Esther original

Delirios en femenino

Esther Pedraza

Sueños de jazz y flamenco en el Johnny

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En los ochenta Madrid era un paraíso para los hambrientos de experiencias. Nos sobraba juventud y nos faltaba sensatez, un asombroso coctel de risas flojas que esparcíamos por las aceras de la avenida de Moncloa. Ramón, desde el Chaminade se unía a nosotros camino del Edén. Trueba sólo creía en Billy Wilder y nosotros sólo creíamos en el Johnny. Hoy ya nadie cree en nada, por eso París ha dejado de ser una fiesta.

Me levanto con la noticia de que la policía ha desalojado a 350 okupas del San Juán Evangelista, colegio mayor que un día fuera templo y ejemplo de convivencia, libertad, música y vida y al que todos llamamos Johnny. Con los años mis recuerdos se fueron quedando arrinconados por nuevas vivencias, pero no se fueron, igual que cuando te adentras en las profundidades de un desván que acumula objetos eternos y descubres, detrás de un espejo o un cuadro, algo que un tiempo fue vital para ti y creías olvidado. La noticia ha desempolvado una época de mi vida en la que fui feliz a golpe de trompeta y requiebro.

 

Recién llegada a Madrid no estaba yo preparada para adentrarme en aquél microcosmos que rodeaba los colegios mayores. Mis padres no podían pagarme lo que costaban y mis vivencias provincianas todavía eran reacias a beberse experiencias ajenas, cuando apenas las tenía propias. Estaba dispuesta a entrar en el infierno, pero antes necesitaba que me presentasen a Satanás.

 

Los ochenta olían a excesos y algo en mi interior me prevenía. Luego, pasado el tiempo, cuando veía desaparecer a mis jóvenes amigos inmortales, desmontados del caballo por su imprudencia,  me di cuenta de que vivir al límite no siempre termina tan bien como lo canta Sabina.

 

Conocí a Fernando, un estudiante de ingeniería, por una compañera de clase. Jugábamos al póker en la cafetería de la facultad cuando llegó. Alto, desgarbado, lleno de pecas y con una conversación propia de quién se ha leído todo lo prohibido, nos deslumbró con su prosa y nos invitó a acompañarle aquella noche al Johnny. Tenía entradas para ver a Chick Corea y Gari Burton, que tocaba el piano con sus dos gramys entre los dedos. Mi amiga y yo nos miramos, le miramos y nos entregamos a su arrolladora simpatía.

 

Aquél fue el comienzo de mi romance con el Johnny, interrumpido de forma dramática una década después. Allí empezaba a fraguarse lo que luego sería  la memoria de toda una época, pese a tener más de una década de interesante historia a sus espaldas. Iba creciendo a golpe de trompeta y, luego, de “quejíos” flamencos.

 

El Johnny era barato comparado con el resto de colegios. Su director había luchado para que su precio tuviera como importe máximo el salario mínimo y daba cobijo a mas de cuatrocientos muchachos (era masculino entonces) que podían entrar modositos, pero salían siempre revolucionarios (al menos culturalmente). Fernando nos inició en el ritual del jazz y, posteriormente, del flamenco. Nos pasábamos muchas horas con él y con Ramón, un estudiante de sociología al que no recuerdo nunca haber visto en el campus.

 

¿Son del Johnny? – me preguntaban algunos compañeros de facultad con cierto desdén. “Tened cuidado, esos pasan de todo y sólo os pueden meter en líos”. Pero los líos eran recibidos con aplausos frenéticos por nuestra parte. El Club de Música y Jazz estaba en su apogeo, había mucha menos identificación política que en los setenta, y todo era apetecible. Y, por supuesto, iba mucho más allá del jazz. Allí he disfrutado con Luis Pastor, Olga Manzano y Manuel Picón,  Anthony Davis, orquestas cubanas, música africana, los Milladoiro  y el grupo bretón Gwendal con sus acordes celtas o la nueva trova en las voces de Pablo Milanés y Silvio Rodriguez. Y allí comenzó mi idilio con el Nuevo Mester de Juglaría.

 

 

En uno de los recitales de Mercedes Sosa mi amiga Elisa se enamoró de un músico y se fue con él a Buenos Aires, dejándome huérfana de compinche unos pocos meses, tiempo que aproveché en preparar mis exámenes finales. A su vuelta retomamos nuestra historia de amor con el Johnny. Nadie nos impedía subir hasta la habitación de Fernando y era normal que, de pronto, se abriera la puerta y un tío pequeño y con cara de zorro  te ofreciera anfetaminas cuando se acercaba mayo. Nunca traspasé la raya. Prefería colocarme asistiendo a una mesa redonda donde José Luis López Aranguren, tan feo como atractivo, me llevaba por la vida y obra de María Zambrano haciéndome levitar.

 

Aquellos años fascinantes dormíamos muy poco y comíamos mal. La “movida” nos mantenía ocupadas el tiempo que no nos distraía los estudios. Vivíamos en la ciudad mas divertida del mundo y entre el Johnny y Rockola dejábamos pasar la vida. Dicen que el club de jazz se lo montó una cuadrilla de estudiantes que estaban hartos de esperar largas colas en el Teatro Real para oir buena música  y se llevaron la música a su casa. Por allí pasaron Bebo Valdés, Camarón, Diana Krall, Tete Monteliú o Paco de Lucía. Por allí pasaba la vida.

 

Años después su sala vivió el último concierto de Camarón. Era el 25 de enero de 1992. España se preparaba para los fastos del centenario y había una alegría colectiva contagiosa. Camarón, al que habíamos ido a ver años antes, estuvo a punto de cancelarlo, pero no lo hizo. Le regaló a ese lugar una placa para toda la vida donde recogen el momento. Más tarde Almodovar utilizaría esas paredes para grabar la última escena de “Todo sobre mi madre”, y Amenabar,desde allí, dio forma a su opera prima “Tesis”.

 

Ya en nuestra década alguien encontró en un pequeño pueblo de Mississippi  un cartel donde se anunciaba un concierto de Charlie Musselwhite en el San Juan Evangelista. En España estaban a punto de cortarle las alas, pero su espíritu volaba a otro continente.

 

Los años me alejaron físicamente del Johnny, pero no emocionalmente. Por eso sentí esa desazón cuando supe en lo que se había convertido por una mala gestión, o por falta de gestión o de interés. Una madrugada pasé por su puerta con el coche y paré. Resonaron entonces los acordes de Dizzie Gillespie  mano a mano con Tete Montoliu y con Diana Krall. Los recuerdos pueden unir cualquier vivencia, y me estremecí. Lo que tenía enfrente no era mi amor de juventud, sino un nido de vidas perdidas que fueron a encontrarse para seguir perdiéndose. Me fui de allí con la tristeza en la boca y un pellizco en el corazón. Varias bicicletas me dijeron adiós desde la entrada con el manillar herido.

 

 

Hoy me levanto con la noticia de que han desalojado sus habitaciones de personas, de muchas bicis del servicio municipal BiciMad, de cocaína, hachís y otras sustancias. Se han llevado algunos perros de razas peligrosas que dedicaban a peleas y han dejado un silencio que espero se rompa muy pronto. El Johnny, mi Johnny y el de tantos,  puede perder algunas cosas en su vuelta, puede perder incluso la letra, pero no puede perder la música.

 

 

 

 

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