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El callejón de Hamel

Fernán Labajo

La absurda necesidad de elegir

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En Reino Unido no están dispuestos a morir por la causa. Cualquier inglés tiene en su cuarto un póster de Lennon al lado de uno de Mick Jagger.

En España hay una especie de norma no escrita en la que, cuando eres niño, debes tomar una serie de decisiones que marcarán para siempre tu futuro. Es como rellenar una encuesta para el Círculo de Lectores, de modo que el bueno del vendedor ya sabrá qué libros deberá traerte cada mes. Lo malo es que si se te ocurre dejar a medias la trilogía de El Señor de los Anillos para empezar con la literatura contemporánea americana, el hombre te echará una mirada de reprobación al tiempo que te recriminará tu repentino cambio de chaleco: “ya podía haberlo avisado antes, caballero”.

 

No hay posibilidad de términos medios. O eres del Real Madrid o eres del Barcelona; de Pepsi o de Coca-Cola; de blanco o de negro; de Cola-Cao o de Nesquick; de mamá o de papá… En función de la decisión que tomes se te adhieren una serie de etiquetas con una amalgama de estereotipos. Si te pillan cruzando algunos de los límites marcados, te acusarán de herejía y te quemarán en la hoguera de la desconfianza: “¡Qué engañados nos tenías!”.

 

Como no podía ser menos, la música también se ve envuelta en esta vorágine del ‘todo o nada’. El claro ejemplo es el eterno debate: Los Rolling Stones vs Los Beatles. Cuando era pequeño (y no tan pequeño) pensaba que era una rivalidad histórica, con quedadas de los fans antes de cada concierto para hacer batallas de gallos con canciones de sus grupos. Algo así como el Clásico de la música. Los Stones representaban (y representan) la rebeldía, el ‘carpe diem’; en el otro lado del ring, los novios que toda madre querrían para sus hijas, románticos, fieles… 

 

Yo me posicioné dentro de unas convicciones Beatles, en la que el Hey Jude era la Biblia, John Lennon Dios, Paul Macartney su profeta y Harrison y Ringo los apóstoles. Sin embargo, a veces pecaba a escondidas y, al final de la cara B de las cintas TDK, grababa Angie, She’s a rainbow o, para rematar mi condena a los infiernos, Sympathy for the Devil. Pero, al margen de estas debilidades pasajeras, era muy Beatle. Cuando fui a Reino Unido, lo hice dispuesto a defender mis ideales hasta las últimas consecuencias. Sin embargo, me di cuenta de que allí no estaban dispuestos a morir por la causa. Cualquier inglés tenía en su cuarto un póster de Lennon al lado de uno de Mick Jagger.

 

En Gran Bretaña no están dispuestos a elegir. Hace poco leí dos entrevistas muy próximas en el tiempo, una a Keith Richards y otra a Paul Macartney. El primero afirmaba ser gran admirador de los primeros trabajos de Los Beatles, pero sostenía que perdieron la esencia en su última etapa, sobre todo con “la mierda del Sgt. Peppers”. Para colmo, Macartney reconocía muchos errores en la última época del grupo, entre los que destacaba una serie de envidias por las autorías de las canciones y disputas por dinero.

 

Leer estas revelaciones me ha abierto los ojos. He llegado a la conclusión de que en el Reino Unido no creen en nada. Lo mismo te ponen una cerveza rubia que una negra; cualquier aficionado del United asegura sin remordimientos que Agüero es el mejor jugador que ha pasado por la ciudad de Manchester. “¿Por qué debo elegir?”, claman a gritos en sus pubs. Es lo que tiene ser protestante. 

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