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‘Entre hojas y huellas’

Javier Álvarez Fariña

De la jungla a la jaula

Psittacus erithacus  pet on perch in garden 8a detail

Cuando arrancamos a ciertas especies exóticas de considerable inteligencia, como los loros, de sus hábitats naturales con el único fin del disfrute personal, no nos damos cuenta del impacto terrible que sufren estos animales al separarles de sus modos de vida y del infierno diario que soportan en su cautiverio.  

Un día cualquiera, buscando alimento, en pleno vuelo al compás de la marcha común de la bandada, cayó en la trampa sin entender cómo. Apenas si escuchó un ruido desconocido y se vio inmerso en un oscuro e inútil forcejeo. Perdido y desorientado, confuso, despertó junto al estertor de infinidad de gritos conocidos. A su alrededor cientos de parientes cercanos y lejanos, semejantes de su hábitat, chillaban junto a él en un estruendoso estallido desconsolado, conformando una maraña de terror ahogado entre barrotes. Así se pone fin a la libertad, unas veces en consentida legalidad, otras muchas ni eso. Es la realidad de las aves exóticas, criaturas libres creadas para volar, nacidas para ello, a las que se las priva de la función de su existencia.

 

Miles de pájaros multicolores pierden cada día todo lo que conocen y son encerrados rumbo a un destino cruel e insalubre que en el mejor de los casos promete un cautiverio eterno. La captura de los llamados comúnmente loros -cacatúas, guacamayos, yacos, amazonas…- es de los casos más representativos y atroces, y una práctica habitual para un ser humano que se siente fascinado por el excepcional entendimiento de estas aves y por la belleza de sus plumajes. Más allá de eso, digamos que es un pasatiempo usual, extendido; un aderezo frecuente en las terrazas y patios de las casas, un atrezo recurrente en la literatura o quizás una pincelada estrafalaria que ornamenta con lustre ciertos espacios públicos. ¿Pero nos hemos parado a pensar qué siente el animal en su solitaria reclusión?

 

El otro día volvía de un largo viaje desde el sur de la Península ibérica y en algún punto entre Cáceres y Salamanca, atravesando la Ruta de la Plata, me detuve a tomar una taza de café en un bar cualquiera, una estación sin nombre ni cuerpo para el recuerdo. De lo que sí me acuerdo es de la voz de un yaco enjaulado en una pajarera escondida en una esquina y que apenas si superaba el doble de su tamaño. El caso es que el pájaro, tremendamente social, llamaba a cuantos pasaban rumbo a la barra y aunque fuimos pocos los que nos detuvimos a devolver el saludo al simpático animal que giraba la cabeza para mirarnos a los ojos –algo sumamente habitual en estas especies- y nos ofrecía su nuca para ser acariciada, consiguió llamar la atención de varias personas. El astuto pajarillo reclamaba afecto, necesitaba compañía urgentemente y había encontrado la forma de lograrlo entre varios seres humanos. De hecho, cuando alguien se alejaba de su lado volvía a llamarlo, mirándolo, pidiéndole desaforadamente que no lo abandonara, tal vez leyendo el interior de las personas y tratando de influir en su ánimo.

 

Como no podía ser menos, pasada la curiosidad inicial, la mayor parte de la gente obviaba los llamamientos del loro gris y ponía tierra de por medio, sorteando su voz. Pero a mi me costó mucho tiempo hacerlo, y cuando lo hice, más por “necesidad” que por gusto, cuando me iba, cruzamos miradas y pude percibir una suplica ante el desconsuelo y la angustia que sentía el ave en su prisión de no mas de un metro de largo por cuarenta centímetros de ancho; y la verdad, sus ojos, su expresividad y su situación me conmovieron. Digamos que sentí su nostalgia y su agonía, me puse en su lugar.

 

Ahora, cuando pienso en el pobre yaco o en sus primos los guacamayos -por nombrar unos pocos de una larguísima lista-, comercializados a diario por el ancho mundo, encerrados de por vida contra su voluntad, arrancados de sus costumbres gregarias y arborícolas provocándoles serios trastornos psíquicos para criaturas tan inteligentes, confinados en ambientes asfixiantes o diminutas prisiones, privados de su vuelo y cortadas sus alas, pues bien, poniéndome en su piel, siempre me asalta una profunda opresión y aflicción. Teniendo en cuenta que su existencia pasa de la naturalidad al artificio de la esclavitud por el mero hecho de resultarnos llamativos y que hacinamos a estos animales como meros instrumentos decorativos quebrando súbitamente su único modo de vida, me pregunto si no nos damos cuenta del infierno que hemos creado en la Tierra para ellos y para el resto de animales. Y lo que es más importante ¿nos importa?

Comentarios

caragato 11/07/2016 10:10 #1
Que acertado, como SIEMPRE. Tengo una amiga con un "loro" como el de la foto, muy majete, y todo eso, si, y le deja por casa que campe a sus anchas, pero hace unos años se arrancaba el plumaje y no sé que le hicieron en las alas para que no volase, es tremendo, acojonante, los queremos como robots, pero son animales joe. Personalmente es de lo que más pena me da, los pajaros encerrados, es la expresión máxima de cárcel como dices, un animal que puede VOLAR y le encierran.

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