Esther original

Delirios en femenino

Esther Pedraza

"¿La gente es lo peor que hay?"

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Un genio de la comunicación, creador de formatos como Tómbola, decía con sorna que su despacho lo presidía la frase: la gente es lo peor que hay. De ese modo daba la bienvenida a cualquiera que quisiera proponerle algo o criticar sus modos,  y estaba convencido de que cuando las personas se convertían en gente cualquier cosa era posible. Dice la RAE que una persona es un individuo de la especie humana y que gente es una pluralidad de personas. ¿Es ese el salto para que el grupo se lleve por delante su humanidad?

Las encuestas, método muy popular para medir lo que piensa la gente de cualquier cosa, lanzan una pregunta  y suponen que se contesta honestamente, lo que es mucho suponer. La célebre frase de Mark Twain: hay tres clases de mentiras: las mentiras, las malditas mentiras y las estadísticas pone de manifiesto lo que muchos pensamos de esta práctica a tenor de los resultados posteriores y, sobre todo, nos ofrece un perfil sociológico inestimable: hay un gran número de personas que no tiene piedad, ni capacidad crítica ni ecuanimidad en sus puntuaciones, de ahí los resultados.

 

En estas diatribas estábamos mis amigas y yo mientras cenábamos a cuenta de una encuesta donde la valoración que los españoles damos a la monarquía se queda en un 4,34 con Felipe VI, muy por encima del 3,72 que le dábamos a su padre. ¿Cómo es posible, pregunta Yolanda, que haya un 61,5 por ciento de españoles que respalde la institución y un 75,1% que apoye al actual rey y la nota no llegue al aprobado? Ana, la más sarcástica de todas, le da la respuesta: “porque el 20% de los preguntados, los republicanos o anarquistas o antisistema, le dan un cero patatero y así es muy difícil subir la media”.

 

¿Qué es lo que hace a una persona dar un cero, es decir nada, a un ministro, un artista o una institución? ¿No es realmente cruel puntuar con la negación absoluta?. Resulta curiosa la facilidad que tenemos para restar visibilidad a cualquier asunto pero, sobre todo, a cualquier ser humano. No puede haber nada que no se merezca puntuar. Puedes estar en contra de la monarquía, pero si se trata de valorar su actuación deberíamos ser sinceros, porque algo habrán hecho bien. ¿O no?. “El problema con este tipo de valoraciones, dice Marta, es la carencia subyacente de la propia democracia: una persona, un voto. Si a mí me preguntan y no estoy de acuerdo es muy probable que le ponga un tres, y aun estando a favor es muy probable que mi nota no suba de siete, porque siempre pienso que se puede hacer mejor. Pero si uno de cada cinco, en este caso porque en otros pueden ser uno de cada cuatro, le pone un cero es francamente difícil obtener un aprobado”.

 

¿Y por qué somos tan crueles? Siempre me pareció un imbécil el profesor que repartía ceros como si con ello quisiera demostrar que era muy exigente. Sólo por el mero hecho de escribir, de intentarlo, cualquier estudiante se merece un uno, salvo que entregue el folio en blanco. “Bueno, añade Olga, siempre estará el adepto sin fisuras que le ponga un diez. Hay gente así. Menos, mucha menos, pero la hay”. Su comentario no tiene éxito. De hecho todas hemos vivido lo que es esperar un diez en un examen perfecto que nunca llegó, pero nadie conoce a nadie que vaya repartiendo la máxima nota con tanta generosidad.

 

Hace unos días Joaquín Leguina escribía acerca de las encuestas que proclaman que en España hay un 22,2% de ciudadanos bajo el umbral de la pobreza,  exponiendo negro sobre blanco el modo de hacer este tipo de sondeos para terminar diciendo que no lo cree y que decir eso le puede  suponer una crucifixión popular. “¿Alguien lo cree?” Pregunta Ana. Todas nos miramos y, de paso, miramos a nuestro alrededor. ¿Cómo puede ser que uno de cada tres niños viva en nuestro país en situación de pobreza y que el  30% de 10 años tenga un teléfono móvil, a los 12 años un 70 % y  a los 14 años el 83%.? ¿Qué cifras no nos cuadran?  “Leguina afirma que hay que tener en cuenta que existen muchas organizaciones para solucionar o paliar la pobreza y que “estos administradores de la pobreza propenden a suministrar a los medios de comunicación datos e informes que, lógicamente, tienden a enfatizar o, simplemente, a exagerar el problema”. Y tiene razón, porque cada cual arrima el ascua a su sardina”.  Pero, ¿qué sardina es la de los medios de comunicación que trasladan encantados estos datos a la población sin ninguna crítica, sin ningún estudio, sin poner claramente el modo y manera como se realizan?  Ese debate queda pendiente.

 

Decía Benjamin Franklin que “los hombres son criaturas muy raras: la mitad censura lo que practica; la otra mitad practica lo que censura; el resto siempre dice y hace lo que debe”, y en esas debemos estar para interpretar las encuestas, esas que se hacen para saber si somos felices a golpe de contabilidad. “¡Pero si ni siquiera una información real, en tiempo real, como la de tráfico es correcta!, se queja Susana. ¿Nunca os ha pasado estar parada en el coche, sin visos de que aquello eche a andar mientras escuchas  a la DGT decir en la radio que tu carretera, tu punto kilométrico exacto, no tiene incidencias!”.

 

Difícil llegar a ningún acuerdo si nos basamos en números. Pero entonces surge otra cuestión, también de números, que pone sobre la mesa Ana: “He leído en Tribuna que han bajado los juicios con jurados populares a la mitad y que  9 de cada 10 sentencias emitidas por éstos son condenatorias. Es un ejemplo más de que la gente de la calle es mucho más dura que los propios jueces”. Silencio. ¿Es posible que si te juzga un igual tengas mayor posibilidad de que te condene? Cuando se desconoce la ley uno solo tiene las vísceras, o las informaciones de la prensa o la intuición, cuándo no una historia personal parecida que potencia tu ánimo de revancha. Lo veíamos muy bien en Doce hombres sin piedad, cuando un miembro del jurado condenaba al reo por su propia historia personal : un hijo ingrato que le había abandonado. “No sigamos por ahí, que me da mucho miedo”, corta Olga.

 

Y mientras le doy vueltas con la cuchara a un café sin azúcar, vuelvo a recordar a mi querido Nico y su frase: la gente es lo peor que hay. Una pena.

 

Comentarios

alain 19/07/2015 21:49 #3
muy interesante la pregunta, esther, ¿por qué damos un cero? sobre todo porque a la inversa no funciona, ¿quién creería que un cero es la calificación correcta para nuestro comportamiento o nuestra actividad? ¿Cómo es posible que lo que creemos injusto para nosotros nos parezca justo para los demás? O lo que es lo mismo, cómo es posible que estemos dispuestos a aplicarnos tantos atenuantes y negárselos al otro. Creo que la respuesta pasa por entender cuál es nuestra percepción de cómo nos juzgan los demás. Quizás no nos sentamos justamente tratados, quizás esperemos unas valoraciones que, como subrayas, nunca nos llegan, y así, cuando nos dan la oportunidad de ser jueces nos tomamos la revancha o, simplemente, nos desahogamos. ¿Es esto algo español? ¿O es algo genéricamente humano? ¿Nos pasa igual en las relaciones personales? ¿Somos acaso capaces de valorar el comportamiento de nuestros amigos, de nuestras parejas, de nuestros familiares con equidad y negarles la calificación que sabemos que les gustaría tener? No creo que sea un mal inherente a la democracia sino a la especie; si no somos capaces de nada de eso que podríamos llamar objetividad en ninguno de los ámbitos de nuestro vivir y convivir, para qué empeñarnos en pretenderlo. En estadística hay todavía se cuenta con un recurso que es la corrección, eso del más/menos tanto por ciento de fiabilidad. En el caso de las estadísticas sobre emociones, sentimientos, opiniones, valoraciones, creo que sería más atinado afirmar que todas tienen un error del +/- 100%. :) Es un ovillo hecho de un hilo interminable éste que planteas, Esther, y por eso mismo, tan estimulante.
Yol 18/07/2015 09:44 #2
En mi trabajo he visto mil veces cómo se utilizan los números (algo tan exacto ..) para que la misma información de la razón a unos en contra de otros. Es sencillamente hacer estadística o la ciencia del medio pollo .... No hay mucho que hacer: los mismos datos sirven para esto y lo contrario porque, en realidad, son estimaciones desde unos pocos datos reales. Muy buen comentario Esther.
Alejandro 17/07/2015 12:21 #1
Yo tuve un profesor que ponía muchos ceros y se creia el amo del calabozo. Para todos era un tonto. No me había puesto a pensar, pero es verdad que poner un cero es muy fuerte. La monarquía tendrá sus cosas malas, como todos, pero tiene algunas buenas. Si no te gusta, dale un cuatro, que es no llegar al aprobado, pero un cero es demasiado. De todos modos los españoles somos como somos y no creo que se cambie en muchas generaciones

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