Silueta original

El callejón de Hamel

Fernán Labajo

Los brazos vengadores

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La venganza consistía en escuchar la belleza de un himno que no es el nuestro y acallarlo con el grito rabioso de Gasol.

Hace poco leía una entrevista a Xabi Alonso en la que confesaba que los partidos en los que más disfrutaba era en aquellos donde había un ambiente hostil. Reconocía incluso haber tenido la piel de gallina mientras el público de Saint-Denis, en París, entonaba ‘La Marsellesa’ antes de un Francia-España, un encuentro que ganó ‘La Roja’ con gol de Pedro. Y estoy seguro de que aquel tanto que llegó en la segunda parte nos hizo saltar a todos del sofá al tiempo que gritábamos “¡cantad ahora, malditos!”. Muy parecido a lo que millones de españoles sintieron cuando Pau Gasol acallaba con un rugido a 27.000 franceses tras alargar sus brazos vengadores y colgarse del aro.

 

Es muy posible que las teorías sean ciertas y los españoles tengamos una crisis de identidad galopante. Nos molesta horrores (hasta el punto de dejar los debates televisivos a merced de tertulias taberneras) que se pite el himno en la Final de la Copa del Rey, pero no tenemos reparo en hacer lo propio con ‘La Marsellesa’ cuando nuestros vecinos vienen a jugar un partido amistoso. Sin embargo, por dentro nos morimos de envidia porque los franceses cantan con orgullo una letra que habla de defender la patria con las armas. “¡Qué bonito himno tienen estos ‘jodíos’!”

 

No somos una sociedad casera. Nos gusta salir. Lo mejor de nosotros mismos lo damos fuera. Y si el ambiente es hostil, mejor. El año pasado, un equipo con mayor calidad que el que se ha colgado la medalla de oro en el Eurobasket cayó en cuartos de final (la eterna cantinela) contra la Francia de Batum, ni siquiera la de Parker, ante un Palacio de los Deportes abarrotado. “El tarareo del himno nacional no intimida nada”, pensé yo. Pero no es eso. Simplemente no nos emociona.

 

Hemos esperado un año para escuchar la intensa ‘Marsellesa’ y que nuestro vello se erice. La venganza consistía en escuchar la belleza de un himno que no es el nuestro y acallarlo con el grito rabioso de Gasol. Y mientras nosotros pitamos sus símbolos, ellos abuchean a nuestros soldados, sabedores de que son ellos quienes llevan a cabo las conquistas. Hay que recordar que, mientras Francia ganó una batalla, nosotros ganamos la guerra. 

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