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ACADA ACADA

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Al hilo de la entrada anterior, os sintetizo una de esas conversaciones distendidas de codo en barra, montilla moriles de la casa y énfasis de humildes sénecas. Se celebró, allá por el 2005, en un bar de la cordobesa Plaza de la Corredera.

La cuestión entonces, como ahora, se ocupaba de asentar los matices y conceptos que diferencian el arte de la artesanía y éstas de las manualidades. La distinción, a priori, puede parecer sencilla; pero, sólo resulta tal si tomamos obras sin ninguna relación entre sí. Cada trabajo, todo trabajo, depende a fin de cuentas del valor que queramos atribuirle y, con frecuencia, pasamos por alto detalles de importancia mayor.

He aquí la síntesis.

Tomemos tres copas iguales. Exactamente iguales y en las que su única referencia distintiva sea la de €œsu hacedor€, la persona que elaboró cada una de dichas copas.

Supongamos que la primera fue realizada por Salvador Pérez, un jubilado que para ocupar su tiempo se ha apuntado a ese curso de vidrio patrocinado por la asociación cultural de su barrio. La copa le ha quedado bien y será un bonito recuerdo para que su hija lo ponga en cualquiera de las estanterías de casa. Los materiales los ha aportado la asociación, así que a él no le ha supuesto desembolso ni inversión algunos. Y el tiempo€Ś Ha estado entretenido, activo.

La segunda copa la elaboró un tal Salvador Dalí. Así consta en la base del recipiente y así queda consignado en el oportuno catálogo. El resultado es igual al de los otros dos trabajos; sin embargo, esta copa conlleva un marbete especial: €œes producto de la inquietud artística y del espíritu inspirado del genio creador que, en su búsqueda constante, explora con nuevos materiales horizontes hasta entonces vírgenes para él€. Carece de importancia el tiempo que ha tardado en producir el objeto; tampoco es importante cuánto costó la materia prima porque es ARTE, sólo ARTE.

Fue Pedro Dalí quien manufacturó la tercera copa. Es igual a las dos anteriores; pero, en su producción ha aplicado la dedicación de su oficio, su detalle, su voluntad por hacerlo bien y desarrollar un producto de calidad. En esta copa, el artesano tendrá que establecer el precio final de su artículo a través de los costes de materiales, trabajo invertido, etc. Deberá buscar puntos de comercialización e intentar rentabilizar para desde el exiguo beneficio procurar seguir haciendo copas que servirán para beber, no para ser expuestas en un museo o para ser un mero objeto decorativo cuyo único valor es el sentimental.

No pretendo establecer una polémica ni imponer demérito en los trabajos de uno y otros. No obstante, la conclusión es evidente: el trabajo artesano está devaluado y constantemente sujeto a crítica cuando no a menosprecio. Y son, quizá, esos valores y esos conceptos los que deberíamos revisar€Ś

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