Emiliano tapia original

Entre barrios y exclusión

Emiliano Tapia
Del barrio, de narcotráfico, de instituciones y mucho más...

Reinsertar: nada más lejos de la realidad

Es un derecho constitucional que las cárceles cumplan con la misión prioritaria de posibilitar la reinserción de las personas que llegan a ellas para cumplir la sentencia de un tiempo de privación de libertad.Nada más lejos de la realidad. Quiero que hoy, no sólo mis palabras, sino sobre todo el testimonio de una persona privada de libertad que ha expresado en una carta su reflexión ante su propia condena en una cárcel, (podéis conocerla entera a través de internet), sean las que sirvan de reflexión y de denuncia ante la inutilidad del sistema penitenciario actual para recuperar a muchas personas a quienes la sociedad les hemos empujado a lo que parece que sólo sabemos: ¡a la cárcel!
El texto de la carta es incisivo, lúcido, intuyo que muy sincero y no por ello menos doloroso. Muchas veces, escuchando a los propios protagonistas, entendemos y comprendemos mejor las situaciones. Este es uno de esos casos.

“En enero de 1999, fui condenado a la pena privativa de libertad de 12 años por delitos cometidos contra la propiedad y de robo a entidades bancarias.

Si tenemos en cuenta la cantidad irrisoria que sustraje, en comparación con lo que están robando, "con guante blanco", distintas administraciones públicas y sus gestores, entre ellos, los propios banqueros a quien atraqué, es una condena desproporcionada e injusta.

Me pregunto, ¿no debería de haber ingresado en un centro de rehabilitación, para atender mi problema con las drogas? ¿Piensa usted que la cárcel es el mejor entorno para tratar la adicción a las drogas? ¿Me hubiera condenado a lo mismo, en el caso de que fuera famoso y no un hijo de obrero como soy?

Cuando leo la sentencia no encuentro el párrafo donde dice: que debo condenar y condeno: A perder a todos sus amigos y amigas. A sufrir humillaciones. A ser trasladado arbitrariamente de cárcel en cárcel. A que comunique con las personas que autoricemos. A controlar su correspondencia. A que no tenga intimidad. A que la Administración se quede con más de la mitad de la pensión que cobra mensualmente. A que su salud se deteriore. A decidir por él. A que no se exprese libremente. A que sea un peón productivo sin derecho a un sueldo digno. A que esté sujeto a la sumisión. A aislarlo siempre que muestre síntomas de rebelarse ante las injusticias que se cometan sobre él. A que sus familiares sean víctimas también de este sistema penitenciario, que gloriosamente defendemos. A un desarraigo social y familiar. A que cumpla la condena íntegra.

¿Cree usted que después de ocho años sobre doce he cambiado?. ¿Cree usted que doce años de cárcel pueden cambiar a uno interiormente infligiéndole dolor en el cuerpo y el alma?
Por supuesto que he cambiado. Me han enseñado a ser racista, a ser intolerante, a tener unos prejuicios que mi familia me enseñó a no tener, a odiar al prójimo. Realmente sí que me han cambiado, pero para peor.

¿Cree usted realmente que este sistema funciona? Si es para castigar, sí. Si es para tal y como dice el artículo 25.2 de la Constitución: "Las penas privativas de libertad y las medidas de Seguridad estarán orientadas hacía la reeducación y reinserción social, así como al acceso a la cultura y desarrollo integral de su personalidad". Sencillamente, le digo que no.

Usted sabe realmente lo que sucede en las cárceles, entonces ¿por qué continúa metiendo gente en la cárcel, en vez de ser más inteligente y aplicar las medidas alternativas necesarias?...

Si se aplicaran las medidas alternativas, seguro que a la larga, resultaría más beneficioso para aquellas personas que deben de cumplirlas y para las personas que los rodean, que son condenadas al mismo tiempo al sufrimiento, sin haber cometido ningún delito.

Usted tiene el deber de condenar a mi cuerpo a unas limitaciones físicas, pero nunca le han autorizado a condenar a mi alma al sufrimiento y menos a mi familia.”

Los conflictos de la mayoría de la población privada de libertad son imprescindibles afrontarlos antes de que actúe sobre esas personas un sistema penal extremadamente punitivo, castigador a irreflexivo, pues él no se plantea las causas de los posibles delitos, antes de que esas personas terminen en un Centro Penitenciario.

Un Sistema social en nombre del Estado, por muy castigador y punitivo que sea, no puede responder a actuaciones delictivas individuales con instrumentos que, en la práctica, signifiquen desprecio hacia esas personas, indefensión o negación de los recursos necesarios para poder acceder a los derechos que, quizá, esa persona no quiso o no supo entender como obligatoriamente respetados en otras personas.

Son muy preocupantes las distintas situaciones que se están acumulando en muchas personas como consecuencia de la indefensión en la que quedan al salir de la cárcel. Puede ser que sean personas extranjeras sin papeles, sin apoyo familiar o cercano. Pueden ser personas españolas cargadas de demasiados fracasos personales. Pueden ser mujeres o varones que con cuarenta años de media, como tantos y tantas personas en el momento actual, pierden todo horizonte de esperanza, porque además de ser expresos o expresas, parece que nunca van a poder acceder al mundo laboral normalizado. Pueden ser personas con grandes síntomas y episodios de enfermedad mental. Pueden ser…

Es tal el cúmulo de despropósitos que se producen en el interior y el entorno de las cárceles que el deterioro personal producido es más que evidente en unos porcentajes escandalosos del 60 al 70%. Esta realidad descalifica y plantea con urgencia para el Estado y la sociedad el reto de buscar otros caminos; la necesidad de acompañar de otra manera. Las cárceles no sirven.

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