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Steve jobs laughing detail

La vida de Steve Jobs era tan imperfecta como la de cualquier otro, pero se resignaba a aceptarlo. Lo hacía refugiado en una búsqueda incesante por cambiar la forma de ver la industria informática. Janis Joplin también podría haber agachado la cabeza y asumir su papel en el mundo, pero su condición de guerrera le hizo plantar cara al mundo desde un escenario.

Aaron Sorkin decía hace unos días en una entrevista en The New York Times que entendía que Steve Jobs “buscara la perfección en las cosas que construía porque sabía que nunca la conseguiría en su vida personal”. Este guionista y productor de cine y televisión está a punto de estrenar la película sobre el que es considerado por muchos uno de los mejores visionarios de finales del siglo pasado y principios de éste. Creo que Sorkin hace la mejor definición que puede existir, no sólo de Jobs, sino de personas que buscan cambiar el mundo de alguna forma.

 

La historia de Steve Jobs, como la de cualquier otro genio, está llena de luces y sombras. Su socio y cofundador de Apple, Steve Wozniak, desmontó esta semana en Madrid algunos de los mitos que han rodeado a la creación del gigante informático, como que nunca fue creada en un garaje, y dejó caer que su tocayo y amigo siempre pensó como un empresario y no como un creador. Diferentes biografías, documentales y testimonios de algunos empleados, también han aireado trapos sucios de Jobs y algunas de sus malas prácticas para con los que le rodeaban.

 

Esta semana también se están realizando homenajes a otra persona cuya vida estuvo lejos de ser perfecta: Janis Joplin. Mientras su evolución como artista estaba en pleno auge, su estabilidad emocional se iba cayendo como un castillo de naipes. Se hacía fuerte en los escenarios. Sus letras hablaban de esa fragilidad que le acompañaba a diario, pero su sonrisa y la fuerza de su voz le contradecían y hacían pensar que mientras siguiera arriba se mantendría de pie.

 

“Hago el amor con miles de personas durante los conciertos y después me voy sola a la cama”, aseguraba Janis con sonrisa socarrona. Esa soledad que experimentó casi toda su vida, fruto de la incomprensión que provoca el salirse de lo establecido, era su enfermedad. Una enfermedad que curaba con medicamentos que no encontraba en farmacias y que acabaron con ella a la emblemática, y a la vez macabra, edad de 27 años.

 

Es curioso como dos vidas tan diferentes pueden llegar a ser a la vez tan parecidas. Me gusta la descripción de Sorkin porque habla de esa sensación de soledad que atormenta a las personas, pese a que cada día estén rodeadas de gente. La vida de Steve era tan imperfecta como la de cualquier otro, pero se resignaba a aceptarlo. lo hacía refugiado en una búsqueda incesante por cambiar la forma de ver la industria informática. Janis también podría haber agachado la cabeza y asumir su papel en el mundo, pero su condición de guerrera le hizo plantar cara a una sociedad hipócrita desde un escenario.

 

No sé si las sombras que nublan las historias de estas dos personas son ciertas o no. Me da igual si Jobs nunca estuvo en un garaje, si a Janis en realidad la música le dio igual y sólo se dedicó a vivir la vida, o si la muerte de estos personajes no fue el final Made in America que escriben las biografías. Soy de los que piensa que no importa si las historias son verdaderas o falsas, importa que sean buenas.  

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