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Desde los medios

José Ángel Gallego

Hasta siempre Carlos

El militar Carlos Caramanzana consagró su vida a los demás. El infortunio quiso que muriera entrenándose para salvar vidas. Desde estas líneas nuestro reconocimiento y el abrazo a una familia rota de dolor.

No conocí personalmente a Carlos Caramanzana. Pero todos aquellos que sí lo hicieron hablan maravillas de este militar vallisoletano, al que la muerte le llegó demasiado pronto; cumpliendo con su deber, entrenando para dar la vida por los demás. Carlos murió obedeciendo con su trabajo, luchando por su sueño y haciendo de su vocación –el servicio- una forma de vida por encima, incluso, de su propia vida.

 

Sé que será poco consuelo para una familia que ha sufrido durante cuarenta días el infierno más absoluto. Perder un hijo de 31 años y no poder disponer, al menos, de sus restos para velarlos y enterrarlos es terrible. Cuarenta días con la amarga, dolorosa e inconsolable incertidumbre de saber si al menos los servicios de rescate podrían recuperar el cuerpo de quien murió, preparándose para el rescate de los demás. Que caprichosa y maldita paradoja.

 

Las informaciones a veces eran confusas y desesperanzadoras. Incluso se filtró el coste económico de la operación en una torpeza mayúscula de Defensa y vergonzante para las familias. O acaso ¿se puede poner precio al dolor de unos padres? Acaso ¿se puede privar a una familia del derecho de enterrar a su hijo? Acaso ¿se puede escatimar medios para alguien que ha dado su vida por hacer mejor la de los demás?

 

No conocía a Carlos, pero sí a su familia. Una familia más unida que nunca en el dolor, en la sinrazón, en el infortunio, la angustia y la desesperanza. Era emocionante y desgarrador ver cómo su hermano, Félix, también militar, velaba el cuerpo de Carlos durante todo el funeral. Una imagen que habla muy bien de la pasta de la que están hechos la mayoría de los soldados. Tragándose sus propias lágrimas, rindiendo honores en su último adiós. Haciendo guardia junto al hermano que dio la vida por un ideal, con el que compartió juegos de niños, confidencias de adolescentes y proyectos de juventud; ahora truncados cruelmente por el destino.

 

Medina de Rioseco, el pueblo natal de su padre, se volcó en el emocionado último adiós de Carlos Caramanzana. Los restos habían salido 24 horas antes del hangar del 802 Escuadrón en la Base Aérea de Gando, un lugar tan cotidiano para los cuatro militares fallecidos. El ministro de Defensa, Jorge Morenés, les imponía a título póstumo la medalla al Mérito Aeronáutico con distintivo amarillo. Sus compañeros con los que compartió alegrías, ilusiones y también miedos estaban hundidos de dolor.

 

La tristeza se trasladaba horas más tarde hasta la iglesia de Santa María de Mediavilla de Medina de Rioseco. Decenas de militares se agolpaban bajo las góticas bóvedas del templo. Todos querían despedir a su compañero, a su vecino, a su amigo y mantenerse cerca de sus familiares. Solo el recuerdo de Carlos y el legado de su vida dedicada a la ayuda de los demás permitirán que siempre esté presente en la memoria de todos ellos. Desde estas líneas, también de luto, solo podemos decir: Hasta siempre Carlos, gracias por todo militar.

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