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EL JARDÍN DE HÉRCULES

Eduardo Blázquez

Espejo XIX: Blancanieves Sombría

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El espejo sombrío va unido al pozo que, como espejo, revela y muestra las profundidades del alma. Inversiones constantes -diurnas y nocturnas- que, al inclinarnos ante el pozo-espejo, desvelan el claroscuro y el espectro de un abismo.

 

 

Iván del Arco descubre el gabinete esotérico de Blancanieves, analizando con rigor los secretos de la mágica historia, relato unido a la fábula y a la antropología que, ante imágenes representativas de mitos, traducen los espejos de la sociedad, de la historia de la pintura narrativa canalizadora de la evolución de la Belleza.

 

Ante el espejo, apoyados en Novalis, valoramos las cualidades nocturnas de Blancanieves, tomando conciencia del peso de Shakespeare, enfrentando toscas figuras (Enrique V) frente a princesas delicadas que llevan ante espejos de monstruos que, frente a bellas damas ante su Tocador, marcan la dinámica entre lo Bello y lo Siniestro.

 

 

Frente al sol dorado, el sol negro; dos caras del espejo-pozo, universo de Valkirias. El Espejo de movimiento natural une pozo-espejo-reloj para ampliar el simbolismo de la manzana, para devorar y ser devorado.

 

El espejo-pozo de Blancanieves, ante el cambio y la muerte, desde la reflexión sobre la Belleza, ante el Trono, se torna en espejo de Thánatos, se superpone a la máscara tenebrosa para aplastar la Aurora y la Luz.

 

 

“EL ESPEJO: OBJETO, MITO Y SOCIEDAD

El espejo, ese objeto telúrico y fidedigno, real y aparente, es el protagonista de este artículo que me propuso Eduardo Blázquez hace unas semanas y que abordo con la responsabilidad del conocedor y la osadía del incauto, pues el mundo de Hermes, de los significados escondidos, siempre nos guarda la impresión de la incertidumbre y la pluralidad interpretativa.

 

Cuando Eduardo me comentó que me parecía escribir sobre mis impresiones acerca del espejo, la verdad que no dudé ni un momento, debido a la fuerza que tiene el propio objeto y la honda tradición que atesora desde que el primer hombre se vio reflejado en las aguas de un río cristalino, comenzando a generar el mito de Narciso.

 

 

Sin embargo, enseguida me fue adueñando una inquietud derivada de la dificultad de trasladar dichas impresiones al lector y no dispersarme en el intento de acometer un tema tan extenso. De repente, me vi en la responsabilidad de trasladar el sentido que el espejo ha ido teniendo en las diferentes sociedades a lo largo de la historia. Y recordé uno de mis trabajos más queridos, el análisis iconográfico de Blancanieves y los siete enanitos de Walt Disney, pues en la tradición del cuento encontramos el resumen de las inquietudes y comprensiones de la humanidad.

 

Objeto de deseo para la mujer, más tarde símbolo de vanidad y por su característica refractaria imagen de la verdad, el espejo se caracteriza por su variado discurso interpretativo. Es un objeto con una fuerza simbólica imposible de resumir en este artículo. Sus vínculos con la verdad, lo mimético, la ensoñación, son notorios e irrefutables. Significaciones que, acerca del espejo, se nos han mostrado de numerosas formas a lo largo de la historia humana, destacando la idea de la mimesis y veracidad.

 

 

Cuando el primer hombre vio su rostro reflejado en el río y comenzó a amarlo, tal como señalé anteriormente, empezó a forjar el mito de Narciso. El reflejo le creó la certeza de que aquellas formas eran suyas y las comprendía bajo una idea del rythmo, donde la proporción y la armonía se asociaban para fundamentar la base del concepto de belleza.

 

Esa belleza, más tarde fue comprendida por Platón como verdad. Juicio que, con luces y sombras, se ha sucedido a lo largo de la existencialidad del hombre medieval y moderno, siendo resumido de nuevo bajo la estética kantiana, donde nos recuerda que aquello que todo hombre reconozca como bello y esté dentro del sensus comunis (opinión general o mayoritaria) comprende el concepto de Belleza, siendo éste a su vez verdadero.

 

 

De esta forma, Belleza y Verdad se aúnan de nuevo para diferenciar la Belleza de la belleza, la idea comunitaria de la Belleza con mayúsculas respecto a una idea personal de belleza, concibiendo esta última como el hecho primordial de la liberación de la praxis artística bajo la diversidad de la forma que incluye la idea de belleza con minúsculas, o lo que es lo mismo, la variedad de aquello que nos agrada y entronca con el gusto.

 

Sin embargo, no fue el único momento en el que las sociedades vieron como verdad absoluta aquella imagen reproducida por un reflejo. Así por ejemplo, los Incas lo usaron para estudiar mejor las estrellas y de tal modo desvelar la verdad del universo, al tiempo que en el mundo oriental el espejo estaba asociado al trono en los palacios imperiales japoneses, conservándose en una sala especial.

 

 

Puntos de vista diversos pero con idénticas conclusiones que se trasladaron al mundo de la ensoñación y lo maravilloso, como recuerdo de la verdad que era reflectada por el concepto mimético de lo que la superficie del espejo, o lo espectral, nos revela. Por eso una fotografía necesita revelarse para ser imagen veraz de lo acontecido y registrado. De ahí que el arte cambió, intentándonos mostrar nuevas realidades que superan el marco de lo mimético sensible.

 

Sin embargo, dicho marco, es el que curiosamente permanece en la idea de los cuentos de hadas que, bajo la irrealidad de sus sucesos maravillosos, atemporales e ilocalizables, muestra espejos, pozos, y arroyos, mitos de otrora, como objetos simbólicos de la verdad y el vaticinio. Habitualmente de forma ovalada, su carácter consultivo y deductivo, idea metafísica del ojo que todo lo ve, el gran creador del mundo que habla para nosotros y nos recuerda verdades que nuestra existencialidad nos quiere esconder, estará presente en algunos de los más grandes cuentos de la historia de la humanidad.

 

 

Cuentos como Blancanieves y La Bella y la Bestia, o más sucintamente El traje del emperador, son ejemplos que, tal como señaló Enric Balasch, manifiestan esquemas aparecidos en diversas culturas y sociedades por lo que encontrar su origen sería tan complejo como buscar una aguja en un pajar.

 

De todos ellos, destaca Blancanieves, atendiendo a la larga tradición y la repercusión que ha tenido desde su recopilación y difusión durante el romanticismo, así como sus múltiples adaptaciones al cine y televisión, destacando especialmente la realizada por Walt Disney, cuya calidad queda atesorada por la crítica. Han convertido a este cuento en muestra paradigmática de la cosmogonía humana, de su evolución y de su irremediable decrepitud, anunciada y recordada por el espejo.

 

 

En Blancanieves y los Siete Enanitos de Walt Disney se pueden ver dos realidades espectrales: el pozo y el espejo propiamente dicho. Ambas muestran la verdad. Por un lado, la verdad deseada se refleja en las aguas del pozo. Por otro lado, el espejo hace lo propio con la verdad física que va más allá del deseo.

 

Sin embargo, como veremos a continuación, son dos verdades o realidades muy diferentes, ya que la vinculada a la princesa, no existente en el relato original transcrito por los Grimm, es clara y pura como el agua, mientras que la relacionada con la reina, se adereza de otros detalles semánticos que acompañan al espejo en su tradición simbólica, destacando la idea de vanidad, con fuertes vínculos mitológicos, y que podemos ver en múltiples obras a lo largo de la historia del arte. ¿Quién no recuerda alguna imagen de Venus o Afrodita mirándose en su espejo, como sucede con la famosa obra de Velázquez?

 

 

Permítanme que, llegados a este punto, haga un inciso sobre Velázquez y sus espejos. Este egregio pintor, amante de recrear espejos y encuadres de ventanas que muestran otras realidades, nos dejó uno de los más bellos ejemplos de Venus reclinada mirándose al espejo ovalado que sujetaba Cupido. Sin embargo, éste espejo no es como aquellos que nos muestran otros maestros precedentes como Van Eyck (recuerden el miniaturista y meticuloso espejo de El matrimonio Arnolfini), contemporáneos al pintor como Rubens, o posteriores como el espejo de La Bella y la Bestia producida por Disney.

 

 

El espejo de la Venus de Veláquez, al igual que sucede con otras obras suyas como Las Meninas, muestran imágenes distorsionadas que el espectador advierte como verdaderas a sabiendas de lo que ellas representan. Así Velázquez nos muestra su singular pincelada, suelta, rápida y vibrante, en aquello que revela la verdad, el reflejo de los espejos cuyas inciertas imágenes, configuran en ocasiones la temática verdadera del cuadro.

 

Verdades veladas y escondidas que muestran la metáfora de la objetualidad del espejo y su semántica sobre la verdad irrefutable, que en los pinceles de Velázquez torna universal. Como universal es también el sentido de vanidad que tiene el espejo en las manos de Venus o en la sala adjunta al dormitorio de la Reina de Blancanieves.

 

 

Dicha sala, conocida como del espejo, es un crisol de elementos alegóricos que aderezan la propia simbología de este objeto reflector. Columnas dóricas pareadas, amplios cortinajes con estampación del firmamento, sol en la pared, rosa de los vientos en el suelo y el zodiaco enmarcando el vidrio crean una cosmogonía propia que se ve ensalzada aún más por la iluminación tenue y azulada, que nos ofrece una idea melancólica, al igual que la inexorable evasión de la belleza.

 

En esta sala se nos muestra un microcosmos envuelto de gran esoterismo, un mundo mágico que anuncia el hecho prodigioso que allí sucederá en el que el espejo, personificado en una máscara verde, vaticina los designios de lo que le es preguntado por la reina, quien se ve representada por uno de sus emblemas heráldicos, el sol, identificado con su realeza está tallado en las paredes laterales. Símbolo, que por ser atributo de la verdad, pues como dice James Hall “todo se revela gracias a su luz”, está asociado también al espejo.

 

 

Las columnamanifiestan su poderosa sabiduría, para la cual no existen límites, pues es universal, como el firmamento estampado en las cortinas o la esquemática rosa de los vientos del solado. Con el zodiaco, que enmarca el espejo, se nos vincula a la cosmogonía pagana de la humanidad que añade connotaciones temporales, por su carácter anual. No obstante, el zodiaco no deja de ser el reloj cósmico de la historia con un alto cariz regeneracional e iniciático.

 

Si bien esta sala es fundamental en la recreación disneyana de Blancanieves, pues no deja de ser su ubicuidad, no cabe duda de que el espejo, con vida propia, es el verdadero protagonista de este espacio. Primeramente fuego, purificador e infernal, traído por el viento, seguidamente humo (símbolo alquímico del espíritu así como del alma que escapa del cuerpo) y tras evanescer rostro mascarado de tonos verdes, que le confieren siniestralidad impersonal (ya que no es nadie y es todo el mundo a la vez), el espejo es el doble o, dicho de otro modo, la conciencia sin rostro.

 

En resumen, ¿por qué un espejo para una pregunta tan trivial? La respuesta la deberíamos buscar de nuevo en la mitología clásica y su celebérrimo mito de Narciso, personificándose éste mediante la reina, y siendo el espejo el agua que en el mito nos refracta la belleza del protagonista. El espejo, propio símbolo del simbolismo como se ha llegado a decir, es síntesis de un compendio de interpretaciones interrelacionadas que nos ofrecen la visión global que disfrutamos hoy en día, muchas de ellas refractadas por esta afamada obra. De ahí sus vínculos con la idea de belleza, de narcisista vanidad, de dotes adivinatorias, de veracidad o incluso el hecho de ser uno de los grandes atributos del trono.

 

La tradición de donde proceden estas interpretaciones es variada, tanto en el tiempo como en el espacio, interpolándose su uso desde el mundo egipcio hasta el siglo XIX, pasando por la antigüedad clásica, el espiritual y objetivo medievo, el renacimiento humanístico o el hermético barroco. Interpretaciones, todas ellas válidas, que se pierden y se recuperan. De ahí que si bien fue atributo de hermosura de la diosa romana Venus, dicha imagen resurgió en época victoriana como emblema de la mujer, tal como es pintada en numerosas obras prerrafaelitas.

 

 

Es la belleza que en Blancanieves aparece como búsqueda en la escena de la madrastra ante el espejo y como realidad cuando la princesa mira en el fondo del pozo.


Ese pozo donde se cantan las penas, pozo de los deseos donde te reflejas si te miras y se llegan a reflejar los sueños. Pozo que, en medio del jardín del castillo, verdadero hortus conclusus de la princesa, refleja lo verdadero y lo onírico desde el ámbito de lo apolíneo que se contrasta con lo dionisiaco en la reina.

 

Así, el pozo es símbolo del secreto, de la verdad desnuda y de la persona que ha alcanzado el conocimiento. En la obra de Disney se asocia a la princesa, siendo atributo de ella al resumir su personalidad, consecución de la madurez y comienzo de los deseos amorosos, que además son tan verdaderos como la belleza de la niña que acaba de alcanzar la adolescencia.

 

 

La verdad física manifestada en el reflejo del pozo torna máscara infernal y universal en el espejo, que se convierte así en un ente metafísico donde lo que realmente se refleja es la verdad cognitiva.

 

Ambos elementos, pozo y espejo, aunque especialmente este último, son la figuración del paso del tiempo, del cambio generacional, en resumidas cuentas, del memento mori, como así lo fue en tantos bodegones que desde el siglo XVI triunfaron en una clientela culta y adinerada, necesitada de que le recordasen la futilidad de la vida y de todos los bienes terrenales.

 

Esta idea del espejo como atributo de la vanitas aumentará con los años en la perspectiva artística aunque no siempre tendrá estos valores. Así, en la obra de la Bella y la Bestia el espejo tan solo adquirirá connotaciones adivinatorias por su carácter de veracidad, una forma diferente de entroncar con el mundo clásico.

 

 

Como corolario, tan solo recordar que el espejo es sin más un objeto de mil caras que en su disparidad el hombre ha ido incorporando al mundo mítico debido a sus características físicas y ópticas, estando sujeto, al igual que le sucede a otras imágenes, a los caprichos de las sociedades en las que adquiere sentido iconográfico y simbólico.

 

Está condicionado por cada grupo y cultura a la hora de ofrecernos su significado definitivo, convirtiéndolo en un elemento social y de masas con connotaciones plurales. De tal forma que, de nuevo, vemos como objeto, mito y sociedad se confabulan para configurar una idea contemporánea del espejo, muy cercano en nuestro imaginario colectivo a un descafeinado concepto narcisista grecolatino”. (IVÁN DEL ARCO).

 

Comentarios

Javier G.-Luengp 30/12/2013 21:21 #2
Gracias por este post tan lorquiano!
Fioren 26/12/2013 15:54 #1
Me rechifla esto de la Blancanieves "Sombría". Qué antítesis más lograda......

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