; el Yulin.

 

Desde que lo descubrí, el nombre de esta ciudad del sur de China -región de Zhuang de Guangxi- me produce escalofríos. Mucho más en el solsticio de verano, que es cuando se convierte en la ciudad de la muerte. Ni siquiera necesito ver ya las imágenes (abun­dantes y tremendamente duras) de El Festival de la Carne de Perro para que se me revuelva el estómago y crezca en mí un efervescente arrebato de ira y frustración. Solo de pensar en los más de 10.000 perros y gatos que este fin de semana –al igual que los anteriores por estas fechas desde 1990- han sido despellejados, desollados y desgarrados vivos en público ante el regocijo de los asistentes, me invade la desesperanza en el espíritu humano, en el raciocinio y la empatía de éste, en su inteligencia, juicio y reflexión, en su lealtad y fidelidad. Mi desánimo es fundado. A mi entender, este espectáculo está tan repleto de atrocidades y está tan explícitamente representada la más alta de las involuciones posibles para nuestra especie, que su práctica me resulta humanamente irreconocible.

 

 

Afortunadamente es el propio movimiento humano, su voz, el que me devuelve a la luz esperanzadora que unos cuantos irracionales se han esforzado en perder. Y así, como es lógico, antes de que ésta macabra y cobarde celebración se llevara a efecto, se alzaron desde todos los ángulos posibles voces en contra y se lanzaron multitud de campañas -como la de más de un millón de firmas recogidas en la página Change.org- para intentar eliminar este exterminio. Incluso muchas de estas voces esgrimían argumentos más allá del lógico sentido común de intolerancia a una violencia tan feroz y una falta de compasión tan abrumadora. Observaciones que dan un suplemento macabro a esta injustificada matanza como son; que este sacrificio se lleva a cabo gracias al masivo secuestro de mascotas y perros callejeros o las pesimísimas condiciones de las granjas en la que se les recluyen hasta su sufrida ejecución. A esto se unen las advertencias de las autoridades sanitarias que informan de los peligros de consumir dicha carne. Con todo, finalmente se celebró este encuentro de la vergüenza humana y lo hizo como suele ocurrir protegido por las connotaciones tradicionales, extremadamente cuestionables por la bisoñez de su existencia. Y me pregunto ¿tan bajo hemos caído que las supuestas tradiciones subyugan a la razón? En tal caso, ¿qué límite pueden tener estas celebraciones? Y más aún, ¿tan poco conscientes somos del sufrimiento del débil? ¿Tan poco nos importa que no sabemos reconocer dicho sufrimiento ni sentirlo? Son tantas las razones que nos deberían mover en conjunto para impedir un trato tan infame a estos animales…

 

Cuando el hombre erigió la sociedad se sirvió de ésta para sobrevivir y sobrellevar la soledad, que sin embargo siempre está presente. Fue quizás cuando hombre y perro, perro y hombre, sellaron aquél inquebrantable pacto, bien conocido por los que tuvimos la suerte de compartir parte de nuestra vida con ellos. Sin duda George Graham Vest conocía las bondades y privilegios del que llamó “el mejor amigo del hombre” cuando promulgó las últimas palabras de su célebre alegato para hacer justicia por el asesinato del can Old Drumun 23 de septiembre de 1870. “Si la desgracia deja a su amo sin hogar y amigos, el confiado perro solo pide el privilegio de acompañar a su amo para defenderlo contra todos sus enemigos.
Y cuan­do llega el último acto, y la muerte hace su aparición y el cuerpo es enterrado en la fría tierra, no importa que todos los amigos hayan partido. Allí junto a la tumba, se quedará el noble animal, su cabeza entre sus patas, los ojos tristes pero abiertos y alertas, noble y sincero, más allá de la muerte”
. Lo cierto es que no hay dueño que no comparta la indiscutible verdad que encierran tales palabras. Por ello, Yulin representa un altar de ignominia que no debe prevalecer, como tampoco pueden hacerlo otras tradiciones y usos comunes occidentales y nacionales que socavan la integridad -en cualquiera de sus vertientes- de este noble animal.   

 

La relación amigable entre hombre y perro trasciende las épocas y todo vestigio de tradición, remontándose al principio de nuestros primeros pasos como especie. Y a día de hoy tras más de 16.000 años de pacto, -muchos dicen que tal relación supera los 40.000 años- nos convertiremos en miserables si no respetamos integramente a nuestro sincero amigo, el mejor posible, y le defendemos como él siempre está preparado para hacerlo. Porque hombre y perro siempre fue sinónimo de unidad, de identidad. Yulin en grado máximo, pero también el maltrato, el uso como mero objeto y posterior desecho o las carencias jurídicas, suponen un insulto y una amenaza contra todos los perros. Y también contra lo que respetamos y amamos, contra el vínculo de la amistad incorruptible, contra parte de lo que somos. Contra nosotros mismos, al fin y al cabo. “La brutalidad contra un animal es crueldad hacia la humanidad, lo único que cambia es la víctima”, que decía De Lamartine. No sé ustedes pero tales cosas no estoy dispuesto a consentirlas. No sería capaz de volver a mirar a mi perro a los ojos. No sería capaz de volver a llamarme a mí mismo persona.

 

 

@GatoManchado1

#EntreHojasYHuellas

Comentarios

Lauratorio 23/06/2015 19:39 #3
Que horror!todos ha firmar por favor!Es el primer paso para acabar con cosas así!
alvafary 22/06/2015 17:21 #2
que desgraciados!!!
Eva P. Luceño 22/06/2015 14:35 #1
Es terrible, pero se puede hacer algo: https://www.change.org/p/presidente-de-la-rep%C3%BAblica-popular-china-detengan-el-festival-de-comida-de-carne-de-perro-de-yulin

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