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Fernán Labajo

Más allá de la pantalla

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Este viernes se estrenará una nueva película de Star Wars. Las entradas salieron a la venta hace unos meses y los cines se frotan las manos para recibir a los millones de fans que se agolparán a las puertas.

Me di cuenta de que no tenía ni idea de Star Wars el día que mantuve una conversación de cinco minutos con un fan absoluto de la saga. Pensé que, siendo de las pocas personas que empezó por el principio (ya que las últimas películas fueron los Episodios I, II y III), no se me podía escapar nada. Pero el vapuleo que este individuo me dio en un momento (me hablaba de la intrahistoria, de técnicas de lucha de las que jamás había oído ni de pasada), me sacó de mi nube.

 

Salvo contadas excepciones, nunca he tenido especial predilección por la ciencia ficción. Me entretiene, pero no me emociona ni logra engancharme, y mucho menos llevarme a su mundo paralelo donde habitan seres humanos llamados ‘fans’. Sólo Indiana Jones y Star Wars han conseguido que me acerque a esos terrenos fantásticos (amén de obras maestras como E.T.), aunque siempre he guardado las distancias para poder verlo con perspectiva.

 

Los expertos en la materia afirman que las películas de los setenta y ochenta son infinitamente superiores a las que se hicieron a principios de los 2000. A mí, sin embargo, me ocurre al revés. Sin duda los guiones están condicionados y se ven muy forzados, pero los diálogos es lo último que me atrae de este tipo de filmes. Me gustan las intensas pelas de espadas láser, los increíbles efectos especiales de la carrera de vainas en el Episodio I, que recuerda a la mítica escena de las cuadrigas en Ben-Hur. Pero, sobre todo, me gusta porque vas conociendo la historia poco a poco y no sabes el final, aunque sea inevitable comerse spoilers.

 

Si bien es cierto que tengo predilección por las obras modernas, también tengo que admitir que hay cierto romanticismo y carisma en las anteriores. Sobre todo en los personajes. Alec Guinnes (Obi Wan Kenobi), Carrie Fisher (Princesa Leia) y, sobre todo, Harrison Ford (Han Solo), aportan una pureza cinematográfica que va mucho más allá de la pantalla. Es como una filosofía que sólo se entiende cuando ves la saga de una manera natural en el tiempo.

 

Este viernes se estrenará una nueva película de Star Wars. Las entradas salieron a la venta hace unos meses y los cines se frotan las manos para recibir a los millones de fans que se agolparán a las puertas. Ni siquiera las series paralelas o los comics han evitado durante todos estos años las ansias de los seguidores más acérrimos por saber cómo continúa una saga que empezó en el año 1999 y terminó, curiosamente, en 1983.

 

Soy de los que piensan que es mejor no reavivar las historias que terminan. Sin embargo, siento curiosidad por ver el embrión que surge de mezclar el origen de una saga legendaria con la modernidad que aporta el cine actual. Eso sólo es comprensible por aquellos que se emocionan viendo a Han Solo diciendo a Chewbacca “Estamos en casa”. 

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