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‘Entre hojas y huellas’

Javier Álvarez Fariña

Ciegos, sordos y mudos

Monkey ear detail

Nuestro silencio termina por encerrar y permitir el sufrimiento animal. Las voces en su contra y la conciencia colectiva que las acompañan son cada vez más numerosas, pero dejar de unirse a ellas puede hacer que el despertar global sea demasiado tardío.

“Madre mía, quítame esas imágenes, no quiero verlo. ¡Qué horror!”, me espetó el otro día una conocida mientras escupía un jugoso pincho de lechazo que fue a parar a sus botas de cuero. Mi vídeo, de pura autenticidad, había golpeado con dureza sus entrañas revolviendo su estómago. Un repentino escalofrío la inundó de los pies a la cabeza, por lo que optó por ceñirse su abrigo de visón, recostarse sobre una silla aparentemente muy cómoda, fruncir el ceño y guardar silencio. Silencio y rabia. Observé la escena con naturalidad pese a que el disgusto en su rostro era evidente. Normal, me dije, nunca es fácil escuchar los gritos agónicos de un ser vivo, porque nos hace partícipes de su dolor y sufrimiento, y, claro, somos incapaces de contener el malestar. “Ya me has dejado mal cuerpo. No sabía que se trataba a estos animales así, da asco”. El chocar de su discurso con su contradictoria vestimenta, me resultó perturbador.

 

Somos el silencio que nos arrastra. Ese es el rasgo de nuestra pusilanimidad para con otros seres vivos. Hoy en día se sigue permitiendo la matanza de animales salvajes por puro recreo; o las cacerías deportivas en cotos privados, hábitos más propios de eras feudales; o el hacinamiento masivo de animales para su consumo desmesurado; o el sostenimiento de embustes mediáticos y políticos para perseguir carnívoros y recaudar votos. Hechos que no cuentan con nuestro beneplácito directo y sí con nuestro silencio. Ver y oír nos indigna, por lo que nos tapamos los ojos y los oídos para no tener que hablar de ello. La suerte de tantos animales esta regida por una justicia desigual, plagada de códigos de artificio y propósitos económicos, con la que no estamos de acuerdo pero que consentimos por nuestro desesperado miedo a perder lo poco que poseemos. Silencio, rabia y miedo.

 

Ojos que no ven, corazón que no siente. Ni padece. Ni escucha. Ni discute. Ni reclama, ni siquiera se plantea. ¿Para qué?, nuestro estilo de vida nos ha preparado para repeler la realidad incómoda. Hemos aprendido a desechar todo quebranto en nuestra conciencia; somos capaces de apartar cualquier arrebato moral interior en pos de salvaguardar la comodidad y el beneficio personal. A veces somos el descaro y la descortesía representada e institucionalizada. En nuestra realidad es posible amar hasta los extremos a un perro, repudiar la desolladura de inocentes criaturas cautivas, entristecernos al ver estos actos, y a la vez vestirnos con sus pieles. ¿Somos tan cobardes que aún conociendo nuestro cinismo lo disimulamos? No lo creo, cada vez en menor medida. Crece la rabia.

 

Pasan los años y la huella es profunda, en muchos casos irreversible. La reacción ya está llegando; el pasado año se multiplicaron las denuncias contra el maltrato animal, el daño a la fauna salvaje o al medio ambiente. Ruido. Todo proceso necesita su maduración. El reloj sigue corriendo. Cuesta alcanzar los posos y vislumbrar su aspecto decrépito. Lleva tiempo ver dónde descansan estos sedimentos malintencionados; hallar sus lúgubres escondrijos entre los cimientos educativos desde donde pueden contaminar las capas superficiales. Si su distorsión es profunda, si está implantada en el alma, en el estamento, si la infección está extendida, entonces el tiempo que tardamos en identificar sus deficiencias suele llevarse generaciones enteras, cobrándose daños irremediables y vergüenzas futuras.

 

La desfiguración y la desconfianza son rasgos de una sociedad deprimida, viciada, la nuestra. Sin embargo, en muchas ocasiones esta sociedad es incapaz de reprimir los instintos primarios de honestidad y compasión, y surge la sublevación contra los anacronismos o el envilecimiento del mensaje seleccionado de base. Aún estamos en ese estadio que comienza a oír los ruegos, los aullidos; esa que empieza a ver los bramidos y a discutir por la ausencia de rugidos, pero que a la vez sigue permitiendo que la diversión, la tradición o los grupos de presión continúen sesgando la vida del mundo animal. Aumenta el ruido. Ahora bien, paso a paso, alzando la voz, revelándonos contra algunos principios activos de una civilización que atenta contra la razón, esgrimiendo los argumentos de nuestra conciencia, crecemos y retratamos los actos infames y las injusticias que se ejercen impunes contra otros seres vivos. Hasta el día en que todo ser humano vea en el sufrimiento animal, en el ecocidio, un mal de otra época del que no querremos volver hablar, ver o escuchar.

Comentarios

Caragato 11/04/2016 10:09 #1
Lo mismo que comentas ocurre con los videos de sufrimiento humano, que es muchas veces igual o más brutal, pero que se tiene más en cuenta por la sociedad si se conoce por mucha gente. Supongo que tenemos que empezar a equiparar la indignación cuando los vemos, y hacer algo aunque sea poco.

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