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EL JARDÍN DE HÉRCULES

Eduardo Blázquez

DAFNE, EL MANJAR PARA EL DESAMOR

A Teseo

Es posible vivir entre flores, aunque no nos correspondan en el amor; lo sabemos, existen cementerios de muertos por amor, pero pueden brotar flores del lamento. Como señalaba Forster, la oscuridad avanza y es primigenia, pero no es eterna, y produce su propia y dolorosa Aurora.

 

 

Fernand Khnopff introduce imágenes narrativas para el desamor, apostando por el Enigma; fuera de lo común y fuera del mundo, marca la búsqueda de las salidas de los laberintos, aunque sea con temblor, podemos salir; el jeroglífico simbólico es, en realidad, una pieza clave y un entrenamiento para construirnos las alas de Dédalo, aunque podemos salir del laberinto desde el laurel de Dafne.

 

 

Dafne, nuestra gran aliada.

 

Sugerir sin nombrar, enviar-enviarte señales, evocar y descifrar, recorrer y transitar las nubes para encontrar la mansión de la Esfinge, la casa de Khnopff, una morada ascendente con un taller amplio. Los espacios invitan al ensimismamiento, a la melancolía.

 

Khnopff presenta al andrógino como el gran deseo del eterno insatisfecho; la belleza absoluta puede ser la quimera de contrarios. El andrógino, producto de su arte, como en Leonardo da Vinci, une lo masculino y lo femenino, como un híbrido, hombre-mujer, hermafrodita en el gran poema de Ovidio, recurrente en la antropología, alimentado por la polaridad de lo apolíneo y lo dionisíaco; ante los dos aspectos del amor, ante la Alegoría sobre la confusión de la Belleza Ideal, confiamos en la Metamorfosis de Dafne en Laurel. ¿Un viaje de visibilidad?

 

 

La imagen de unidad de los dos sexos lo representa Diónysos, una indistinción que lleva a la naturaleza, capaz de mostrar la ambigüedad y los secretos del enigma, desvelarlos, permite contemplar las plantas hermafroditas; las plantas y los árboles florecen y dan fruto, el ciclo y su eterno retorno marcan las transformaciones; al recolectar nuestras flores y nuestros frutos, alimentamos la visibilidad del camino transitado para ascender a la cima de una montaña.

 

 

Cada viaje en la nube del desamor, te abre una ventana; abandonado y devorado por un torrente de lágrimas, para evitar el incremento del sufrimiento, puedo recorrer los pasillos interiores del laberinto y, con seguridad, encontraré las flechas de rosas, flechas esenciales para enredar la mente con flores y aferrarme a Dafne, la gran Dafne (que debería ser el icono de las sufragistas), aliada esencial para el desamor.
Mientras las nubes navegan sobre el cuerpo de Dafne, la floresta se altera para construir la imagen del bien amado Centauro.

 

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