Silueta original

El callejón de Hamel

Fernán Labajo

Falta la chispa

Foto blanca suarez y pepon nieto en mi gran noche de paloma y jose 087 detail

Aunque el planteamiento de Mi gran noche no puede ser más atractivo, la ejecución es un poco endeble. El guión pierde fuerza a las primeras de cambio y la intensidad, tan propia del director, en esta ocasión hace que el espectador se canse demasiado rápido. Goza de buenos momentos de humor, pero explota demasiado los gags que funcionan. 

Es imposible que uno sea objetivo cuando se sienta en una butaca a ver una película de Álex De la Iglesia. Desde niño, me marcó su forma de ver el cine. La historia tan cómica y terrorífica que cuenta en El día de la bestia, cambió totalmente mi visión de un mercado español lleno de filmes aburridos. La devoción por el bilbaíno tocó techo con La Comunidad, lo que para mí es, sin duda, su obra más completa. Nunca ha conseguido levantarme del sillón a aplaudir como aquella vez, ni siquiera con Balada triste de trompeta, pero siempre deja detalles.

 

Mi gran noche se presentaba, desde que tuve constancia de su rodaje, como una de las películas más esperadas. No soy partidario de ver trailers porque considero que condicionan y desvirtúan la verdadera historia. Sin embargo, en esta ocasión, no pude resistirme. Todo esto no hizo sino aumentar mis ansias y mis expectativas. Hasta que por fin me vi en la cola del cine.

 

Siempre tiendo a pensar que la totalidad del mundo tiene los mismos gustos que yo, incluso cinéfilos. Por eso, cuando me vi a diez minutos del inicio de la película en el final de una cola inmensa para comprar una entrada pensé: “no hay ninguna posibilidad de que me toque un sitio bueno”. Por suerte, o por desgracia, el grueso de personas que esperaban frente a la taquilla iban a ver otras películas. Entonces se producía el efecto contrario, como una especie de decepción condescendiente hacia ellos: “pobres almas condenadas al aburrimiento”.

 

La historia del último filme de Álex De la Iglesia me seduce por su puesta en escena: una grabación de un programa de Nochevieja donde figurantes, artistas y productores conviven como en un pequeño ecosistema. Mientras, en el exterior, les aguarda una realidad apocalíptica llena de disturbios que producen los despedidos de un ERE de la cadena que emite el show.

 

Las subtramas que dan forma a la película son interesantes, como una chica extremadamente guapa y extremadamente gafe (Blanca Suárez), la rivalidad generacional entre dos artistas (Mario Casas contra Raphael), los problemas de ego de los presentadores… Todas ellas envueltas en un espectáculo de música, luz y color. En eso, De la Iglesia es un experto.

 

Sin embargo, aunque el planteamiento no puede ser más atractivo, la ejecución es un poco endeble. El guión pierde fuerza a las primeras de cambio y la intensidad tan propia del director hace que el espectador se canse demasiado rápido. Goza de buenos momentos de humor, pero explota demasiado los gags que funcionan.

 

Como suele ser común en Álex De la Iglesia, junta todos los elementos en una coctelera y la agita con fuerza para preparar uno de esos desenlaces orgiásticos que tanto le gustan. Una traca final que esperas con ansia a partir del minuto 45 de película, pero que ves que se retrasa en llegar. En esta ocasión, el combinado que prepara es soso y algo previsible. Le falta chispa y algo de sustancia.

 

La devoción por un director provoca que lo que juraste no perdonar nunca, lo exculpas con recuerdos del pasado, como cuando defiendes a tu equipo de fútbol haciendo una visita a la sala de trofeos. Y en la soledad de la vuelta a casa, imaginas qué sorpresas te dejarán su siguiente película. 

Comentarios

Deja tu comentario

Si lo deseas puedes dejar un comentario: