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El callejón de Hamel

Fernán Labajo

La montaña rusa

Zidane detail

Cuando el pasado sábado Zidane piso el césped del Bernabéu para sentarse en el banquillo, la afición parecía revivir aquellos días de vino y rosas de principios de los 2000. Sentados en sus butacas, aplaudiendo al que un día fue (y sigue siendo) su ídolo, parecían esperando a que el vagón de la montaña rusa más grande del mundo se pusiera en marcha para deleite de todo el universo.

Aunque no lo parezca, el mundo de fútbol mantiene una simetría poética. Todos los momentos de la historia de este deporte parecen estar conectados en alguna línea espacio/temporal que mantiene la llama de la pasión encendida de por vida. Esa conexión metafísica permite la reencarnación de leyendas, que son los que tienen reservado un capítulo en esta historia.

 

Los inicios de Zinedine Zidane como jugador no del Real Madrid no fueron buenos. En las primeras jornadas, el equipo no carburaba y su estrella del momento apenas era capaz de arrancar algún que otro aplauso gracias a ruletas forzadas. En el ambiente de la parroquia blanca había siempre una especie de calma tensa, una concentración de adrenalina que en cualquier momento podía estallar, para bien o para mal. Como recordarán, cuando llegó la hora de jugarse los títulos, ‘Zizou’ se dedicó a romper caderas, a repartir pases, a convertir melones en balones de fútbol y a perforar la escuadra de la portería de Butt en la final de la Champions.

 

La historia del Real Madrid con Zidane como futbolista estuvo llena de altibajos. Eran capaces de perder un partido en casa ante el Mallorca por 1-5 un sábado y, tres días después, salir ovacionados de Old Trafford tras eliminar a todo un Manchester United. El termómetro de aquel equipo era, precisamente, ‘Zizou’. Sólo sus genialidades, y las de Ronaldo, Guti o Figo, salvaban una tarde mediocre de los blancos. Irónicamente, fue esa discontinuidad la que llenó de magia a la casa blanca.

 

Cuando el pasado sábado Zidane piso el césped del Bernabéu para sentarse en el banquillo, la afición parecía revivir aquellos días de vino y rosas de principios de los 2000. Sentados en sus butacas, aplaudiendo al que un día fue (y sigue siendo) su ídolo, parecían esperando a que el vagón de la montaña rusa más grande del mundo se pusiera en marcha para deleite de todo el universo.

 

Desde hace años, el madridismo viven inmerso en un masoquismo paradójico. Se mueve en un alambre muy fino, siempre con un pie dentro y otro fuera, sufriendo a cada instante porque en cualquier momento puede caer al vacío. Y cuando está a punto de desprenderse por un precipicio, se agarra con una fé admirable a una rama. Una vez salvados, piden volver a la casilla de salida para revivir una y otra vez la sensación de estar entre las cuerdas.

 

Nadie tiene ni pajolera idea de cuáles son las tácticas y los métodos de Zidane como entrenador, pero ilusiona. Puede que incluso haya quien piense que el plan B del franco-argelino, si la cosa no funciona, sea enfundarse la elástica blanca con el ‘5’ en la espalda y recuperar un balón del cielo para ponerlo en las redes de San Siro. 

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