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El blog de Merchán

Luis Alberto Merchán
Blog de Luis Alberto Merchán

Retazos de un viaje de enero

En Santiago de Compostela, las calles no fueron tan grises ayer como lo han sido otros ayeres de otros eneros. El sol rompía las sombras de esos suelos empedrados, de esas casas viejas que han visto pasar, a lo largo de los años, tantas gentes por delante. El verde que adorna algunos rincones, justo en el lugar en el que los canalones rotos han desaguado las aguas de mil diluvios durante decenios, parece ser hoy como de mentira. Nadie podría creer que allí haya habido tanta agua alguna vez. La plaza del Obradorio, llena como siempre de personas, nos ha saludado con más alegría que las otras veces en las que hemos acudido a rendirle nuestros respetos. Ha sido como otra plaza diferente: más alegre, más luminosa, más brillante. Pocas veces un veinticuatro de enero ha permitido a los forasteros disfrutar de su belleza al sol compostelano.

La catedral también ha estado más alegre. Dentro hemos visto pasar a varios peregrinos recién llegados del Camino. Peregrinos de lejanas tierras algunos, de más cerca otros, unidos todos por la sensación del deber cumplido, por haber podio satisfacer el propósito que se plantearon hace tiempo, cuando decidieron emprender la ruta jacobea para ofrecer sus sacrificios, encontrarse con ellos mismos o llegar a lo metafísico a través del polvo y los sacrificios del itinerario.  Dentro, el santo patrón de España nos ha recibido a todos, a los que creemos y a los que no creen. Ante sus ojos hemos sido todos iguales, aunque estoy seguro que después de haber hecho el camino todo el mundo cambia profundamente.

Las Rias Baixas también nos han recibido con los brazos abiertos. La isla de la Toja. Unas mañanas disfrazadas de primavera nos han hecho dudar de si, realmente, estamos aquí en las fechas que habíamos planeado. La ría refleja la luz del sol naciente como un espejo pulido, ilumina la habitación y traslada la luz de la mañana hasta el rincón más inaccesible de todos. Un verdadero espectáculo de vida se presenta ante nosotros: las gaviotas a la caza de las almejas que dejarán caer desde el cielo para poder comerlas, los córvidos que rasgan el cielo provenientes del interior, las algas... una explosión de olor y color que se completa con el afán de las mujeres que limpian la ría. Varias veces al año, con sus rastrillos y demás utensilios se afanan por vaciar de algas el lecho del mar, ese lecho que les provee de todo aquello que necesitan para vivir. Do ut des, te cuido para que me cuides. Saborearemos el producto de su trabajo, el mejillón la almeja, el berberecho, todo lo que, en fin, hacen de esta tierra una bendición de Dios. Porque la vida está llena de estos pequeños placeres, estos sentires adjetivos que a veces postergamos por culpa de ficticias cuestiones sustantivas. Disfrutemos de ellos mientras podamos. Aprovechémoslo.

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