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‘Entre hojas y huellas’

Javier Álvarez Fariña

Ida y vuelta en blanco y negro

En medio de los extraños cambios meteorológicos, adaptándose, el águila calzada corta todavía las postreras oleadas del viento estival. Pronto viajará lejos de casa, a su otro hogar, buscando las ráfagas cálidas del sur y huyendo de las frías corrientes del norte. Son los últimos momentos para admirarlas hasta que regresen de su larguísima travesía.

Viene de regreso ese rastro final del estío, que cada vez resulta más cambiante y extraño. Los septiembres se han descuidado en su mudanza; son infieles al viejo verano eterno y mudos en su reclamo otoñal. Afortunadamente hay cosas que nunca cambian -o esperemos que no lo hagan-. En medio de tales y extrañas revelaciones, adaptándose, un viajero perpetúo corta todavía las postreras oleadas del viento estival. Pronto viajará lejos de casa, a su otro hogar, buscando las ráfagas cálidas del sur y huyendo de las frías corrientes del norte. Silenciosamente bellas, planeando sin descanso, las águilas calzadas se preparan ya para abandonar la Península Ibérica, pero volverán, justo dónde lo dejaron.

 

Aún ahora, por estas fechas, su planeo perenne vigila el techo veraniego, oteando presas y recortando su silueta en el cielo, desafiantes frente al animoso sol. Con amplios ojos, vigorosas extremidades y plumas en continuo contraste -especialmente en su fase pálida donde se revisten desde un blanco impoluto a un negro azabache-, la observación del Hieraatus pennatus es un regalo para la vista. Si miran bien y las buscan pueden disfrutar de una de las rapaces más hermosas que nidifican en nuestro país; sin embargo, no se demoren, pues esta águila, la más pequeña, se prepara para su odisea en busca de las costas africanas, y más allá. Del septentrión al meridiano, a un largo vuelo entre dos mundos.

 

Puede decirse que la dualidad configura la naturaleza de esta ave migratoria. Confronta un tamaño menudo para su género con una capacidad heroica de desplazamiento. Y es que la hercúlea travesía anual que realiza para llegar a sus áreas de invernada en el África subsahariana, supera los 3.000 kilómetros. Y será a mediados de este mes cuando comience. Un largo hasta pronto de siete u ocho meses. Las águilas calzadas abandonarán sus nidos y durante los siguientes 30 días a su partida recorrerán enormes distancias en vuelos diarios de 200 kilómetros, atravesando el estrecho de Gibraltar hasta llegar a países tan remotos como Nigeria, Guinea o Mali. Allí establecerá su residencia el tiempo que prevalezcan los meses más fríos en Europa, para finalmente regresar a lo largo del mes de abril por la misma ruta y al mismo nido que abandonaron.

 

Foto: ibc.lynxeds.com

 

Es sin duda, una vida de contrastes. De cambios. De viajes. Como su manto plúmeo más majestuoso, del negro al blanco. Quizás también como los nuevos septiembres. Tal vez como el nuevo clima. Igual que los otoños repentinos. La incertidumbre nos golpea con los efectos del cambio climático, modificando los patrones meteorológicos y biológicos. También los ciclos de las especies cambian, al igual que las migraciones, por lo que aprovechen el ahora, este verano. Les aconsejo que se planten relajados, acompañados de la desconocida paciencia y admiren el vuelo de nuestras águilas calzadas. Háganlo antes de que vuelvan a marcharse, ya que para el regreso aún restará un largo invierno y un destino caprichoso. 

 

 

@GatoManchado1

#EntreHojasYHuellas

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