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En las nubes

Almudena M. Vega

¿Valoramos a los docentes?

Esta mañana he asistido a una formidable conferencia de la (profesora) Doctora Marta Valentim, de la Universidad Estadual Paulista de Brasil. La conferencia, en la que se analizaban datos, reflexiones y conclusiones sobre el plagio en las publicaciones científicas y académicas, acabó con una entretenida charla sobre los actuales métodos para valorar la docencia y la investigación, sobretodo la universitaria.Creo que no nos estamos dando cuenta de hasta qué punto se está infravalorando a muchos docentes:
Comencemos por los docentes de colegios infantiles: por desgracia, cada vez los niños tienen que pasar más horas en el colegio. Hoy en día es muy difícil encontrar una familia en la que uno de los progenitores pueda dejar de trabajar para cuidar de los hijos, hoy eso es un lujo. Y aunque la mayoría de los colegios se han adaptado con programas lúdicos y educativos para atender a esos niños mientras sus padres trabajan, la sociedad ha cometido el error de confundirlo con la educación en valores que sólo unos padres pueden dar. Para los docentes de niños pequeños, no es un papel fácil, el esfuerzo es doble, pero el resultado no, porque jamás podrán sustituir a la educación familiar (ni deberían hacerlo). Y eso no se valora.

Luego nos encontramos con los docentes de jóvenes y adolescentes: este gremio tiene porcentajes muy altos de bajas laborales por depresión, estrés y otros problemas psicológicos. Por algo será, ¿no? A los medios de comunicación llegan algunos casos realmente alarmantes: casos de acoso, de agresiones, incluso de disparos hubo un caso en Salamanca. Y muchos docentes no pueden con los alumnos, o bien porque no tienen la fuerza moral que sólo los padres pueden ejercer, o porque legalmente tampoco tienen ningún tipo de defensa ante casos graves tan insólitos que ni están contemplados en nuestras leyes, pero que existen, y cada vez más, o simplemente porque ellos son docentes, no psicólogos que es lo que hace falta en muchos casos. Y ya no hablemos de los profesores rurales que tienen que hacer cientos de kilómetros cada día o alejarse de la familia durante la semana.

Y finalmente llegamos a los docentes en universidades: en este caso, los alumnos ya son personas maduras, formadas hasta cierto grado que lo que necesitan es una especialización en una rama del conocimiento que, generalmente, han escogido ellos mismos. Pero no imaginamos el gran trabajo que se les exige por detrás. Lo resumiré someramente, aunque en realidad es bastante más complicado: en España, un profesor de Universidad será valorado por una comisión cada ciertos años (algo que está muy bien), en esa valoración se tendrá en cuenta si ha realizado investigaciones científicas, si ha publicado o no artículos en revistas de impacto (revistas científicas), si ha dado conferencias, si ha apoyado programas de intercambio con universidades de otros países, y algunas cosas más, todas en la misma línea.

La idea, en principio, es buena, pero, si nos fijamos con atención, vemos que la labor de docencia propiamente dicha queda relegada a un segundo plano, y más si tenemos en cuenta que todos estos criterios se valoran de forma cuantitativa, y no cualitativa. Es decir, que yo, puedo ser una profesora pésima, pero si escribo 5 artículos que me publican en revistas científicas (que sería todo un logro), y si además, me autocito yo a mí misma y a mis artículos, obtendría muchos más puntos que un buen docente, con el que los alumnos aprenden más aunque él hubiera publicado un libro. Como mencionaba Marta Valentim en su conferencia, no todos los docentes, por muy buenos docentes que sean tienen madera de investigadores, ni de conferenciantes, y otros profesionales son grandísimos investigadores, pero no por ello tienen que saber explicarlo bien a los alumnos.

Hoy consideramos a los profesores unos privilegiados, con un puesto de trabajo seguro, un sueldo decente y un horario laboral bastante reducido. Pero, por unas razones o por otras, yo he ido confirmando que eso no es del todo cierto: los buenos profesores, los docentes que realmente quieren enseñar bien, esos tienen que dedicar a su trabajo horas extra, kilómetros, viajes, cansancio, preocupación, se les exige que sean padres, psicólogos, investigadores, conferenciantes, escritores, amigos, y no sólo no se les valora, sino, lo que para mí es peor, se les valora, pero con baremos equivocados.

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