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‘Entre hojas y huellas’

Javier Álvarez Fariña

Hay alguien ahí fuera

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...Es la vida en naturaleza. Lo es en otoño. Y también, aunque diferente, en invierno y primavera. Distinta cada vez. Cada día. Cada hora. Cada minuto.

Los sonidos se suceden entre la hojarasca mientras camino por el bosque en nocturnidad; las anónimas gargantas de los pájaros pueblan el aire de la oscuridad, el suelo se hincha y cruje al contacto con el agua que lo entumece, la brisa matutina se adelanta al sol liberando su silbido en todas direcciones y las últimas garras se retiran precipitadamente hacia su descanso, forzadas por mi incómoda y ruidosa presencia. Es la vida en la naturaleza. Lo es en otoño. Y también, aunque diferente, en invierno y primavera. Distinta cada vez. Cada día. Cada hora. Cada minuto.

 

Ayer paseé entre un denso robledal, gris, bello y hechizante. Anduve sobre las hojas muertas que deja la llegada del frío. Disfruté de la compañía de cuantos árboles me rodeaban, la mayoría más ancianos que la memoria humana, y escuché su mudo tarareo, leí entre sus pliegues y volví a aprender de su sabiduría ancestral. Después pude bañar mis pies en las gélidas y puras aguas aventajadas de un río, uno cualquiera. Es curioso que, entre el silencio de la montaña, ese río, apenas en sus primeros pasos, se expresa libre e inmaculado y nadie entre la arboleda -ya medre sobre las altas copas o se arrastre por el lodazal- duda de su influjo vital, de sus cualidades únicas y de su infinita bondad. Y cuan sorda es su voz en su desesperada crecida.

 

Según avanzaba sin querer hacerlo, a menudo logré disfrutar sintiendo las múltiples miradas furtivas que me escrutaban, y no del miedo que se escondía tras ellas. Pronto, entre las corrientes del ancho cielo, aparecieron los buitres, marcando su espacio vital más allá de las más altas cumbres, allá donde ningún ser humano jamás llegó. De igual manera supe de la existencia del lobo que, escondido, rondaba sin descanso por su territorio, pese a haber sido despojado de él. Ricos unos y otros, y sin embargo maldecidos por su honradez y franqueza por los malditos. Los hombres discuten sobre cuantos y de qué formas deben morir los otros animales, ejecutan sin entender, sin pararse a sopesar las consecuencias y que nunca tales decretos les fueron encomendados. Jamás tuvieron que decidir sobre semejantes privilegios.

 

“Nuestro alimento no sostiene nuestras fuerzas o inspira nuestra vida espiritual, se ha convertido en comida para los gusanos que nos poseen” Porque los hombres ya no escuchamos, ni vemos, no sentimos ni oímos, no disfrutamos ni somos. El hombre ya no pertenece al lugar que lo dejó nacer, no se comporta como su hijo; ahora ha traicionado todo aquello y no representa su legado. El hombre ha olvidado la convivencia, despedazado las leyes naturales y manchado la historia del planeta. El hombre ha perdido su objetivo, camina miserable entre su propio fango, sin rumbo ni sentido, atrapado en su espesura, desleal e ineficaz. ¡Oye, hombre, mírame! No es la Tierra la que habla, ella se ha quedado sin voz. Yo solo soy un hombre.

 

 

@GatoManchado1

#EntreHojasYHuellas

Comentarios

Andres 23/11/2015 20:00 #1
Que bonito era todo, cuado el hombre con su ruido mantubo esa equidad, Con sosiego y mucho trabajo ahora el hombre ya no esta y el equilibrio esta roto. El hombre de campo mantubo el bosque y lo que encerraba el lo labro. El mismo. Ahora ese entorno si es el que lo necesita, pero por desgracia. El hombre de campo ese ser tan raro y tan extinto. No esta por que ese hombre murio como el campo. Al final el fuego sera el amo de todo lo que ves por que ya no hay quien ejerza esa simbiosis. Tan humana como animal.

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