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Victorino García Calderón
Blog de Victorino García

El encinar salmantino

Si uno viaja por la provincia de Salamanca se puede encontrar con paisajes casi sin árboles, como en la Armuña o en el Campo de Peñaranda, o con vegetación exuberante como ocurre en el sur en cualquiera de las sierras, ya sea la de Béjar, Tamames, Francia o Gata, todas y cada una con su belleza y su flora característica básicamente de bosque mediterráneo. Así en el término de Herguijuela de la Sierra existe uno de los ejemplares de haya más meridionales de Europa, incluso más que los hayedos de la provincia de Madrid pero este no es el único ejemplar notable de la provincia y no soy autoridad en este campo.
Hoy voy a hablar del encinar. El salmantino, situado a una altitud media entre 800 y 900 metros, ocupa de este a oeste, una franja central muy amplia entre las sierras del sur y el río Tormes, aunque hay encinares hasta el límite de la provincia con Zamora. En ellos hay ejemplares notables por doquier, valga como ejemplo la impresionante encina que hay en una finca muy cerca de Tejeda y Segoyuela, que con una copa de más 25 metros de diámetro debe ser de las más grandes de la provincia.

Es tan grande que la luz no llega a las partes internas y solo se desarrollan la hojas en los últimos metros de cada rama (las centrales llegan a una altura aproximada de 20 metros, que es mucho para una encina) lo que conlleva a que cuando estás debajo de ella más bien parece una cúpula sostenida por una columna ramificada que un árbol.

Esta encina es en sí sola todo un monumento, pero no se puede acceder con facilidad a ella, está vallado y es propiedad particular, como casi todo el monte y la dehesa salamantina. Uno acaba por imaginarse, si se pudieran visitar estos monumentos de la naturaleza, los beneficios que podrían reportar a las maltrechas arcas de los moribundos pueblos charros, si alguien tomara cartas en el asunto y se tomara en serio que el campo está para algo más que para presumir de él en los “medios de incomunicación de masas” y se articulara la posibilidad de unir el ganado bravo de las fincas, los ejemplares de encinas más espectaculares que puedan verse en un plan, tanto educativo como turístico, que recorriera este patrimonio aún no declarado ni de la humanidad, ni español, ni castellano leonés, ni salmantino, ni nada.

Ayer, con mi mujer y mi compañero, amigo a la vez que director del centro educativo donde trabajo, nos dimos una vuelta por el campo charro, visitamos La Fuente de San Esteban y nos tomamos una jeta espectacular en Casa Jorreto, pasamos por Boada bajo la niebla y volvimos a contemplar el abandono, casi hundimiento, de la estación de ferrocarril más transparente que se pueda ver (se puede percibir el paisaje que hay detrás de ella como si de un fantasma se tratara), ya no recuerdo la cantidad de fotografías que he realizado a su simbiosis de desidia y trasluz. Continuamos hacia Retortillo y mientras nos invitaban a queso, jamón y embutido en el Hogar del Pensionista, la niebla pasó a mejor vida dando paso a un sol primaveral espléndido que nos dio la posibilidad de continuar, volviendo sobre nuestros pasos, bajo sus rayos y de esta manera contemplar la ermita Del Cristo de la Laguna. La laguna próxima que le el nombre está cercada y sin ninguna posibilidad de ver en toda su magnitud, con una cantidad de aves acuáticas digna de interés para cualquier amante de la ornitología.

Estuvimos en Aldehuela de Yeltes y comprobamos con desasosiego, cómo se ha transformado la construcción de las casas, pasando del canto rodado y adobe al bloque de cemento unido con más cemento, aunque lo pinten de azulete.

Pasamos por Tamames y entre árboles muertos pudimos contemplar lo que queda de castillo y una noria casi intacta, aunque su aspecto delataba que el burro hacía decenios que no la movía.

Pero lo mejor del día estaba por venir. De Tamames a San Muñoz por el valle del Huebra, paramos el coche en una portera de una finca llena y nos dimos un paseo por la carretera entre ganado bravo y “cochinos pata negra”, todos ellos bajo uno de los monumentos más asombrosos de la floresta salmantina: un encinar con ejemplares centenarios de troncos de más de un metro de diámetro. Algunos parecen rocas, otros tienen unas verrugas enormes, deformaciones, huecos y retorcimientos salomónicos, otros están alineados como si de grandes columnas de una catedral forestal se tratara.

Eso es, todo un monumento que debiera marcar el sentimiento, el pensamiento y el respeto de nuestros escolares, universitarios, profesores, gentes de campo y ciudad de toda nuestra provincia, algo que nos enorgullecería como salmantinos que buena falta hace. Para ello ofrezco desde aquí todos mis conocimientos para que se haga un catalogación de dichos ejemplares en un proyecto que urge realizar en cooperación con las entidades pertinentes, para que sirva a que las generaciones venideras tengan un futuro mejor y sean más conscientes y respetuosas con la naturaleza de lo que hemos sido nosotros.

Victorino García Calderón
Maestro del mirar

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