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‘Entre hojas y huellas’

Javier Álvarez Fariña

Época de escuchar y admirar

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Cuando en mitad de la oscuridad del bosque nos sacuden cortando el viento cientos de sonidos broncos, tan bravíos que se elevan más allá de las puntas de los árboles que nos rodean y señalan un cielo de un estrellado virginal, suele dominarnos una sensación de autenticidad que solo la pura espontaneidad de lo salvaje es capaz de transmitir. Caminamos a pies juntillas en plena noche, aguzando el oído y la visión tratando de divisar aquello que escapa a nuestros ojos, y aun así sabemos que están ahí fuera, moviéndose y gritando al firmamento su plenitud y esencia indomable. Percibirlo reconforta el espíritu de toda persona de tal manera que incluso somos capaces de palpar el sentido de su lucha vital por la supervivencia. Y es cuando nuestra curiosidad instintiva nos lleva a desear más y con ello poder ver en plétora uno de los espectáculos más impresionantes de cuantos pueden verse en la naturaleza hispana. Y ya es época de ello. 

 

En la berrea, el temprano despertar y la caminata en el crepúsculo hacia un puesto privilegiado desde el que poder observar los ritos del macho de ciervo común -linterna en mano y expectante-, suele ser una opaca introducción hacia un paseo de ambiente cautivador. Con suerte, la llegada del sol nos mostrará los protagonistas de los berridos o las luchas a cornamenta desnuda del mayor de los herbívoros silvestres de la península ibérica. La escena es conmovedora. Pocas situaciones pueden enfrentarnos tan de frente con la realidad de la vida salvaje como lo hace en el otoño boreal este sagrado ritual del Cervus elaphus, y es por eso que las horas vacías de sueño y las esperas a merced del frío nocturno merecen la pena.

 

Llegado el momento, si sabemos apreciarlo y elegimos bien nuestros pasos, sentiremos la fuerza que trasmiten las cuernas de cada ejemplar y la estela de poder que deja tras de sí un animal majestuoso, al cual parece haber elegido la propia naturaleza para reflejar el alma de la montaña. A menudo, rodeado de bramidos, enfundado entre robustas ropas y armado con potentes prismáticos, el ser humano -esta vez solo como afónico admirador- suele conectar profundamente con el entorno, mezclándose con él, sintiendo de nuevo una comunión perdida desde relatos inmemoriales. Puede que incluso, cruzando la mirada con un ciervo o postrado en silencio y soledad al abrigo de la vegetación, cada cual consiga entender el mensaje desesperado que cada día nos manda la tierra.

Comentarios

Caragato 19/10/2016 09:57 #1
Algo que me he perdido todos estos años pero espero poder llevar a vivir el año que viene :-S

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