Esther original

Delirios en femenino

Esther Pedraza

El síndrome del 'dale una vuelta'

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Un día escuché a alguien decir que el hombre es el único animal de la tierra que cuando pisa una mierda le da importancia y por ello intenta encontrarle algo positivo al hecho de haberla pisado. De ese tipo de personas hablamos hoy, y de la pérdida de significado que está teniendo la palabra diálogo desde que alguien la pisó y buscó el modo de “darle una vuelta”.

El invierno ha llegado de golpe, como llega siempre en la meseta, y ahora oteamos los locales en busca de esa terraza amiga que te permita una tertulia larga envuelta en humo, para desazón de las no fumadoras. Siempre la encontramos. Dejamos los abrigos colgados al tiempo que el malhumor. Cuando estamos juntas sólo hay un camino y es el de la concordia. Y como somos maestras en el arte del diálogo ponemos sobre la mesa esa cuestión justo después de que Yolanda dispare lo que trae en su recámara: “hoy mi jefe (casi siempre es un jefe, aunque algunas de mis delíricas son jefas en sí mismas) se ha leído el proyecto que me lleva robando mis días y mis noches y me ha llamado al despacho para decirme, ¿sabéis qué?”. “Que le des una vuelta” soltamos todas al tiempo. “Exacto”, y entonces estalla la carcajada comunal.

 

Inés coge una croqueta y antes de engullirla, suelta: “yo una vez,  decidí volver a presentar el mismo documento al que tenía que darle una vuelta y me encontré con un señor encantado que me dijo: ¿ves? sólo hacía falta que trabajaras un poco más en ello”.

 

 

No es ella sola. Quién más y quien menos ha tenido que devanarse los sesos en algo que no era su cometido con el fin de que otro se ponga el galón. Habitualmente esa frase la suele decir alguien que no hace nada pero manda un poco, y cuyo único modo de poner en valor su sueldo reside en cuestionar todo lo que le llega de los que de verdad trabajan.

 

“Lo que deberían hacer es darle una vuelta a su vida –bufa Julia”. “Estoy por apostar que muchos no tienen vida a la que darle la vuelta”, redondea Marta. “Ahí quería yo llegar”, a Julia le han dado su mejor argumento: “Para una mujer con dos hijos, un marido, un trabajo y multitud de compromisos sociales y familiares, darle la vuelta a una situación es el pan de cada día. Pero es ella la que lo hace, no se lo pide a nadie. Esto me recuerda a mis mellizos adolescentes y su frase favorita: hay que dialogar. Siempre lo piden cuando quieren un  imposible”.

 

¿Por qué lo llaman diálogo cuando lo que quieren decir es “bajada de pantalones”?  Mi frase les deja calladas un instante. “¿Ese es el título de una nueva película?” pregunta Olga. “No que yo sepa”.  Pues debería” dice Yolanda mientras busca al camarero con la mirada: “¿Pedimos otra, no?”

 

Pedimos otra porque la conversación ha entrado en política y ya se sabe que la política tiene un recorrido largo y angosto. La palabra diálogo está sobrevalorada. Desde el verano de 2012, cuando la prima de riesgo estaba en boca de todos, no se había usado tanto un  vocablo. Que hay una guerra soterrada de los sanguinarios del EI, busquemos diálogo; que el presidente de una comunidad española ha perdido el norte y amenaza con la independencia, hay que dialogar; que los jugadores del Real Madrid y el entrenador no se entienden, falta diálogo y si Abengoa está a punto de desplomarse es necesario dialogar hasta la extenuación.

 

Nosotras tenemos siempre un buen diálogo, porque agotamos los temas pero nos quedamos tan frescas, nunca se agotan los interlocutores. Lo malo es que para muchos dialogar viene a ser: dame  la razón porque yo la tengo y haz lo que yo quiero. Siempre que oigo hablar de diálogo me acuerdo de lo que me decía mi amiga Yolanda cuando intentaba salvar mi relación matrimonial: “tú lo que quieres es que se de un golpe y sea otro”.

 

El yihadismo ha pasado de ser un problema a ser una seria amenaza. Lo que todos querríamos es que los que están a la cabeza de esta locura se dieran un golpe y fueran otros, pensaran y actuaran de otra manera. Es algo que todos alguna vez hemos buscado siempre en alguien: dialogar y llegar a un punto intermedio. “¿De verdad los que piden diálogo no han vivido nunca esa situación en la que hagas lo que hagas, cedas lo que cedas, nunca puedes solucionar un conflicto porque la otra parte jamás va a ceder ni un centímetro?” –pregunta Olga poniendo cara de no entender nada.

 

Ni los yihadistas, por mucho que Pablo Iglesias o Garzón lo digan, ni Artur Mas, por mucho que Pedro Sánchez lo proclame, ni Cristiano Ronaldo (Mouriño lo sabe) van a buscar nada diferente de lo que ya han elegido, por tanto es inútil iniciar cualquier acercamiento. Y despejada esa incógnita hay que terminar la ecuación. En el caso de Abengoa serán los intereses comunes los que propicien el acuerdo, o eso espero.

 

Decía Thich Naht Hann que cuando hay diálogo verdadero, ambos lados están dispuestos a cambiar. Si no fuera porque tengo cita con mi dentista y tengo que salir corriendo, esta tertulia se haría infinita. “Hoy no pago, digo mientras me pongo el abrigo.  Os dejo como tapa una frase de Bertrand Russell que me encanta, y que dice que el problema con el mundo actual es que los estúpidos  están seguros de todo y los inteligentes están llenos de dudas. Tal como están las cosas con tanto diálogo inútil, ya solo aspiro a que los sensatos sean un  estúpidos” .

Comentarios

Alvaro 27/11/2015 13:12 #1
ja ja ja. Tan reflejado me he visto yo... La verdad es que hay jefes así. Luego están los otros, los buenos, los que te escuchan, te valoran y te dicen que le des una vuelta desde la crítica constructiva. Ole por ellos

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