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‘Entre hojas y huellas’

Javier Álvarez Fariña

Escuchemos las voces del tiempo

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Los árboles más antiguos del planeta retroceden y con su desaparición se pierde su legado y se desvanece un gran pedazo de nosotros mismos. A ciencia cierta, su declive es un indicio del erróneo camino que estamos tomando.

Se despide el tiempo para nosotros a golpe de surcos y arrugas; tan fugaz y mudo desde raudos ojos como calmoso y elocuente para miradas receptivas. Y a la vez vuelve, si se sabe escuchar. Seguramente es algo en lo que pensarán los seres vivos más viejos del planeta, los abuelos del mundo. Los árboles antiguos son los únicos que pueden expresar y conservar el meollo del tiempo; su complejo idioma está cincelado en sus troncos, cifrado en la vetusta madera de sus cuerpos arcaicos, y su voz es capaz de entonar al compás del viento pasajes ancestrales desde las hojas de sus copas. Pero se están apagado. Desaparecen los árboles más grandes, se esfuman los más antiguos, no tienen sitio donde siempre lo tuvieron; en su mundo. Un mundo donde la sabiduría se esconde, la honestidad se desvanece, la sencillez se menosprecia y las raíces que sustentan todo aquello ocupan demasiado espacio.

 

Varios estudios alertan del enorme declive mundial que sufren los árboles más grandes y más longevos, algo que le ocurre al secuoya, el fresno de montaña o a un baobab –especie capaz de vivir milenios- prácticamente extinto en muchos de sus hábitats. En España, la proliferación de una selvicultura voraz y la concentración parcelaria atacan fieramente a nuestros árboles más viejos que, simplemente, ya han desaparecido de muchas zonas o están a punto de hacerlo. De hecho, no nos es ajeno el expolio indiscriminado -a golpe de indiferencia institucional y talonario extranjeros- de muchos de nuestros olivos centenarios, caso que incluso ya ha tenido su eco en el cine con la conmovedora película El Olivo. Y peor si cabe es la situación en el trópico donde las grandes corporaciones arrasan millones de hectáreas de arboleda, joven y anciana, impune, diaria e indiscriminadamente con el fin de instalar plantaciones gigantescas –y dantescas- de agricultura comercial.

 

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Con la desaparición de estos seres antiquísimos, testigos vivos de las eras, se va gran parte de nuestra identidad, de nuestros símbolos inspiradores y referentes espirituales, para proliferar los peligros de una realidad plagada de carencias emocionales. Los mayores problemas de la humanidad y de la propia Tierra; el cambio climático, la deforestación, las sequías y privatización de las materias primas o los modelos de producción, son el efecto del profundo desenraizamiento de la raza humana con su medio, de la capitalización del mundo natural. La identidad humana tiende a refugiarse tras las banderas, la centralización estatal o los nacionalismos -alimentando cíclicamente la bilis de su mismo discurso vacío-, para evitar mirar el asesinato premeditado de su esencia y empatía con el entorno, del homicidio de su definición. Si nuestras raíces fueran hondas de nuevo, tendríamos potentes deseos de ver prevalecer a estas bellas y ancianas criaturas. O de lo contrario, pregúntense ¿qué hay ahí fuera, en su barrio, en su ciudad o en su vida a lo que nos se le haya puesto un precio y verdaderamente lo tenga? Tan baratos hemos salido, tan infames hemos resultado ser.

 

“¿Como se puede comprar o vender el firmamento, ni aun el calor de la tierra? Cada brillante mata de pino, cada grano de arena en las playas, cada gota de rocío en los bosques, cada altozano y hasta el sonido de cada insecto, es sagrada”, escribió una vez en infinita dignidad un hombre viejo, íntegro y desesperado a otro más joven cautivo de su inmenso poder. Aún quedan en pie, sobreviven, algunos de estos antiquísimos vestigios de la misma historia que con solo sus raíces y su silencio han caminado mucho más lejos que cualquier hombre. Y aún así, en nuestro hambriento delirio, ¿podemos osar despreciar sus relatos y privar de su legado a un futuro que nos pertenece aún menos que la tierra que nos fue prestada?. El árbol centenario –más aún el milenario- es vida y esperanza, espejo del pasado y reflejo del futuro, sin ellos no existe tiempo que deba crecer, pues, como decía Rabindranath Tagore, “convertid un árbol en leña y podrá arder para vosotros; pero ya no producirá flores ni frutos”. Merece la pena conservar a quienes tantos pecados nos han visto cometer.

Comentarios

Caragato 12/05/2016 17:28 #1
Otros grandes olvidados con el paso del tiempo, aunque no he visto nunca en persona alguno de esos grandes árboles y me gustaría, aunque cada vez sea un poco más difícil parece.

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