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‘Entre hojas y huellas’

Javier Álvarez Fariña

Bienvenidos al espectáculo de lo cruel

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Muchas voces se alzan y se han alzado contra el uso de animales en los circos. Estas voces pueden oírse más fuerte cuando son animales salvajes los protagonistas, por lo extremadamente cruel que resulta para éstos el cautiverio y la subyugación. Pretendo sumarme a cada una de esas voces y lo hago desde la razón y una experiencia personal.

Es cierto que tras unos ojos puede verse reflejado el alma, especialmente cuando ésta clama libertad. Yo lo he visto, eché un vistazo un día cualquiera a unos ojos que me conmovieron, y lo recuerdo como si fuera ayer. Veo su mirada de profundo sufrimiento desfigurado, veo como busca desesperadamente en su memoria la verde foresta y el fresco tacto del río y el batir de las copas de los árboles al roce del viento. Busca algo familiar, pero también puedo ver que más allá de su memoria solo siente la soledad tras una prisión de metal en un mundo plomizo, que solo puede escuchar el ruido sordo del cuero rompiendo el aire y los latigazos diarios que deshilachan su piel. Puedo ver su mirada aflijda y, sobre todo, veo el temor en su corazón.


Esos ojos miraban desde una cárcel de servidumbre. Celdas circenses para seres privados de su esencia, de su razón de ser y estar. Basta ojear el día a día de estos animales y las sensaciones les brotarán solas. Sobre las miradas recuerdo dos, idénticas en tristeza y vivas en mi mente. La primera era de un elefante, la segunda de un tigre. Eran miradas que vi en nuestro país y que otros han visto al igual que yo. Y tras mirar y sentir solo percibí la crueldad de semejante condena.


Me acordé de aquellos ojos cuando hace unos días una asociación ecologista denunció ante la Junta de Andalucía la “denigrante situación” que sufrían los animales del Gran Circo Mundial en Sevilla. Argumentaban su denuncia por “el sometimiento a prácticas que irrogan el sufrimiento y el mantenimiento de los animales en lugares o instalaciones indebidas”, además resaltaban que “este tipo de espectáculos no favorece a la educación por el respeto a los animales, ya que se les transmite a los niños y niñas la idea de que está permitido divertirse a costa del sufrimiento de otros seres vivos”. Nada que objetar; por suerte a cada vez más personas les indignan el retroceso intelectual y cultural que suponen para el ser humano este tipo de espectáculos con animales. No me malinterpreten, adoro el circo, con sus trapecistas haciendo de trapecistas y con sus payasos haciendo de payasos. Maravilloso entretenimiento para todos nosotros, que lo entendemos y nos vemos reflejados. Nos reímos, nos asombramos, disfrutamos y cuando se termina la función, cada cual va hacia donde quiere y debe ir.

 

 

Se concibe el espectáculo como una diversión pública para todos, pero les aseguro que no existía diversión tras aquellos ojos. Eran ojos anónimos de dos desgraciados protagonistas. Por un lado, el elefante, nacido en África, tal vez en Asia, extremadamente inteligente, de hábitos complejos y desconocidos, gregario y específicamente sensible. Tal animal nunca tendría que vivir hacinado, ni actuar por miedo, ni ser sometido y obligado a realizar acrobacias, ni tendría que soportar vejaciones ni palizas. Por el contrario debiera ser admirado en su estado natural, donde es capaz de exhibir sus capacidades, de manifestar sus lazos sociales, de coexistir con su entorno y de realizar la función para la que la naturaleza lleva preparándole miles de años. Por el otro, el tigre, máximo superdepreador en las junglas asiáticas, en peligro extremo de extinción, un caminante incansable de su territorio, solitario, silencioso y tímido, considerablemente sensible al movimiento y al ruido. Un ser que no puede ser forzado a actuar bajo amenaza, ni a convivir contra natura con otros tigres o animales, ni a saltar entre fuego, aplausos y música estridente. Y ambos languidecían tras esos barrotes. Y sigo viendo sus ojos.


Decía Thoreau que si se encarcela a alguien injustamente, el sitio adecuado para una persona justa es también la cárcel. No podría expresarlo mejor. Piensen que hubo un día en que el ser humano esclavizó al ser humano y ahora nos sentimos abrumados por semejantes actos. Hoy, se permiten -en cada vez menos países y ciudades, afortunadamente- estas prácticas crueles, injustas y artificiales con los animales y ninguna de ellas pueden ser justificadas. No hace falta que les mire a los ojos a cada uno de ustedes para ver que todos sea cual sea nuestra procedencia, educación o cultura, podemos, sabemos y debemos distinguir la crueldad. Me dirán que existen otras muchas crueldades en este ancho mundo y no seré yo quien lo niegue, pero esta es una y mientras permitamos alguna estaremos alimentando a las demás. La madurez social se mide por el grado de compasión, empatía y comprensión de que es capaz dicha sociedad. Molestándonos en encontrar el significado que revelan aquellos ojos, no humanos pero vivos, llenos de sentimientos y emociones rotas, si los observamos fuera de barrotes, lejos de lonas y látigos, veremos el verdadero espectáculo que estas y otras criaturas pueden mostrarnos.
 

 

 

@GatoManchado1

#EntreHojasYHuellas

Comentarios

Cris 29/04/2015 13:17 #4
Estupendo!! Anotemos esta frase y tratemos de aplicarla a otras disyuntivas: "La madurez social se mide por el grado de compasión, empatía y comprensión de que es capaz dicha sociedad."
Elena 28/04/2015 23:17 #3
Totalmente de acuerdo. Lean "Un mundo feliz" de uxley, y comprueben cómo es estar al otro lado.Más Circo doel Sol y menos naturaleza acotada.
Conchita 28/04/2015 19:47 #2
Simplemente precioso. Educativo y conciso.
Caragato 28/04/2015 19:38 #1
Una gran verdad tras otra, hace unos años fuí al circo, solo porque no había ido nunca en mi vida, no estuvo mal pero lo peor fue ver a los animales haciendo "ridiculeces" como dices, una pena.

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